Los artefactos en la Zoología fantástica
Juan Manuel Grijalvo
Se ha especulado bastante en torno al
origen de las leyendas sobre animales fantásticos. Podríamos proponer la
hipótesis de que algunas, muy pocas, deriven de avistamientos de artefactos. Los
testigos habrían de relatar tales sucesos en sus propias palabras. Es decir,
con un vocabulario restringido a los límites de su propia lengua, que es la de
su gente y su época, y a su experiencia previa.
Veamos un ejemplo actual. Buscamos un
pueblo donde no haya aún televisión; tarea difícil, tal vez imposible. Una vez
hallado, convencemos a uno de los rústicos para que venga con nosotros, y lo
llevamos a un aeropuerto. Le dejamos que se lo mire todo el tiempo que haga
falta. Y le devolvemos al lugar, para que explique la experiencia a sus
paisanos. Probablemente no lo conseguiría. No tendría palabras para nombrar lo
que ha visto, y si le enseñáramos las nuestras, no tendrían sentido para sus
vecinos. Así que acabaría hablando de enormes pájaros del trueno que sueltan
grandes nubes de humo por el, por la parte de atrás, y levantan el vuelo
corriendo sin mover las alas por caminos de tierra negra que no van a ninguna
parte, etcétera. Al cabo de los años llega un antropólogo y le explican que en
la antigüedad había grandes pájaros del trueno y la gente se paseaba por los
aires subiéndose en su lomo, y ya está, ha nacido una leyenda. Al parecer, esto
es poco más o menos lo que ocurrió en Nueva Guinea cuando los naturales vieron
aviones por primera vez. Llegaron a montar un culto organizado y todo.
Von Däniken le ha sacado mucho partido a esta línea de
razonamiento, sólo que él supone un origen extraterrestre a los artefactos. Yo
sigo sin ver qué tiene de particular este planeta perdido en la periferia de la
galaxia para que vengan estos enjambres de naves a vernos. Tal vez seamos de
una comicidad irresistible.
Volviendo a la tierra, los helicópteros
también podrían dar lugar a unas cuantas elaboraciones sumamente vistosas como
animales fantásticos.
Otro caso histórico de observación de
artefactos se dio cuando los veleros europeos llegaron a América; los
"indios" creyeron que eran nubes que habían bajado del cielo,
tripuladas por seres divinos. Tampoco interpretaron correctamente la relación
entre el caballo y el jinete, que les parecían un solo ser de extraña
constitución. Tal vez una experiencia similar esté en
el origen de nuestro mito de los centauros. Podría ser el recuerdo deformado de
los primeros jinetes, vistos por las víctimas de las primeras cargas de
caballería.
Otras leyendas que nos han llegado también
pudieran proceder del avistamiento de artefactos. El dragón chino que vuela y
escupe fuego quizá fuera una gran cometa con un tripulante que dispara cohetes.
Lógicamente, los poseedores de esta tecnología la habrían guardado en secreto.
El valor militar de un dragón en el cielo es muy superior al de una simple
cometa. Las guerras también se ganan con psicología.
Los artefactos náuticos también merecen una
mención. Una galera, decorada con grandes ojos en la proa, y propulsada por
muchos remos que se mueven a compás, bien pudo parecer un monstruo marino a
gentes que sólo conocieran la navegación a muy pequeña escala. Los estudiosos
aún debaten el origen del nombre del Bucintoro, en
castellano Bucentauro, la nave de ceremonia en que el Dux
de Venecia renovaba cada año los esponsales de la ciudad con el mar.
Los submarinos también tienen su lado
zoológico. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevan nombres de animales.
Mayormente de cetáceos, pero también de pinnípedos o de peces. Y hasta de
moluscos: quizá el más famoso sea el "Nautilus"
de "Veinte mil leguas de viaje submarino"; más que los de verdad.
Otra relación zoológica que le asigna Verne es que
todo el mundo lo toma por un cachalote u otra bestia similar, y por eso va Ned Land en la expedición, para
arponearlo y matarlo.
Deliberadamente he dejado para el final el
artefacto más animalesco que hemos inventado: la
locomotora de vapor. Una máquina que respira, ruge, silba y mueve brazos y
piernas, mientras expulsa nubes de vapor y humo. Incluso las que se fabricaron
en serie poseían una idiosincrasia individual, y los maquinistas tenían que
familiarizarse con las manías de cada una; como si fueran caballos. Y a nuestro
rústico seguramente le habría interesado ver una locomotora saliendo a todo
vapor de un túnel... igual, igual que un dragón saliendo a la carrera de su
cueva.
Bueno, que yo sepa, los trenes no han dado
todavía ninguna figura legendaria, pero su impacto sobre la fantasía humana ha
sido enorme. Aparecen en cuadros, en novelas, en películas y, naturalmente, en
obras musicales, que se inspiran en sus múltiples ritmos. Han conseguido
infiltrarse hasta en los libros del mismísimo Profesor Tolkien.
Seguramente habrá otras leyendas en que se pueda
especular sobre un origen de este tipo. Si conocéis alguna, no dejéis de
contármela.