SOLIPSISMO, FUTURO Y OTRAS COSAS

 

 

                    'Twas brillig, and the slithy toves

                      Did gyre and gimble in the wabe

                    All mimsy were the borogoves

                      And the mome raths outgrabe.

 

Poema Jabberwocky, en "Alicia a través del Espejo”, cap. I (Lewis Carroll)

 

 

     Es curioso que nada más plantearse en [C-16] una cuestión relativa al solipsismo, hayan aparecido diversos artículos y puntos de vista sobre cuestiones relacionadas con él. Recuerdo que, en el sentido allí usado, hablábamos de las "teorías que en sí mismas rechazan su comprobación experimental", muy seguras en su plano inasequible al empirismo, pero, a la vez, inoperantes por consistir en "superestructuras inmateriales" añadidas a la realidad, cuyo funcionamiento es concebible sin necesidad de ellas: en definitiva, son "hipótesis innecesarias" como precio por sustraerse a la prueba de fuego de la investigación empírica. Unamuno, en su juventud agnóstica, comparaba Dios a una barrera situada al final del conocimiento humano: "Cuando la ciencia avanza, la barrera retrocede", decía.

 

     La "paradoja de Newcomb", aludida por Miguel A. Lerma, entra en esa categoría. Pues, en el fondo, en ella no se discute un "hecho", sino la adecuación a ese hecho de un modelo descriptivo que nosotros hemos construido previamente. Nosotros hemos decidido que alguien sabe, y exigimos al universo que nos responda lógicamente a esa suposición.

 

     Y lo mismo ocurre con el "gato de Schrödinger", comentado por José Beltrán en otro lado, que al fin y al cabo pone en entredicho la cuestión física de que "algo" tenga que ser una cosa u otra, según nuestros modelos descriptivos. Ese "algo" es lo que es, y nosotros nos adaptamos a ese "ser" como podemos: le damos un nombre, cual nuevo Adán. Pero en el Universo las cosas, como en el bosque donde se perdió Alicia, no tienen nombres: somos nosotros quien hacemos uso de ellos, poniendo los que nos convienen. No es culpa de la "cosa" si nuestros modelos descriptivos (nuestros nombres) son insuficientes. A fin de cuentas, ¡están tan condicionados, los pobres, por nuestras limitaciones sensoriales y mentales!

 

     Esta "presunción de descriptibilidad" ya quedó gravemente dañada con de Broglie y su dualidad onda-partícula, que puso de manifiesto que en realidad, aunque nuestra intuición sensorial discrimine entre ambos conceptos, a determinados efectos ambas cosas son lo mismo. La historia de la ciencia está  plagada de callejones sin salida análogos, a los que se llega al intentar explotar hasta sus últimas consecuencias un modelo descriptivo que se ha erigido en diosecillo. Pensemos en otras dualidades o aun trialidades que antes marcaban una clasificación absolutamente disjunta del universo, como hombre-mujer, mineral-vegetal-animal, vida-muerte, embrión-feto-persona, presente-pasado-futuro, sometidas hoy a durísima revisión por una ciencia o unas costumbres basadas en los modelos conceptuales respectivos, pero incapaces de seguir moviéndose bajo su estrecho dominio.

 

     El problema surge cuando nuestras creaciones mentales descriptivas (nuestros "conceptos"), útiles en un determinado contexto, pasan a ser entronizadas, y se exige al mundo que se ajuste obligatoriamente a ellos. Este modelo de proceder es casi siempre identificado con el mismo "sentido común" por las personas convencionalmente llamadas "de letras", cuya experiencia no se ve tan sometida a los embates de los últimos avances científicos.

 

     Volvamos a la paradoja de Newcomb. En realidad, desde un punto de vista filosófico, no se trataría más que una demostración, por la vía de reductio ad absurdum, de uno de estos puntos:

 

1.      O el futuro no puede preverse (pues de suponerlo resulta un absurdo lógico)...

2.      O/y el hombre no es libre (pues entonces éste no puede dejar de hacer lo que el demiurgo predijo, y es imposible superarle en agudeza).

 

     De hecho, esta segunda suposición ha estado implícita mucho tiempo en los postulados científicos. Según Laplace, una mente capaz de conocer la posición y velocidad en un instante dado de todas las partículas del universo, y de resolver además el sistema de ecuaciones diferenciales resultante, tendría el futuro conocido. Claro es que este punto corresponde a una época de visión de la naturaleza enteramente mecanicista, con un universo reducido a una inmensa mesa de billar. Pero es adaptable a la aparición de fenómenos termodinámicos, electromagnéticos y nucleares.

 

     Ya hemos visto en el artículo de Beltrán cómo la ciencia moderna rechaza este principio al sentar indefiniciones futuras a escala microscópica como consecuencia de la indeterminación de una partícula, que pone en cuarentena la predicción microscópica al concluirse que  el universo es intrínsecamente impredictible, no como consecuencia de la pobreza de nuestros métodos de cálculo sino de la indeterminación intrínseca, a escala atómica, de los comportamientos de sus componentes elementales. Las pomposamente llamadas "leyes físicas" no lo son más que "de los grandes números", y sus predicciones lo son en el mismo sentido en que una compañía de seguros sabe cuántos de sus clientes van a fallecer este año, pero no cómo ni quiénes.

 

     La ciencia física, como concluía Eddington, se parece al Jabberwocky de Carroll, fantástico poema donde unos seres que no sabemos qué son hacen unas cosas para nosotros ininteligibles. Pues, en efecto, ¿qué es el electrón sino un slithy tove (algo con carga eléctrica) que gyra y gymbla (hace algo) en su wabe (que convencionalmente llamamos "órbita"? No en vano en los últimos tiempos, para inventar neologismos descriptivos de nuevos entes y fenómenos se ha preferido huir de palabras demasiado sugerentes para caer en los quarks, sabores y otras zarandajas.

 

                                                                                                          Josep M. Albaigès