SOLIPSISMO,
FUTURO Y OTRAS COSAS
'Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe
All mimsy were the borogoves
And the mome raths outgrabe.
Poema Jabberwocky, en "Alicia a
través del Espejo”, cap. I (Lewis Carroll)
Es
curioso que nada más plantearse en [C-16] una cuestión
relativa al solipsismo, hayan aparecido diversos artículos y puntos de vista
sobre cuestiones relacionadas con él. Recuerdo que, en el sentido allí usado,
hablábamos de las "teorías que en sí mismas rechazan su comprobación
experimental", muy seguras en su plano inasequible al empirismo, pero, a
la vez, inoperantes por consistir en "superestructuras inmateriales"
añadidas a la realidad, cuyo funcionamiento es concebible sin necesidad de
ellas: en definitiva, son "hipótesis innecesarias" como precio por
sustraerse a la prueba de fuego de la investigación empírica. Unamuno, en su juventud agnóstica, comparaba Dios a una
barrera situada al final del conocimiento humano: "Cuando la ciencia
avanza, la barrera retrocede", decía.
La
"paradoja de Newcomb", aludida por
Y lo
mismo ocurre con el "gato de Schrödinger",
comentado por José Beltrán en otro lado, que al fin y al cabo pone en
entredicho la cuestión física de que "algo" tenga que ser una cosa u
otra, según nuestros modelos descriptivos. Ese
"algo" es lo que es, y nosotros nos adaptamos a ese "ser"
como podemos: le damos un nombre, cual nuevo Adán. Pero en el Universo las
cosas, como en el bosque donde se perdió Alicia, no tienen nombres: somos
nosotros quien hacemos uso de ellos, poniendo los que nos convienen. No es
culpa de la "cosa" si nuestros modelos descriptivos (nuestros
nombres) son insuficientes. A fin de cuentas, ¡están tan condicionados, los
pobres, por nuestras limitaciones sensoriales y mentales!
Esta
"presunción de descriptibilidad" ya quedó
gravemente dañada con de Broglie y su dualidad
onda-partícula, que puso de manifiesto que en realidad, aunque nuestra
intuición sensorial discrimine entre ambos conceptos, a determinados efectos
ambas cosas son lo mismo. La historia de la ciencia está plagada de callejones sin salida análogos, a
los que se llega al intentar explotar hasta sus últimas consecuencias un modelo
descriptivo que se ha erigido en diosecillo. Pensemos
en otras dualidades o aun trialidades que antes
marcaban una clasificación absolutamente disjunta del universo, como
hombre-mujer, mineral-vegetal-animal, vida-muerte, embrión-feto-persona,
presente-pasado-futuro, sometidas hoy a durísima revisión por una ciencia o
unas costumbres basadas en los modelos conceptuales respectivos, pero incapaces
de seguir moviéndose bajo su estrecho dominio.
El
problema surge cuando nuestras creaciones mentales descriptivas (nuestros
"conceptos"), útiles en un determinado contexto, pasan a ser
entronizadas, y se exige al mundo que se
ajuste obligatoriamente a ellos. Este modelo de proceder es casi siempre
identificado con el mismo "sentido común" por las personas
convencionalmente llamadas "de letras", cuya experiencia no se ve tan
sometida a los embates de los últimos avances científicos.
Volvamos a la paradoja de Newcomb. En
realidad, desde un punto de vista filosófico, no se trataría más que una
demostración, por la vía de reductio ad absurdum, de uno de estos puntos:
1.
O el futuro no puede preverse (pues de
suponerlo resulta un absurdo lógico)...
2.
O/y el hombre no es libre (pues entonces
éste no puede dejar de hacer lo que el demiurgo predijo, y es imposible
superarle en agudeza).
De
hecho, esta segunda suposición ha estado implícita mucho tiempo en los
postulados científicos. Según Laplace, una mente
capaz de conocer la posición y velocidad en un instante dado de todas las
partículas del universo, y de resolver además el sistema de ecuaciones
diferenciales resultante, tendría el futuro conocido. Claro es que este punto
corresponde a una época de visión de la naturaleza enteramente mecanicista, con
un universo reducido a una inmensa mesa de billar. Pero es adaptable a la
aparición de fenómenos termodinámicos, electromagnéticos y nucleares.
Ya
hemos visto en el artículo de Beltrán cómo la ciencia moderna rechaza este
principio al sentar indefiniciones futuras a escala microscópica como
consecuencia de la indeterminación de una partícula, que pone en cuarentena la
predicción microscópica al concluirse que
el universo es intrínsecamente impredictible,
no como consecuencia de la pobreza de nuestros métodos de cálculo sino de la
indeterminación intrínseca, a escala atómica, de los comportamientos de sus
componentes elementales. Las pomposamente llamadas "leyes físicas" no
lo son más que "de los grandes números", y sus predicciones lo son en
el mismo sentido en que una compañía de seguros sabe cuántos de sus clientes
van a fallecer este año, pero no cómo ni quiénes.
La
ciencia física, como concluía Eddington, se parece al
Jabberwocky
de Carroll, fantástico poema donde unos seres que no
sabemos qué son hacen unas cosas para nosotros ininteligibles. Pues, en efecto,
¿qué es el electrón sino un slithy tove (algo con carga eléctrica) que gyra y gymbla (hace algo) en su wabe (que
convencionalmente llamamos "órbita"? No en vano en los últimos
tiempos, para inventar neologismos descriptivos de nuevos entes y fenómenos se
ha preferido huir de palabras demasiado sugerentes para caer en los quarks,
sabores y otras zarandajas.
Josep
M. Albaigès