EL CARÁCTER SIMBÓLICO DE LAS PARADOJAS
Desde hace un par de años vengo
bregando con esta bella carrera que es la antropología social y cultural, y
redescubro, sin sorpresa y con alegría, que lo mejor de aprender no son los
interrogantes que se cierran, sino los que se abren.
Entre mis carpetas figura una con
el título Paradojas. Recientemente ha salido una colección de desafíos
matemáticos cuyo primer título trataba de ese tema y que empieza, como no podía
ser menos, con un repaso a las versiones ─hay muchas─ de la paradoja de Epiménides el cretense, popularizada luego con el nombre de
“el mentiroso”, que por si alguien no la recuerda reproduzco aquí:
“Epiménides
dice que los cretenses mienten.
Epiménides
es cretense,
Luego Epiménides
miente”.
Esta paradoja ha sido luego
reproducida en todas las versiones imaginables, todas ellas con un punto en
común: que no tienen solución.
Entre ellas, yo prefiero la que
cuenta Cervantes en el Quijote, que viene a decir así: se trata de unos
guardianes situados a la entrada de un puente que deben preguntar a todo aquél
que quiere cruzarlo a dónde va. A quien diga la verdad deben dejarlo pasar,
pero a quien mienta tienen que ahorcarlo. Para no faltar a su deber ahorcan sin
excepción a todo el mundo, ya que entonces habrán mentido a posteriori, puesto
que no irán a ningún sitio. El problema surge cuando llega un viajero ─y
yo apostaría que es Epiménides disfrazado─
que ante la pregunta responde: “Voy a que me ahorquen”. En ese momento los
guardianes han perdido su objetivo en la vida.
Creo que Ramón J. Sender es el único que ha comprendido ─La orestiada de
los pingüinos─ la fuerte carga simbólica de este pasaje al comentar que, en
su opinión, es la paradoja más importante del mundo, pues ese puente es la vida
que todos atravesamos desde un lugar desconocido a otro igualmente ignoto. Se
podrán dar muchas explicaciones sobre lo que hay a uno y otro lado, pero pocos
tienen el valor de confesar la única verdad evidente e inmediata: vamos a que
nos ahorquen.
En el diccionario de Ferrater Mora hay un largo estudio sobre las paradojas que
por desgracia no hace referencia a sus características simbólicas, aunque sí da
una clasificación completa y minuciosa de la que se puede extraer una
característica general. Según Stenius, las paradojas
surgen por el uso de definiciones contradictorias circulares.
Creo que la explicación es muy
acertada y opone las paradojas a las adivinanzas, acertijos y la mayoría de los
cuentos populares, que merecen un estudio aparte, porque representan realidades
de otro tipo. Tenemos por tanto una primera característica común a todas las
paradojas:
1.- Representan realidades
cerradas o circulares.
Y no olvidemos que el círculo es
en el fondo la forma del huevo, huevo como el del ave Fénix, que renacía de sus
cenizas y para los griegos simbolizaba el sucederse de la vida y la muerte en
un ciclo sin fin e igualmente cerrado.
De hecho, los griegos habían
descubierto ya estas realidades cíclicas quizás inspiradas en el mito de Perséfone y el devenir de las estaciones y las habían
plasmado magistralmente en los peores castigos del Tártaro: las Danaides con su tonel sin fondo, Ixión
y su rueda, etc. Pero sobre todo el menos conocido mito de Ocnos
el soguero, con su burra que devora y devuelve reconstruida la soga que él va
tejiendo, por lo que parece enlazar paradojas y adivinanzas o, lo que es lo
mismo, realidades con solución o abiertas y sin solución o cerradas.
Probablemente, como digo, el origen de estos ciclos haya surgido de forma
natural en la prehistoria a través de la observación de numerosos fenómenos
naturales que no es preciso nombrar.
La paradoja es pues un círculo y,
como círculo, una realidad en cuyo interior no se puede penetrar, porque no
deja resquicios.
Pero no olvidemos que el círculo
y su forma tridimensional, la esfera, son la representación de lo perfecto, y,
como tal, no tienen por qué ser origen de confusión.
