EUFEMISMO VS. REFUERZO ESCATOLÓGICO
Aviso: Con ser el presente artículo referido a temas
exclusivamente lingüísticos, puede herir algunas sensibilidades.
El hablante tropieza a veces con la
dificultad de expresar el sentido exacto de su pensamiento; más a menudo
todavía, el matiz sentimental que quiere imprimir a lo que dice. ¿Va a ser tan
prosaico como para decir a la mujer amada, cuando tira el lirismo, “Eres muy
guapa” simplemente? ¿O le expresará “Te amo” a secas? No, la primera frase
exigirá una retahíla de metáforas donde aparecerán las perlas, el rubí, la
seda, la luz suave, el azul del cielo, etc., y en la segunda deberán afirmarse
sentimientos íntimos, vivencias especiales, mediante los correspondientes
suspiros, languideces en la mirada, temblores y otros recursos históricamente
eternos.
Para el primer problema, la única solución es
un buen conocimiento del léxico. Nada más penoso que oír a veces: “Sí, ese
cachivache que sirve para...” por desconocimiento de la palabra exacta. Lo
segundo es cuestión no sólo de la adecuada inflexión de la voz y el apoyo
gestual, sino de un buen conocimiento de los sinónimos de cada palabra, con sus
matices respectivos.
Los tacos vehiculan,
a niveles bajos del lenguaje, esos últimos sentidos, y por ello es tan creciente
su uso en un tiempo de claro abandono de la cultura escrita a favor de la
visual, más exactamente, de la televisiva. El salpicamiento
continuo de la frase con esas expresiones, propias antes solamente de
carreteros, es una de las plagas que nos toca vivir en ese filo del milenio.
El eufemismo aparece en cuanto se teme que
las palabras evoquen con una fuerza excesiva, a juicio de los castos oyentes,
algún aspecto agresivo, en especial los relacionados con las funciones
evacuatorias o sexuales. Un buen ejemplo es la larga evolución de
denominaciones que ha sufrido lo que, desterrado el campo o el corral para
ciertos menesteres, el lugar de visita obligada una vez al día para todos los
mortales empezó llamándose muy apropiadamente la lavatrina o letrina, de donde pasó en un primer eufemismo alusivo a su
universalidad de visitación, a comuna,
nombre por otra parte compartido con otras muchas instituciones de gran
frecuentación (recordemos la Comuna de París, esto es, el Ayuntamiento,
diríamos hoy). Estas acepciones paralelas fueron abandonándose para evitar las
imágenes que la palabra aportaba, y llegada ésta a ese punto unívocamente
referencial, se hizo necesario sustituirla por el retrete. Ésta era entonces una voz de lo más casto (“el lugar a
donde uno se retira o hace retreta”; vemos en textos antiguos que una señora se
fue a su retrete con sus amigas). Pues bien, con el tiempo el retrete acabó también oliendo mal, y fue
sustituido por el excusado (las
señoras, el tocador) y el wáter o WC, palabras que curiosamente los
ingleses no usan (en la II Guerra Mundial no acababan de entender la hilaridad
que las siglas de Winston Churchill
provocaban en la prensa alemana). Tras el lavabo,
algo pueblerino pero que en muchos ambientes ha sobrevivido, vino la aséptica y
despersonalizada servicios, que está
cobrando hoy un cierto aire bastón y hortera, por lo que parece que finalmente
va a acabar siendo substituida esta vez por un galicismo, toilette, cuando no por el neutro
señoras|caballeros.
Por cierto, me cuenta un comunicante que vio en Guadix
las inscripciones WC y WS (water caballeros y water señoras).
Fácilmente se intuye la facilidad con que el
eufemismo puede convertirse en mera cursilería. Esto ocurre cuando, desde
niveles pretendidamente superiores, como mínimo captadores de la inconveniencia
del uso del taco, se quiere tomar prestada la fuerza expresiva de éste, sin
decirlo, eso sí, ridículo intento que acaba en interjecciones como ¡Jo!,
naturalmente abreviatura de joder
(inicialmente ‘penetrar, atravesar, taladrar’, por el latín fodere), palabra que heriría las
delicadas sensibilidades de hablante y oyente, quizás por la eficacia reforzante de la jota (joder, cojones, carajo, pijo...). Lo curioso es que, en el colmo de la pirueta
cursi, el jo
acaba transformándose en jolín,
jobar o jope cuando a su vez incluso esta mansa
abreviatura empieza a sonar mal. El mismo joder,
como verbo, acaba siendo jibar
o jorobar,
siempre en busca de la inicial presidiendo una palabra divergente.
