ES O NO ES: ÉSE ES EL DILEMA
Como ingeniero especializado en la emisión de informes técnicos, muchos de los cuales forman parte de un contencioso, me he visto sometido infinidad de veces durante la vista de la causa al interrogatorio de abogados que me dirigen preguntas del tipo: “¿El muro estaba en estado ruinógeno o no?”, y que cortan no sin cierta irritación mis intentos de matizar la respuesta, de hacer ver que las cosas no son blancas o negras, sino que admiten infinidad de matices grisáceos.
Este intento de obtener una respuesta inequívoca, un sí/no, que podríamos considerarlo de “lógica clásica”, es aparentemente impecable, un mecanismo dicotómico capaz de resolver lógicamente las mayores dificultades. Sin embargo, un análisis atento revela pronto sus limitaciones, no tan derivadas de la lógica misma como del mundo para el que esta lógica pretende ser una herramienta.
En primer lugar, no será ocioso recordar que el filósofo Kart Popper ya enunció hace tiempo su algo pesimista conclusión sobre las “verdades” de la naturaleza. En síntesis, el insigne pensador sostenía que nunca podemos estar seguros de un determinado predicamento científico, pues, por más argumentos que se acumulen en su favor y por más experimentos positivos que refuercen la tesis, el experimentador estará siempre sometido al albur de que algún experimento negativo eche por tierra irreversiblemente la teoría. La naturaleza podrá negar ésta, pero nunca podrá empíricamente afirmarla. En términos más familiares: la naturaleza o dice que no o no dice que no, pero nunca dice sí.
¿A qué viene esta reflexión? Sin más que trasladarla al campo real, observaremos la fragilidad de suponer que se puede contestar “no” o “sí” a una pregunta dicotómica. Esto es en realidad imposible: la respuesta podrá ser “no” como mucho, pero nunca podrá ser “sí”. Quizás algún lector me acuse de bizantinismo en esta conclusión, pero hago observar que éste no es mayor que el bizantinismo previo de haber dado por supuesto siempre que la respuesta es “no” o “sí”.
Pero éste es un argumento puramente lógico, y todas las lógicas del mundo se rinden ante la observación empírica, por lo que, fiel a mi formación positivista, voy a pasar al mundo real sin dar mayor importancia que un divertimento a las divagaciones anteriores.
Para poder manejar el mundo construimos modelos sobre él. Es decir, construcciones mentales que se asemejan al mundo y que nos resulten manejables con nuestras herramientas mentales. Un típico ejemplo de modelo es el matemático: ante el éxito de que dos más dos son siempre cuatro, damos por supuesto que podremos predecir el comportamiento de las cosas tomando unos datos de partida del mundo, introduciéndolos en nuestro modelo y aplicando inmediatamente ala realidad los resultados que nos haya suministrado este modelo. ¿Queremos conocer el comportamiento de un puente ante el paso de un tanque? Tomamos el peso del tanque, determinados datos resustentes del puente y obtenemos, mediante ala aplicación de unos determinados algoritmos, la respuesta: el puente será o no apto para el paso del tanque.
Otro modelo es el jurídico. Construimos un modelo de comportamiento de unos “seres legales”, que aproximamos al real, tomando como leyes de su funcionamiento las que nos dicta el derecho. Y a partir de allí sabremos si es lícito o no tal comportamiento qué sanción debe aplicarse a un determinado delito.
Otro modelo es el lógico. Damos por supuesto que el mundo se comporta con arreglo a unas determinadas leyes mentales nuestras, y estas leyes presuponen que toda situación puede ser definida de acuerdo con unos determinados esquemas lógicos. En particular, resulta muy cómoda la lógica bivalente, la que supone que cualquier cosa está “teñida” de la cualidad cierto o la cualidad falso, y que las leyes mentales que aplicamos (“o es cierto o es falso”) funcionarán siempre.
Es decir: modelos, siempre modelos. El proceso es siempre el mismo: definimos una naturaleza acorde con nuestra mente, y seguidamente la “obligamos” a que responda a nuestro concepto previo. Acabamos enfadándonos si no es así, y decimos, como aquel filósofo de secano: “Si la realidad no responde a mis previsiones, ¡peor para la realidad!”
JMAiO, BCN, oct 08