Ya Aristóteles deducía que la
tierra debía de ser una esfera basándose en tres razones: que cuando los barcos
se alejan en el mar primero se pierde de vista el casco, no las velas; que en
los eclipses de luna la sombra que la tierra proyecta siempre es circular y que
al ser obra de los dioses debía de ser perfecta y por lo tanto esférica.
La esfera, si bien separa
irremediablemente lo que tiene dentro de lo que hay fuera, tiene en cambio un
aspecto en el que no resulta en absoluto engañosa, y es que muestra por igual
su superficie en todos sus puntos. Esto puede conferirle un aspecto de claridad
que debidamente aprovechado ilumina lo que quiere simbolizar con una luz poco
frecuente: como si a la esfera se le pudiera dar la vuelta y verla desde
dentro, y así lo han hecho los principales sistemas religiosos y filosóficos,
elevándola a la categoría de uno de los recursos literarios más rentables. Así
es sin duda la que es quizá la mejor descripción de Dios que yo conozco, obra,
cómo no, de ese maestro que es S. Agustín:
“O
aeterna veritas, o vera charitas, o cara aeternitas”. Eterna verdad,
verdadero amor, amada eternidad.
Como se ve, nada se aporta al
conocimiento de Dios, y sin embargo su impresión es inmediata.
De hecho, tanto el cristianismo
como las demás religiones se basan en gran medida en paradojas: “Todo el que se
exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado” (Lucas 14, sin duda
el más encantador de los cuatro).
“Para venir a serlo todo
no
quieras ser algo en nada”. (Subida al monte Carmelo).
O también de S. Agustín “Grande
es Dios: te elevas y huye de ti, te humillas y desciende a ti”. Por no hablar
del archiconocido “Vivo sin vivir en mí”.
Esto nos daría una segunda
característica:
2.- Pueden ser confundidoras y
negativas o esclarecedoras y positivas.
Además, aunque nada sabemos sobre
su origen, todo parece indicar que al basarse en hechos naturales que no pueden
remediarse y han sido igualmente observados por todos los hombres desde la
antigüedad más remota, su carácter sería universal junto a los otros citados
por Levi-Strauss.
3.- Son universales.
Si junto a las paradojas y los
mitos infernales citados situamos ciertos juegos, como las adivinanzas, cuentos
populares etc. Tendríamos una división completa hecha simbólicamente por todos
los pueblos entre realidades en las que se puede influir y otras en las que no.
En una de sus obras sobre el
matriarcado, J. J. Bachofen ─Mitología arcaica y derecho materno─,
contrapone el huevo como principio femenino a la serpiente como masculino.
Curiosamente creo que la distinción es igualmente aplicable a ambos tipos de
realidades ─recordemos que la serpiente es el ser que en la Biblia
consigue su objetivo─.
Respecto al huevo, que ya en
época griega y romana le daban un sentido cíclico, se ve en las pinturas y
esculturas sepulcrales, en las que se pintaba una mitad de blanco y otra de
negro o rojo, con ese simbolismo de muerte y vida. También el sombrero de
Hermes es mitad blanco y mitad negro para representar el tiempo que dividía
entre el Olimpo Y el inframundo conduciendo las
almas.
Pero en realidad, este dualismo
de realidades opuestas y sin embargo intrínsecamente unidas, puede rastrearse
en numerosos mitos indoeuropeos: los Dioscuros ─Cástor
muerto mientras Pólux vive y viceversa─ , Eteocles y
Polinices que deben gobernar alternativamente Tebas, Shiva y Vishnú, Horus y Tifón en Egipto, la doble corriente de Acheron y Cocyto ─creación
y destrucción─ que Sileno reveló a Midas, etc.
Pero en unas pocas, raras
ocasiones, los pueblos parecen haber descubierto una forma de superar la
contradicción, como en el caso de Ocnos, Heracles
ascendido al Olimpo, Prometeo encadenado y liberado o el propio Cristo.
Más aún: el huevo es el origen del
universo, dividido en cielo ─principio masculino, espiritual y
apolíneo─ y tierra ─femenino, material y dionisíaco─,
que ansían su unión para completarse como ocurre entre machos y hembras,
principio de la generación ─arché genéseos─ no sólo del hombre sino también de sus
dioses, dando a entender por tanto que esa unión es posible y quizás
inevitable. Pero ésa ya, será otra historia.
LUIS M. MODROÑO.