LA MÁQUINA DEL TIEMPO

 

No, no me refiero a la obra de H. G. Wells, sino a un precioso librito del físico teórico estadounidense Paul Davies, que mi buen amigo M. A. Lerma me regaló en su reciente estancia en España. Como en la obra del británico, se trata de diseñar una máquina de viajar por el tiempo, pero concebida esta vez  no por la fantasía de un novelista, sino por la elucubración de un experto en Física de acuerdo con lo que sugieren los últimos avances.

Cuadro de texto:  ¿Pero es posible tal máquina? Davies afirma que sí: lo único que se opone actualmente a su construcción son obstáculos de naturaleza técnica. Algo así como el aeroplano antes que se inventara el motor de explosión: se lo sabía posible, y sólo vedaba su realización práctica la deficiente relación potencia/peso de las máquinas de vapor hasta fines del siglo XIX.

Davies esquematiza su máquina según el croquis adjunto, y la descompone en cuatro partes: el Colisionador, el Implosionador, el Inflador y el Diferenciador (fig. 1). Vamos a ocuparnos del artilugio.

Pero antes es necesaria una breve descripción de los wormholes, o, en su literal traducción al español, los “agujeros de gusano”, última postulación teórica de la Física. Es conocido en hecho de que en la interpretación del Universo de la Teoría de la Relatividad, el concepto de fuerza de gravedad es sustituido por el de “curvatura local del Universo”: la fuerza, más que ser una acción a distancia, se reduce a una propiedad geométrica del cosmos; éste deja de ser un “contenedor uniforme” en el seno del cual se desarrollan unos efectos dinámicos resultado de unos agentes llamados “fuerzas”, y adquiere su propia estructura, que por sí misma produce efectos variados en el movimiento de los cuerpos.

Cuadro de texto:  Son útiles en este caso los símiles bidimensionales. Situados en un espacio de dos dimensiones, éste puede no ser “plano”, sino poseer cierta “curvatura” en determinadas zonas, como vemos en la gráfica 2. Un móvil en movimiento rectilíneo y uniforme desviaría su trayectoria al pasar por las cercanías del hoyo, lo que los interpretadores del espacio bidimensional interpretarían como el resultado de una “atracción” procedente del centro del hoyo, cuando nosotros sabemos que es una mera consecuencia de su estructura geométrica.

En esta figura y en las siguientes, en que nos seguiremos apoyando en el símil del espacio de dos dimensiones, el lector deberá hacer un esfuerzo mental no para “imaginar” sino para “entender” lo que significa cada figura trasladada a un espacio de tres.

¿Qué ocurre cuando la “masa” de un cuerpo estelar alcanza una magnitud inconmensurable? Es el caso de las estrellas de un determinado tamaño que acaban colapsando bajo su gravedad, produciendo una “estrella de neutrones”, o, en el caso más extremo, un blackhole, “agujero negro” en cuyo interior la atracción gravitatoria es tan intensa que nada, ni siquiera la luz, puede escapar de él. El símil bidimensional del blackhole sería la figura 3: la “punta” del “hoyo” es el extremo casi puntual donde se concentra una masa con densidades enormes. Un cuerpo “caído” en su interior no podrá jamás escapar.

Cuadro de texto:  Pero algunos astrónomos opinan que un blackhole no tiene por qué terminar en “punta”, sino volver a ensancharse y comunicar a través de otro blackhole simétrico con otro “universo” (fig. 4). No sólo esto, sino que el tiempo en éste es distinto del primero, pues la intensa masa del blackhole, por mero efecto relativista, comprime los tiempos, característica muy propia de la Teoría de la Relatividad: ya tenemos así creado el wormhole.

Cuadro de texto:  Pero hay más propiedades de los blackholes: le teoría autoriza a creer que, dada la propia curvatura del Universo, éste puede quedar “doblado” sobre sí mismo y dos zonas, muy alejadas entre sí en la métrica habitual, queden “muy cerca” si están comunicadas por un blackhole, que actúa así de atajo cósmico, conectando dos lugares y dos tiempos distintos dentro del mismo Universo (fig. 5).