El repertorio es infinito. Cagar, para las mentes delicadas, será ensuciar, y mear, mojar. Me cago
en la madre... (de Dios) se transforma en mecachis en la mar (a veces, incluso salada), cojones pasa a ser cojines,
cataplines
e incluso sillines, el follón es el follín, el culo es el pompis o el trasero, las tetas
son las lolas
o las domingas,
la picha es
la pilila, mear es hacer pis, cagar es telefonear, la regla es la visita, el chocho es el mocho, y la picha es la pilila. Lo cojonudo es pistonudo o morrocotudo,
e incluso la indumentaria entra en el mundo de los escrúpulos: la bragueta se transformó en la pretina, el sostén en el sujetador, y
las bragas en el slip o, como mínimo, las braguitas,
la mala leche es la mala uva o el mal café. Vaya todo a bien si con ello se evitan sofocos y aspavientos.
En el polo opuesto, el fenómeno contrario al
eufemismo es el refuerzo escatológico, por el que se aumenta la intensidad de
una palabra o frase apoyándolas con una innecesaria referencia al tema
evacuatorio/sexual. Lo vemos continuamente en ejemplos clásicos: por decir que
una cosa es mala, se dice que es una mierda, una cagada o una parida. Algo
muy bueno es de cojones o la leche (se supone que en su acepción
orgásmica), la hostia o de puta madre, y la gente se mea y se corre de gusto. Ostiar (rechazar de mala manera,
como hacían los ostiarios o guardianes de la ostia o puerta) pasó a hostiar, y de
aquí a dar hostias, en lógica
analogía eucarística. La palabra puñeta, perfectamente decente (son los encajes que se llevan
en el puño de una prenda de vestir) ha pasado a ser un taco, simplemente por la
expresión “hacer puñetas”, equivalente a la todavía
no demonizada “freír espárragos”, o sea hacer una
cosa molesta y difícil. Por cierto, en América conserva el sentido de
masturbar.
Al lado de estos ejemplos, más bien
venerables, el pueblo no para de ejercitar su inventiva: el antiguo ir de cabeza se ha transformado en ir de culo: se decía que un coche iba a toda pastilla (se dice que alusión
al mundo de la droga, aunque la frase parece anterior a la generalización de
ésta); esto pasó a ir a toda leche o,
más fuerte aún, a toda mierda. “El
quinto infierno” (expresión que remite a las grandes lejanías) pasó a “el quinto coño”, y de dos que están muy
unidos no se dice que son “uña y carne”, sino “culo y mierda”. La expresión echando
chispas, con que se indicaba la premura, pasó a echando leches, y, más rotundo todavía, cagando leches: un prodigio de lenguaje enérgico.
Una borrachera es también una mierda. El verbo acollonar (asustar, por collón, cobarde, derivado del italiano coglione) pasó a acojonar. Ya
entrados en el sexo se dice, con adverbio innecesario, que algo está cojonudamente
bueno, o que algo está más visto que el
coño de... (aquí, el nombre de la actriz de cine X
del momento). Por no hablar de innúmeras expresiones
coloquiales, como “no se ve ni un carajo”,
“ni esto ni pollas en vinagre”, “esto
es muy fácil; se hace con la punta del
pito”, etc., etc.
En el siglo XIX se hizo popular la palabra gilí, derivada, según unos, del árabe yihil, ‘bobo,
aturdido, ignorante’, y según otros del inglés hi-li, abreviatura de high life, que, designando inicialmente a la
alta sociedad, por evolución semántica acabó siendo despectivo. Últimamente el
calificativo ha quedado reforzado como gilipollas
(hoy ya en el DRAE), o como mínimo gilipuertas, sufijos sobre los que sobran los comentarios.
Un caso muy claro, devenido de gran
popularidad últimamente gracias a la franqueza de varios ministros (lógicamente
en sintonía con el nivel del pueblo, como manda la democracia) es la rotunda
expresión por cojones, por huevos o manda huevos, con que se indica el modo enérgico e inevitable de
llevarse a cabo una cosa. En realidad, se trata de un derivado, elaborado por
la ignorancia, de la frase por huebos, que es tanto como decir “por necesidad,
necesariamente” (latín opus,
‘necesidad’). Al lado está tocar los
cojones, que en realidad es un refuerzo de tocar las narices, antiguo signo burlesco, tocar el culo (lo mismo),
empreñar (trasplante del sentido de joder a la palabra preñar), etc. etc.
Josep
M. Albaigès, Mayo 2001