Ética relativa

 

Un problema que ha preocupado a los estudiosos de la ética, al menos desde el siglo XIX, es fruto del relativismo vivido desde entonces: ¿los sentimientos éticos son el resultado de leyes escritas en las estrellas o simplemente de convenciones humanas? El conocimiento de otras culturas y convenciones con distintos usos y reglas morales ha llevado a establecer que las normas de comportamiento pueden variar extraordinariamente según los lugares y los tiempos. En unos países se practica la poligamia, en otros la pena de muerte es lícita. En unos es delito la tenencia de armas, otros proclaman en su misma Constitución el derecho a poseerlas y llevarlas. Pero, ¿existe un núcleo absoluto, que es o debiera ser común a todas las culturas, un punto básico de partida, a la manera como los sistemas de postulados en la matemática?

El problema no es baladí, en particular para Occidente, donde tendemos a aplicar nuestras convenciones al resto del mundo como si fueron las normas absolutas. En virtud del carácter expansivo de nuestros Estados en los últimos siglos, nuestra historia se ha visto plagada de imposiciones de lenguas, culturas, ritos y sistemas morales a otros países, a menudo con el sincero deseo de “civilizarlos”. La arbitrariedad de los bautismos más o menos forzados en los tiempos coloniales sobre personas de otras religiones en aras de un Dios “superior” se reproducen hoy cuando se estima que la democracia debe ser trasplantada a otras culturas, dando por sentado que es un sistema ético-político también “superior” a los que éstas aplican.

Ante todo este análisis histórico, que no constata más que fracasos en los trasplantes de los propios valores a otras culturas, la reacción es de cautela, y es fácil caer en un relativismo, pero esta actitud tampoco puede satisfacer a las personas exigentes. Es fácil decir, por ejemplo, que cada cultura es respetable dentro de sus códigos morales, y por ello nadie puede aplicar sobre nadie. Pero con ello ya estamos aplicando una moral, la de creer que no existe el derecho a intervenir en otras culturas. Por otra parte, estamos con ello negando la posibilidad de progreso. Si todo está bien, si todo es correcto siempre que se practique en su entorno, ¿a qué el afán de progreso? ¿Realmente nada es mejorable? ¿Existe el progreso?

En ocasiones hay que tener el valor, casi la decencia, de proclamar que puede haber normas de conducta superiores a otras, como una sinfonía de Mozart es superior absolutamente a un tam-tam, no ya en relación a tal o cual cultura, sino absolutamente. Hay momentos históricos mejores que otros, personas más inteligentes que otras, con mejor voz que otras, moralmente superiores a otras.

He aquí un criterio que puede ser, si no absoluto, al menos útil: se puede sospechar que un sistema de valores o de vida es “mejor” que otro cuando la gente de distintas culturas se siente inclinada a seguirlo. Todo el mundo critica a los Estados Unidos, pero resulta que todo el mundo intenta parecerse a este país, al menos en algunos aspectos. Se critica su imperialismo, su supuesto infantilismo, pero se copian servilmente sus modas, sus formas de diversión, sus innovaciones técnicas y sus hábitos vitales, desde llevar vaqueros o beber la cerveza “a morro” hasta casarse al aire libre.

Desde luego que las multitudes no llevan la razón por serlo, pero, obviamente, tampoco la llevarán las minorías por creerse ilustradas. Sabemos de los portentos operados por los sistemas de propaganda en nuestros días, pero ese seguimiento de los valores de los Estados Unidos se produce en países abiertamente enfrentados con ellos. Cuba desea comer en MacDonald’s, los iraníes ansían ver películas occidentales, los rusos, antes y después de la caída del bloque soviético, desean vestir pantalones tejanos. Sólo es posible mantener ghettos aislados por algunos países (Corea del Norte) al precio de sumir en el hambre a sus moradores y practicar un peligroso juego atómico.

El problema se parece al que se planteaba Descartes, buscando establecer verdades absolutas y esquivar la influencia de un genio maligno que quizás le estaba haciendo creer en un mundo exterior inexistente. Descartes pulió tanto su cautela contra el genio maligno que sólo pudo concluir: “Pienso, luego existo”, que bien mirado, y pese a la fanfarria vertida sobre esta conclusión, no me parece muy importante.

Es natural sentirse desalentado ante la falta de referentes morales exteriores, pero la decepción por algo no es ningún síntoma de que eso no esté ahí. Pensemos en cómo los antiguos se planteaban el principio en virtud del cual se sostenía la Tierra. Para algunos sobre los hombros de Atlas, aunque la obvia pregunta es: ¿Y dónde se sostiene Atlas? En realidad la respuesta vino por un camino inesperado: la Tierra no se sostiene en nadie, se sostiene sola, porque dar por sentado que las cosas deban sostenerse apoyándose en algo no es más que una extrapolación inadecuada de nuestra experiencia diaria. De forma análoga se resolvió el dilema de las “cinco vías” de santo Tomás o es posible que se resuelva algún día la naturaleza última de la materia, en la que quizás no haya más partículas componentes de otras, sino que se llegue a una concepción completamente distinta alcanzado un cierto nivel de conocimientos.

Por tanto, es posible que las reglas morales sean siempre relativas, y que no de otra manera puedan ser. Pero esto no las invalida como leyes morales; sólo permite enfocar de una manera nueva el problema de su cambio en el espacio o en el tiempo. Lo que es lícito aquí no lo es en el Congo, lo que vale en el siglo XXI no vale en es XIV ni en el XXVII. Quizás en el siglo XXVII el concepto de “moralidad” haya sido sustituido por otro que somos por el momento incapaces de imaginar.

 

                                                                        JMAiO, Torredembarra, abr 07