Cuadro de texto:  Con lo dicho podemos ya abordar el estudio de la “máquina de Davies”. Probablemente existen bastantes blackholes en el Universo, pero nosotros necesitamos fabricar uno de ellos en el lugar que nos interese. Ésta es la función de colisionador, máquina que producirá altas densidades, del orden de las existentes en los blackholes. Una técnica para conseguirlas, desde luego impracticable hoy, pero posible en el plano teórico, sería “aprovechar” las fluctuaciones de un estado de alta energía, en las cuales se dan valores puntas enormes durante tiempos del orden de “un tiempo de Planck” (10-43 segundos), en el cual se produce una alteración instantánea de una zona local del Universo que ha sido llamada “espuma del espacio-tiempo”. Había que congelar esta situación. ¿Cómo? Mediante una superacelerador de partículas que confinaran los núcleos proyectados en un anillo, como en los actuales sincrotones. Las condiciones de colisión serían tan fuertes que recrearían las condiciones del Universo un microsegundo después del big bang.

Bueno, pues ya tenemos creado un blackhole. Pero no hemos hecho más que empezar. El paso siguiente será comprimir esta “burbuja” algo así como un trillón de veces para convertirlo en un wormhole. Quizás el medio para conseguirlo sería la creación de campos magnéticos capaces de confinar plasmas, como en el aparato llamado ZETA. Un grupo de bombas termonucleares situadas de forma que dirigieran sus energías hacia un centro único podría llegar a concentrar el campo magnético en una cuantía suficiente como para comprimir el plasma hasta alcanzar una densidad de 1063 kg/m3. Así se crearía el wormhole , al que habría que manipular para hacerlo “aceptable”.

Pues, en efecto, el wormhole no debe ser “puntual”, sino permitir el paso del crononauta por lo menos. Es decir, que necesitamos ahora el inflador. El mejor método para hacerlo funcionar es la creación de gravedad negativa. ¿Es esto posible? ¡Sí! Hay que aprovechar el “efecto Casimir”, descubierto por este físico (1948). Si somos capaces de situar dos placas paralelas y perfectamente pulimentadas a unas distancias de milésimas de milímetros y enfriarlas hasta las cercanías del cero absoluto (-273,16º C), el espacio comprendido entre ellas contiene energía negativa, pues los fotones virtuales creados entre ambas en virtud el principio de incertidumbre de Heisenberg, que normalmente se disiparían, da al espacio entre placas una entropía inferior a la habitual: luego la zona situada entre las placas tiene energía negativa.

Ya nos estamos acercando a nuestro objetivo. Sólo falta el diferenciador. Hay que establecer una determinada diferencia de tiempo entre sus dos extremos. ¿Qué más lógico que aprovechar los desfases relativistas? Una boca del wormhole es alimentada con un acelerador ordinario de partículas, y esto produce por sí mismo una diferencia temporal entre los dos extremos. Y ya tenemos creada la “máquina del tiempo”.

 

***

 

¿Imposible? Sí por ahora, pero no disparatado. Todos los procesos son imaginables, y estarían al alcance de una civilización tecnológicamente avanzadísima: comparar la nuestra con la cual sería como comparar un protozoo con nosotros. Pero, ¿se dará algún día este nivel en la Tierra o en algún planeta?

 En todo caso, conviene hacer unas consideraciones: esta máquina podrá conectar zonas separadas temporalmente pero no “hacia atrás”. No será posible viajar hacia el pasado inferior a la época en que la máquina fuera construida. Pero, eso sí, haría realidad el viejo anhelo del viaje por el tiempo.

Es inmediato preguntarse por las paradojas, reales o supuestas, que se crearían en estas condiciones. Por ejemplo, si deseo acertar una quiniela me basta con viajar al próximo lunes y consultar el periódico para retroceder al viernes y rellenar el boleto que va a ser ganador. Pero, ¡alto!, ese mismo periódico del lunes traerá la noticia de que he acertado a quiniela, conque, ¿para qué volver atrás y esperar tontamente tres días? Me quedo ya directamente en el lunes a disfrutar de mi premio, que, por cierto, habré conseguido sin rellenar la quiniela.

¿Es así? Si tomo esa decisión, ¿por qué va a traer la noticia de mi premio el periódico del lunes? Si la trae, es que voy a retroceder en el tiempo. Pues lo que para mí es “futuro y volición”, en realidad para el Universo es algo ya existente ahí. Esta cuestión guarda parecido con la de la predestinación, que tanto preocupaba a los teístas escrupulosos en otros tiempos.

Igualmente puede hablarse de la paradoja de un encuentro conmigo mismo veinte años más joven. Pero yo me acordaría de ese encuentro, conque nada tiene de contradictorio. ¿Qué entonces mi yo futuro puede matar al yo del pasado? No puede, pues si hiciera tal cosa, no existiría actualmente. Esto quiere decir que el yo futuro no mató al del pasado.

En fin, que hay tema para especular. ¿Sería un buen tema para tratarlo en la sección de lista de correo de Mensa?

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Barcelona, junio 2002