SOBRE RACIONALISMO, CIENTIFISMO Y OTROS
ISMOS
En la pasada RAM de Sitges, nuestro ex presidente Antonio Casao nos deleitó con una rigorosa exposición sobre los temas que se derivan del título de ese artículo. Desgraciadamente, el tiempo apremiaba tanto que no fue posible extenderse en el debate, como hubiera sido el deseo de todos.
En síntesis, su ponencia se centró en un punto: los logros espectaculares alcanzados por la aplicación de la razón al conocimiento en los últimos siglos no deben hacernos olvidar que ésta es una herramienta humana, potente pero limitada. La dicotomía, a menudo oposición, racional vs irracional puede acabar oscureciendo los resultados de uno y otro instrumento por excesivo afán de protagonismo.
Criticó el radicalismo de algunos dirigentes de la Alternativa Racional de las Pseudociencias, y citó, entre los detractores del racionalismo extremo, a Ernesto Sábato ("Hombre y engranajes. Heterodoxia"), Luis Racionero y Fernando Savater ("Heterodoxias y Contracultura"). Entre los partidarios, a Mario Bunge, Martin Gardner (en una línea moderada, pues ello no impide su deísmo) y Carl Sagan.
Citó ciertos casos a debate entre el conocimiento científico y el tradicional, como el de Galileo, sobre el que se ha exagerado mucho, y expuso hechos curiosos e inesperados como que Newton y Kepler creían en la magia.
¿Qué riesgos comporta una elevada fe (observemos la palabra: fe) en la razón? Que nos privamos de una parte importante del conocimiento asequible por otros medios, atacamos a muchos, quizás injustificadamente, y nos creamos enemigos.
Concluyó con un brillante lema: YA QUE SOMOS ANIMALES, SEAMOS RAZONABLEMENTE IRRACIONALES.
Como expuse en el coloquio, coincido en muchos puntos con Antonio, pero siento que debo apostillar otros. Yo lo enfocaría así: lo racional y lo irracional son dos modos distintos de conocer, pero existe una radical diferencia entre ambos: sólo el primero ha sido capaz de llevar a verdades universalmente admitidas. No hablo, por supuesto, de las verdades primarias (lo que podríamos llamar "postulados del conocimiento": que existo, que estoy vivo, que hay otras personas en el mundo, etc.). Nadie discute la electricidad, la existencia de Cristóbal Colón, que el latín ha originado el castellano, pero no hay forma en ponerse de acuerdo sobre Dios, el alma, la astrología, el vegetarianismo, el vudú y el arte, especialmente el actual.
Inicialmente, el único conocimiento asequible al hombre fue el que, para entendernos, estamos llamando "irracional" (sin ningún sentido peyorativo). Históricamente sabemos que los griegos fueron los primeros en tratar de llegar a conclusiones en base únicamente a la razón. Pero sus resultados fueron tan precarios como los obtenidos por el mero sentimiento, pues no contaban con unas herramientas operativas adecuadas: el conocimiento empírico y el método científico, que penosamente empezaron a desarrollarse hacia los siglos XVII-XVIII.
Los conocimientos adquiridos mediante esas vías fueron desde el primer momento espectaculares, y han generado una reacción en cadena, cuyo momento de máxima explosión vivimos ahora. No es extraño, pues, que las antiguas vías de conocimiento sean, no ya cuestionadas, sino incluso sentadas en el banquillo de los acusados como culpables de milenios de atraso. Y sus representantes principales, como son la religión, la magia y toda clase de hechicerías, concentran el máximo furor popular, y se perpetra contra ellos a veces una revanchista quema de brujas moral.
¿Por qué es así? Sin entrar en la eterna polémica de qué es ciencia y técnica, digamos, para simplificar, que la primera busca el conocimiento, de acuerdo con su etimología, latín scio, "saber". Para remarcar este punto, en lo sucesivo la llamaré sciencia. En cuanto a la técnica, se aplica en los resultados prácticos obtenibles mediante la aplicación de la primera.
Antes de la aparición de la revolución scientífica mencionada el mundo contaba con su pre-sciencia y su pre-técnica (llamémoslas así para simplificar). La primera era la religión, la teología, la magia y tantas teorizaciones sobre el hombre y el mundo basadas en ideas previas resumibles en dos "postulados": la existencia de un orden inteligente, y la necesidad que el mundo se adecuara a unas normas independientes de él.
Esta pre-sciencia había generado su pre-técnica. Mediante la interpretación de esos conocimientos irracionales (sigo usando la palabra en el sentido de A. Casao), se intentaban obtener unos resultados prácticos: formas de organización política, esquemas de moral, organización social, poder temporal, adivinaciones de futuro, e incluso cura de estados anímicos morbosos... el etcétera sería muy, muy largo.
