SR.
JUEZ
Éste era la dirección que
tradicionalmente escribían los suicidas en el sobre destinado a dejar claro
ante la autoridad competente que no debía culparse a nadie de su muerte,
voluntariamente asumida. Implícito estaba en la liturgia propia del suicidio
que nadie tenía derecho a entrometerse con los motivos del que lo practicaba,
salvo, en todo caso, la eterna metomentodo eclesial.
Pero no hablaremos de ella
en este caso, sino de esos funcionarios que con tantas ganas han recogido su
testigo en nuestros tiempos. No contentos de que el tetrapléjico Sampedro se saliera
finalmente con la suya, parecen muy dispuestos a aplicar la norma de “quien la
hace, que la pague”, aunque hacerla
sea, en este caso, una mera cuestión de definición judicial. Y buscan “cómplices”
con una avidez que ya quisiéramos todos en tantos casos con la prensa se ve
bombardeada a diario.
Vivimos unos años
paradójicos. Estas pasadas Navidades he visto las figurillas de pesebre
llamadas caganers (“defecadores”, una
curiosa costumbre catalana) en figura de Pujol, de Aznar, del rey y hasta del
papa, y nadie se ha metido con sus autores ni vendedores. Pero me pregunto qué
hubiera sucedido si el representado en actitud evacuatoria hubiera sido tal o
cual figura de alguna veneranda institución judicial. Las garantías que
afortunadamente hemos ido consiguiendo en este país en los últimos años
prevendrían de cualquier encarcelamiento arbitrario contra quien osara meterse
con nuestras más altas figuras de la política, pero una simple orden del juez
más remoto puede ponernos en la cárcel a cualquiera en cuestión de minutos.
Y, desde luego, muchos
jueces están encantados con esta prerrogativa y no vacilan en usarla a la más
mínima. “¡Cuidado con nosotros!”, truenan advisoriamente a menudo. Si un locutor radiofónico, en el calor de una entrevista, se
atreve a insinuar que “se comenta” que “quizá” algunos “opinan” que tal
institución judicial “pudiera” ser “un poco” corporativa, la respuesta llega
con voz de pocos amigos. “Nada de eso, porque etc. etc.” Por lo visto el caso
Estivill, salvado por cierto nada menos que gracias al voto de quien ocupa la
más alta institución ejecutiva judicial, no ha existido. Como los jueces
procesados por “posible” corrupción. Ni existen las escandalosas demoras en los
juicios, a veces debidas al simple berrinche de dos jueces enemistados.
No es lo peor que el sistema
legal español no funcione, sino que al parecer sus responsables no se han
enterado. No importa que los asuntos judiciales se demoren años y años,
ocasionando la ruina de quienes confiaron en la justicia (desgraciadamente, con
minúscula): en la sentencia se añade el latiguillo “el cúmulo de asunto
pendientes ha demorado la resolución” y listos. Si la letra de cambio o el
cheque han llegado a ser papel mojado por obra de tantos intérpretes de la
justicia que no han sabido siquiera en qué consistían esos documentos, ¿qué
importa? El prosaico mundo comercial no va con la ley. Si se forma un
desbarajuste en las relaciones entre propietarios e inquilinos, o entre cónyuges
separados, o entre trabajadores y patronos, todo eso cuenta poco ante la
solemne dignidad de la Ley.
Quizás el problema de fondo
está en que muchos de sus intérpretes han olvidado que ésta está al servicio
del ciudadano, y creen honradamente —la honradez es lo último que dejará de
suponérseles— que el mundo es un mecanismo de relojería legal, y que la sagrada
misión de los juristas es cuidar de que la máquina ruede sin chirridos. El
principio es lo que cuenta, la realidad, poco. Cuando los turcos entraron
finalmente en Constantinopla encontraron a sus doctores de la ley enfrascados
en determinar cuestiones tan candentes como si el ente era unívoco o análogo, o
los ángeles tenían sexo o no. Y así vemos hoy estupendos artículos en las
revistas jurídicas sobre la inviolabilidad de la vida, la definición de la
vida, mientras que las técnicas de reproducción asistida siguen adelante pese a
tan ridículos esfuerzos de los doctores de la ley. Una vez más, el mundo hace
ley mientras los encargados de ella discuten y bostezan.
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Pero volvamos a Sampedro.
¿No pasarán al museo de la ley los esfuerzos de este hombre por conseguir
disponer de algo tan radicalmente suyo como era su propia vida? Todos los
esfuerzos, las innúmeras precauciones que ha debido tomar para prevenir el
aparato de la ley (en este caso eficaz, cuando tanto tiene por hacer en todos
los demás terrenos, según hemos visto), sonarán a esas vestimentas formadas de
blusas, corpiños, encajes, pasamanerías y enaguas con que el cuerpo femenino
era cubierto a principio de siglo.
Sí. Comerciantes impagados,
maridos y mujeres escarnecidos, caseros e inquilinos desdeñados, olvidad
muestras minucias, que el solemne aparato de la ley está hoy muy ocupado
buscando quién ayudó a Sampedro a conseguir esos gramos de cianuro. En algún
rincón de los libros de la Ley existe una letra muerta pero muy venerada por
algunas personas desconectadas de nuestro tiempo. Y según esa letra, las formas
deben ser mantenidas. Todo, se supone, en beneficio de esas futuras generaciones
que, si encuentran un mundo hecho a su medida, habrá sido por obra de físicos,
médicos, ingenieros, arquitectos y artistas. ¡Qué pena que en este equipo de
hacedores del mundo futuro no estén presente los leguleyos!
Josep
M. Albaigés
Barcelona,
enero 1998