¿POR QUÉ NOS HUNDIMOS EN LAS ARENAS
MOVEDIZAS?
En su última carta se pregunta Miguel Ángel
Lerma:
Algo
que sí me intrigó siempre es por qué alguien puede hundirse en arenas
movedizas. Eso parece físicamente imposible. El cuerpo humano tiene una densidad
aproximadamente igual a la del agua, o incluso algo menor, a juzgar por la
facilidad con que flotamos. Puesto que la densidad de las arenas movedizas es
mayor que la del agua, ¿por qué habríamos de hundirnos en ellas?, lo lógico
sería quedar flotando.
Es la primera vez que alguien me pregunta por
un hecho aparentemente tan intrigante: es curioso cómo pasa inadvertido su
carácter contradictorio. En efecto, sea:
·
ώ: Masa específica del agua (1000 kg/m3)
·
γs: Masa específica del mineral que constituye la arena
(con pocas variaciones, es 2700 kg/m3)
·
n: Porosidad
de la arena (porcentaje vacío del volumen total). Este valor suele oscilar
entre 0,30 y 0,50.
Un sencillo cálculo muestra que la densidad
media del líquido conjunto, es como poco:
γ' = n ώ + (1-n)γs ≈ 1850
kg/m3
Es decir, muy superior a la del cuerpo
humano. ¿Cómo se explican los dramáticos hundimientos de los "malos"
de las películas en esas arenas?
La respuesta es algo compleja, y ciertamente
de ingeniero. Es sabido que en todo punto de una masa líquida se cumple la
igualdad de Bernouilli:
H = p/ ώ +
v2/2g + h = constante
Siendo:
p: presión en ese punto
ώ:
masa específica del líquido
v: velocidad de líquido en ese punto
g: aceleración de la gravedad
h: altura respecto a un plano arbitrario de
referencia.

La altura piezométrica H puede ser
interpretada como la energía por unidad de peso, y la ecuación anterior refleja
el hecho de que la energía del líquido es la misma en todo punto de éste, si
bien en unos puede predominar la de presión (primer sumando), la cinética
(segundo) o la de posición o potencial (tercero).

Cuando en un medio bastante poroso (arena) se
produce el movimiento de un flúido (agua), es a costa de una pérdida de la
altura piezométrica de ésta (en definitiva, es una pérdida de energía por
rozamiento). La velocidad en un punto de la masa es v = ki, siendo:
k: Constante del medio permeable
i: dH/dx, gradiente piezométrico (pérdida
de carga por unidad de longitud).
Esto produce una fuerza de arrastre en el
sólido, de valor por unidad de masa:
![]()
La
fuerza f no es muy importante, y se
limita habitualmente a producir arrastres y disgregaciones en el sólido. Pero
puede llegar a ser incluso del orden de g
en determinados casos.

Uno de éstos, particularmente temido por los ingenieros,
es el que represento esquemáticamente en la figura, correspondiente a una
excavación en arenas saturadas muy porosas. El muro M impide que el talud se
derrumbe, pero la carga piezométrica pasa del valor H a cero a lo largo de una
longitud no muy superior a H, conque i toma valores cercanos a la unidad, y f
es una fracción alta de g. Añádase a ello la fuerza de flotación ejercida sobre
los granos de arena, que aumenta en el sumando nώ/γs, y se
comprenderá que su valor final puede sobrepasar la aceleración de la gravedad.
Entonces la arena pasa a ser ingrávida y es proyectada hacia arriba,
produciéndose el fenómeno de "sifonamiento", donde la superficie del
fondo de la excavación toma un aspecto como de agua hirviendo.

Y llegamos a las arenas movedizas. Siempre se
dan éstas en una situación similar a la de la excavación. Un ejemplo podría ser
la figura, en que la arena se halla con gradientes elevados y al borde del
sifonamiento. Su superficie está tranquila, pero una pequeña perturbación puede
sifonarla. Ya hemos visto que en la masa arenoacuosa un cuerpo humano no puede
hundirse, pero si éste se mueve, provoca turbulencias en el seno de la masa,
que se traducen en aumentos locales de la velocidad de circulación del agua,
con lo que aparecen sifonamientos puntuales que hacen hundirse la persona. El
proceso continúa mientras hay movimiento, es decir en las cercanías de la
persona, incluso bajo el nivel superficial.
Por tanto, la receta es clara: si caemos en
unas arenas movedizas, jamás debemos chapotear intentando salir por nuestros
medios, sino quedarnos quietos y pedir ayuda. Nos hundiremos sólo en la medida
que fije el teorema de Arquímedes, y quedaremos en esa situación. Mucha gente
ha perecido por perder la serenidad y no tener en cuenta ese principio.
JMAiO, feb 94