Esta irritación actual de la que se lamentaba Antonio procede de un resquemor no tanto contra la antigua pre-sciencia sino contra su pre-técnica derivada, y, desde luego, los jerarcas de ésta. No es extraño que las críticas que se limitaron inicialmente a choques directos pre-ciencia vs sciencia (caso Galileo, darwinismo), hayan pasado a pre-técnica vs técnica (psicoanálisis, organización sanitaria, planificación familiar, etc., propias de los tiempos actuales).
Y así la sociedad, desconfiada tras esas escaramuzas pretéritas, asiste hoy no sin cierto escándalo al intento de aplicación de esquemas pre-scientíficos al mundo actual. La causa suele ser el hecho de que dichos esquemas se derivan de zonas no batidas (¿todavía?) por la sciencia. Se discute sobre determinados temas sociales ignorando que los nuevos avances del conocimiento hacen obsoletas muchas de las concepciones pre-técnicas de la estructura familiar, la moral sexual, la organización política, etc. El reciente debate sobre el preservativo en el sida, que muchos ven como una cuestión pre-moral más que sanitaria, es un buen ejemplo.
Comentemos ese "¿todavía?". En los momentos de máximos logros scientíficos muchos creyeron (creyeron, acto de fe) que la sciencia iba a suplantar un día a la pre-sciencia como modo de conocimiento, y los tiempos que vivimos no serían más que de transición, como cuando la embarcacación a vapor sustituyó al velero. El positivismo del siglo XIX marca el momento de máxima fuerza en esta creencia, que, insistamos, era otra fe, como la del hombre religioso. No es sorprendente que el máximo auge del anticlericalismo se diera en esos tiempos. Desde la desamortización liberal hasta nuestra Guerra Civil, que fue una guerra decimonónica más, lucharon dos conceptos del mundo, cada uno con su fe de ser el mejor.
En el siglo XX se dieron algunos toques de alerta contra ese punto de vista. Ortega y Gasset, en su Teoría de la razón vital, decía, en lúcido símil, que el conocimiento racional era una breve isla en un mar de irracionalidad (yo añadiría que ésta aparece incluso en el subsuelo, en alusión a los "postulados del conocimiento" antes comentados). Ortega proponía, como solución, su razón vital, que no era mucho más que unos brillantes fuegos pirotècnicos verbales, de los que tanto gustaba nuestro fino (aunque algo engreído) filósofo.
Quizá fue éste el punto de partida de la reacción de los "irracionalistas", que, incapaces de conseguir el consenso que las verdades científicas obtienen, adoptaron la estrategia de embotar el filo de la lógica poniendo las verdades obtenidas por vía racional en el mismo nivel de credibilidad que las pre-científicas. El razonamiento se resume en: "Al fin y al cabo, todo descansa en creencias. Que sean éstas en la fe, en la razón, en la ciencia, en nuestros sentidos, ¿qué más da? Nunca podemos estar garantemente seguros de ellas".
Este solipsismo encubierto, paradójicamente, ha sido alimentado por los últimos descubrimientos de la sciencia (¿la llamamos desde ahora meta-sciencia?) que, en estricta honradez intelectual, está descubriendo sus propios límites, y se atreve a vaticinar que algunos de ellos no serán jamás traspasados... por ella (queda abierta la fe en una post-sciencia). Hoy sabemos que la dualidad onda-partícula hace difícil saber qué es realmente la materia, que desde Einstein el geocentrismo y el heliocentrismo no son sino aspectos distintos de una misma teoría, cuya opción es más cuestión de facilidad interpretativa... y sabemos que no es posible predecir el futuro mediante cálculos, como creía Laplace, porque es imposible conocer el presente (principio de indeterminación).
Estos resultados han sido interpretados "desde fuera" por los pre-scientíficos de una forma algo pueril: "Fíjense ustedes, la misma ciencia reconoce que hay cosas que no podrá ni ella misma saber. ¡Si ya lo decíamos nosotros!" Creo que esta forma de discurrir sí es "irracional", esta vez en el mal sentido. Pretender criticar la sciencia porque no llega a puntos donde no llegó la pre-sciencia sólo puede hacerse desde el conocimiento de aquélla, no de algunos resultados interpretados con la mentalidad precientífica. Pretender que la ciencia ha fracasado porque después de todo nadie sabe qué hay detrás del quark, y que aunque siempre se descubra siempre habrá un más allá irrespondible, me recuerda todo aquello del primer motor inmóvil de las Cinco Vías de Santo Tomás, que curiosamente quería hacer asequibles al conocimiento determinadas cosas, posibilidad de la que abjura hoy la pre-sciencia. No es serio.
Creo que, en la situación actual, hay que admitir que existen dos vías (¿sólo dos?) de conocimiento, y cada una tiene su campo de actuación. Pero no creo que puedan ponerse ambas a la misma altura de calidad cognoscitiva. Y tomo aquí claramente partido, afirmando que los resultados de la meta-sciencia son de superior calidad. Y que la otra sólo es para conformarse a falta de otros instrumentos mejores. Si éstos llegarán alguna vez o no, es una cuestión de fe. Pero los hechos son éstos.
JMAiO