¿SOMOS
HERACLITIANOS?
Parménides de Elea
y Heráclito de Éfeso
protagonizaron en los siglos VI-V aJC una de las
polaridades más singulares del mundo filosófico griego. El primero sostenía que
el ser, como cosa que es, por
definición no puede admitir cambios (pues entonces ya no sería; en todo caso sería
otra cosa), y el cambio es sólo una ilusión, no existe, es sólo un engaño de
los sentidos, pues lo que existe en realidad son distintos seres, infinitos y
cambiantes en cada momento.
En cambio, Heráclito
pasó al extremo opuesto, afirmando que nada existe sino el cambio. Su metáfora
ha pasado a ser clásica: “Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río”.
¿Qué es el tiempo? Son miles las definiciones
que se han inventado sobre él, pero una de ellas, limitada al plano subjetivo,
parece innegable: la invención de nuestra
mente que nos permite afirmar que dos cosas distintas son la misma. ¿En qué sentido puedo afirmar que esta montaña es la
misma de hace cien años, incluso que hace cinco minutos, que yo sigo siendo el mismo a través de los años? En
cualquiera de estos intervalos ha habido cambios que obligarían a hablar de dos
montañas distintas, de dos personas distintas. El velo del tiempo nos permite
obviar la dificultad, transfiriéndola a la definición de movimiento.
La invención del cinematógrafo ha conformado
nuestras mentes de forma que tienden a imaginar hoy el ser en el sentido
parmenidiano, impregnado de tiempo, que le da contenido y continuidad. El
tiempo sería lo que subyace y da continuidad a una sucesión de seres
cambiantes, a la manera de los fotogramas de una película. Nos parece tan obvia
y satisfactoria esta imagen, que hemos llegado a aceptarla como la única
posible.
Sin embargo, quizás con un mayor esfuerzo
intelectual, podría imaginarse el ser y su devenir con arreglo a otra
concepción, más heraclitiana. En lugar de concebir “fotografías” del ser cuya
sucesión continua nos le da el sentido actual, podríamos imaginar el universo
formado por “procesos” a manera de átomos. Cada “proceso” es único e indivisible,
de ningún modo separable por “fotogramas”, sino pleno y contenido en sí mismo.
A fin de cuentas, la abstracción del “fotograma” descansa en la asunción
implícita de que existe el “ser instantáneo”, pero esto nos lleva a la aporía
de Zenón de Elea y su conclusión de que, para
salvaguardar debidamente la continuidad del ser, deberían existir infinitos de
ellos. Así, el filósofo eleata sostenía, con arreglo
a este modelo, que la flecha disparada por el arco jamás podría llegar a su
blanco, pues para ello debería ocupar infinitas posiciones en su camino, lo que
exigiría un tiempo infinito.
En cambio, en la concepción heraclitiana, al
ser el “proceso” el átomo del sistema, lo único que hay que imaginar es un
conjunto de aconteceres encadenándose y formando así
el vasto mecanismo del universo. Éste pasa a ser algo esencialmente dinámico, y
el único problema se presenta ahora en imaginar el engarce de unos procesos con
otros.
No cabe duda de que esta idea resulta más
atractiva si hacemos el esfuerzo intelectual de dejar de concebir el mundo como
formado de “seres” que evolucionan para imaginarlo en su historia, tejida de causalidades
y dependencias. La propia imagen del universo es el paradigma perfecto de esa
forma de ver las cosas: esas estrellas aparentemente inmóviles que vemos por la
noche son en realidad mundos en evolución continua, que desde un principio se
dirigen hacia un final determinado por el agotamiento de su combustible
nuclear. No están inmóviles como parece, sino que cada una sigue una trayectoria
fijada en función de los poderes gravitatorios de todas las demás. Sólo la brevedad de nuestra vida nos lleva a
concebir esta imagen elemental “estática” del cosmos: si viviéramos, pongo por
caso, unos cuantos millares de años, veríamos como el dibujo de las
constelaciones iba alterándose, como Vega pasaba a señalar el Polo Norte, y, en
definitiva, concebiríamos la bóveda celeste no como algo fijo desde el
eternidad sino como un componente más en ese universo procesal. Dejaría de paso
de ser una “base inmutable”, a la que referir las demás cosas, y veríamos como
ella misma dependía de las demás. Este cambio de visión no se limitaría a un
problema de referencias físicas: toda
nuestra concepción del universo quedaría alterada, obligándonos al excluir
la idea de “inmutabilidad”, de la que deriva, como conclusión natural, la concepción
física de Parménides. En definitiva, Einstein habría hecho su irrupción mucho más allá del campo
de la física o de la astronomía.
Y, extendiendo esta idea a la propia humanidad,
no veríamos individualidades, sino movimientos en el vasto avance histórico.
Dejaríamos de concebir un mundo formado por “personas” para pasar a otro
“histórico”, donde los avatares eónicos no se verían
como “cambios” en la evolución, sino como su propia esencia.
Quien haya tenido la paciencia de seguirme
hasta aquí habrá captado la idea fundamental de este artículo: en realidad, la
adopción de una u otra concepción del mundo proviene sólo en la distinta escala
con la que concibamos el tiempo. Una fuerte atención a lo microscópico lleva a
una visión parmenidiana, la atención a lo
macroscópico nos conduce a Heráclito. ¿Es preferible
una u otra visión? Como diría don Torcuato, ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo
contrario: sólo teniéndolas en cuenta ambas podremos alcanzar una correcta
visión física e histórica del universo y de la historia, ciencia del tiempo por
excelencia.
Josep
M. Albaigès
Barcelona,
noviembre 2004