Rincón de la poesía skatológica

 

 

A su esposa reprende don Torcuato

porque rompió a pobrecita un plato.

Y olvida ese censor intransigente

de la torpeza ajena,

que él mismo en la comida antecedente,

estrelló, por descuido, una docena.

 

¡Qué bien dijo Platón: “¡Todos tenemos

pelitos en el culo, y no los vemos!”

 

 

Se peía, con ruido, Baldomero,

y todos le tenían por grosero.

Se peía, sin ruido, Bernardino,

y todos le tenían por muy fino.

 

Dijo bien un filósofo profundo:

“¡Todo es cuestión de formas en el mundo!”

 

 

Tiene loca pasión por el tresillo

el coronel Bombarda, hombre iracundo,

que, al sufrir la derrota de un codillo,

suelta la rienda a su dolor profundo,

botando de su asiento,

y armando un zipizape tan violento

de golpes, de porvidas, de clamores,

que meten menos bulla los tambores

con que marcha, a compás, su regimiento.

Su constante adversario es Don Procopio,

Don Procopio Cienfuegos, que echa lumbre

cada vez que se encuentra sin un fallo,

y tiene la costumbre

de desahogar la hiel de su amor propio

con una interjección que yo me callo.

Sobre si era legítima una puesta,

riñeron, con tan fiera trapatiesta,

que a gritos, Don Procopio, hecho una furia,

llamó al adusto coronel, fullero;

y el coronel le devolvió la injuria,

dándole una puntera en el trasero.

Como era inevitable,

siguióse un desafío, que fue a sable;

y de Bombarda el vengativo brazo

saltó un ojo a Cienfuegos de un sablazo.

 

Aquí se ve, a ojos vistas,

que esos pobres monotes de duelistas

el sentido común tienen perdido;

porque,  dime, lector, ¿no es cosa rara

que si el ojo del culo es ofendido

cueste el vengarle un ojo de la cara?