El experimento y su interpretación

 

Los experimentos físicos no demuestran en principio nada: es el científico quien debe interpretarlos, libre de apriorismos, lo que no es tan fácil como parece, pues a menudo el experimento es diseñado para demostrar una teoría, y el experimentador está inclinado a ver en los resultados lo que la confirme.

James Burke nos da un curioso ejemplo de este tipo en su artículo ¿Qué encierra el nombre? (Investigación y Ciencia, junio de 2001). En el siglo XIX la teoría corpuscular newtoniana de la luz se hallaba combatida por la ondulatoria, y los científicos se afanaban por imaginar experimentos que demostraran una u otra. El experimentalista victoriano William Crookes, defensor de Newton, diseñó el llamado radiómetro o molinete de luz, aparato que constaba de cuatro aspas pequeñas, ennegrecidas por hollín por uno de sus lados, sujetas a unos ejes cruzados que se balanceaban delicadamente sobre un vástago de acero que se sostenía en una copa. El conjunto se incluía en una campana de cristal en la que se había hecho el vacío.

“Anemómetro” solar

Cuando se llegaba la luz al aparato de Crookes, las palas empezaban a girar, lo que todo el mundo (y, desde luego, el experimentador), atribuían al golpe de las partículas de luz contra las aspas negras, más absorbentes.

Pero el experto en fluidos británico Osborne Reynolds halló la verdadera explicación: lo que realmente sucedía era que, al calentarse la parte oscura de las aspas, se expandían y escapaban pequeñas cantidades de gas atrapadas en el hollín. Era el gas y no la luz lo que provocaba el impulso. Tras la demostración, el pobre Newton perdió uno de sus más firmes valedores. Peso a ello, todavía se ve en algunos libros de Física el dibujito del radiómetro de Crookes como “demostración” de la fuerza del “viento solar”. Incluso puede comprarse en algunos comercios, con la indicación “Anemómetro solar”.

Si un experimento “demuestra” algo, siempre lo hace en función de unas asunciones previas, en el fondo, de lo que estemos “dispuestos” a aceptar. La luz, en sus trayectorias de refracción y reflexión, sigue siempre el camino más rápido posible, por lo que en principio sería perfectamente válido, hablando científicamente, definir el fenómeno así: “la luz escoge siempre el camino más corto”. Pero, ¿no parece inaceptable una descripción que presupone una propiedades mágicas, por no decir inteligentes, en la luz? No, preferimos acogernos a otras explicaciones. Con ello no hacemos más que seguir implícitamente la norma de la navaja de Occam: elegir, entre dos explicaciones, la más sencilla posible (sobreentendiéndose “la que a nosotros nos parece más sencilla”).

Un hombre de la Edad Media aceptaba tranquilamente que todo el Universo girara alrededor de la Tierra. A fin de cuentas, para su visión religiosa y providencialista, la explicación más “sencilla” era ésta. No ocurrió lo mismo en la Edad Moderna. La visión laica de la naturaleza imponía otros puntos de vista: la máquina del universo no estaba a nuestro servicio, sino que funcionaría igualmente sin nosotros. En realidad, las tesis copernicanas no triunfaron hasta que la humanidad estuvo dispuesta a aceptarlas, y para ello se había seguido un largo camino en la evolución de las ideas.

¿Quién sabe cuáles serán mañana las explicaciones científicas de fenómenos que parecen definitivamente asentados hoy? De hecho, Einstein ha introducido ya un nuevo punto de vista: a nosotros nos resulta suficientemente inteligible pensar que lo que se da en realidad en el movimiento de la Tierra es un fenómeno que puede ser descrito de ambas maneras: la medieval y la moderna.

 

                                                                                              JMAiO, Torredembarra, mar 05