¿QUIÉN
SE HACE CARGO DE LA ÉTICA?
Un motorista, víctima de un
accidente, arroja electroencefalograma plano, pero se le mantiene
artificialmente con vida (funciones respiratoria y circulatoria asistidas) para
obtener de él un riñón destinado a trasplante de la máxima calidad. ¿Es esto
lícito?
Dos gemelas comparten la
mayoría de órganos vitales, incluidas las piernas.
Algo hay que hacer. Alternativa 1: Dejar que la naturaleza siga su curso.
Alternativa 2: Operarlas (con grave riesgo) para dejarlas mutiladas.
Alternativa 3: Dotar a una de ellas con los órganos vitales básicos dejando
morir irremisiblemente a la otra. ¿Qué hacer?
Una futura madre se halla
ante un parto distócico. O ella o el niño deben morir. ¿A quién se elige?
Estos casos, a los que cada
uno pude añadir más por su cuenta, presentan un factor en común: no se hubieran
presentado un par de siglos atrás (salvo el último). Por falta de medios, se
hubiera dejado seguir adelante a la naturaleza (en el tercer caso, se hubiera
intervenido de una determinada manera, basada no en criterios biológicos, sino
de principios teóricos). Pero hoy el quirófano y los avances en medicina
permiten otras opciones.
Lo curioso es la vacilación
de la voluntad que sobreviene en estos casos. Todo el mundo está de acuerdo en
que algo hay que decidir, en que la ética asume unos nuevos problemas nunca
vistos antes a los que hay que dar una solución… pero nadie lo hace. Todos
buscan a su alrededor quien les dé una orden. Y pasan los años, y la lista de
problemas pendientes de solución aumenta.
¿No será que existe
demasiada poca claridad de visión en la sociedad? Es ciertamente muy cómodo
confiar a otros las decisiones molestas. Como decía Kant:
“Tengo un médico que decide sobre mi salud, un administrador que decide sobre
mi hacienda, y un confesor que decide sobre mi conciencia”. El problema, como
vemos, no es nuevo.
Pero entre los tres ejemplos
de Kant había una importante diferencia: en los dos
primeros se hacía reposar la decisión sobre una persona con conocimientos
científicos de medicina o administración de empresas;
el tercero era resuelto mediante principios que entonces se creía escritos en
las estrellas, pero que el tiempo ha demostrado que eran puras fosilizaciones
de prejuicios ancestrales.
Retomemos el tercer caso: ¿salvar
a la madre o el hijo? En el fondo, el razonamiento tradicional católico (salvar
el hijo en todo caso) reposaba sobre una valoración de una preeminencia entre
las vidas, no sobre criterios biológicos
o de mejor supervivencia. El religioso se convertía en un intruso que
arrebataba su capacidad de decisión al médico.
Cuando Jenner
introdujo por primera vez la vacuna tropezó con una oposición importante,
difícil de entender con los criterios actuales. El problema era que en algunos
casos la propia vacuna implantaba la enfermedad en el vacunado, con lo que éste
moría precisamente como consecuencia de su aplicación. Y un moralismo religioso opinaba que no era lícito
someter a nadie a un riesgo para evitar otro riesgo. Todo un punto de vista.
¿Cómo se resolvió el dilema?
Puede parecer algo chusco, pero se hizo un cálculo sobre los “años promedios de
vida extra” que la vacuna proporcionaba, considerando “años positivos” los que
vivían de más quienes evitaban la peste gracias a ella, y “años negativos” los
no vividos por quienes por culpa de ella contraían la enfermedad. Todo ello
calculado, claro está, con tablas de mortalidad y estadísticas de infección
aleatoria y por culpa de la vacuna. Una simple resta y, ¡resuelto! El saldo fue
netamente favorable a la vacunación, y por tanto se decidió aplicarla (dos
siglos después, el progreso de la medicina ha reducido a cero el mínimo riesgo
que todavía tenía en su tiempo el hecho de vacunarse).
No voy a juzgar la bondad o
maldad del procedimiento. Sólo a observar que, quizá por primera vez, se adoptó
una decisión derivada de otro tipo de valoraciones distintas a las que resultan
de una moralidad sustentada sólo en principios teóricos. Este criterio se ha
seguido aplicando en multitud de ocasiones, con más o menos buena fe (la bomba
atómica mató cien mil personas, pero salvó varios millones de una guerra
prolongada, la construcción de un túnel supone la muerte de varios obreros,
pero salva muchas vidas gracias a la mayor facilidad de comunicaciones que
introduce).
De hecho, continuamente se
están tomando decisiones que suponen la muerte o la incomodidad grave de unos
grupos en beneficio de otros. Nuestra actual sociedad globalizada expropia
terrenos para hacer carreteras, proletarizando agricultores en beneficio de los
automovilistas. O condena al ruido a determinados barrios por culpa de los
polígonos industriales que permitirán fabricar, entre otras cosas, medicinas.
El repertorio de ejemplos sería infinito.
En todos estos casos la
decisión es adoptada mediante criterios más o menos acertados, pero nunca en
virtud de sagrados principios estáticos derivados de una concepción filosófica
o religiosa de la vida. Se ha hecho tan corriente este sistema de obrar, que
hoy no concebimos otros. Y podremos discrepar sobre la licitud de los criterios
adoptados o sobre su cálculo, pero no sobre la inevitabilidad
de su adopción.
Bueno, ¿por qué no ocurre
mismo con esas cuestiones citadas al principio, que tanto preocupan al hombre
de hoy? En mi opinión, porque nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato.
Queda bien lo de mover dubitativamente la cabeza y decir que “es muy difícil
decidir”, y traspasar el problema a otros. Pero realmente estos otros, ¿están
capacitados para él? No si no lo conocen a fondo, y conocerlo a fondo quiere decir
conocer la dinámica en que se genera, las consecuencias que aporta. Sólo en
este caso se podrá acometer la fase final: actuar. Esta actuación podrá ser o
no errónea, pero seguro que lo será si no está fundamentada, si continúa
basándose en la aplicación de mecanismos ya anticuados.
En definitiva, que estoy
proponiendo una “ética a cargo de los técnicos”. Quizá sea un tanto atrevido
decirlo, pero creo que la moral ha devenido una cosa demasiado seria para
dejarla a cargo de los moralistas. Quiérase o no, aparecerán unas nuevas
plataformas de actuación humanas donde la decisión la tomarán en cada caso
quienes más capacitados estén para tomarla, desde luego con el riesgo de
equivocarse: pero no hay grandeza sin riesgo asumido.
Salou, agosto 2001