CÁTEDRA
DE SKATOLOGÍA
PRESENTACIÓN
Se encuentran en el DRAE dos acepciones distintas de la palabra escatología:
escatología1 (Del gr. έσχατος, último, y λόγος, discurso, tratado) f. Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.
escatología2 (Del gr. σκώρ, σκατός, excremento, y λόγος, discurso, tratado) f. Tratado de cosas excrementicias.
En el anterior número de BOFCI se trató, en bastante medida, de los temas eschatológicos según la primera acepción. Nada más lógico, para completar la simetría descriptiva, que atrevernos en ésta con los skatológicos.
Dice el antiguo aforismo que no hay mujeres frígidas sino hombres inexpertos. De la misma forma podríamos decir que tampoco hay temas obscenos (ob scena, fuera de la escena) sino escritores pornográficos. Bofci nunca ha rehuido ningún tema “peligroso”, y no va a empezar ahora.
¿Es la skatología un tema adecuado, permisible en una publicación seria como la nuestra? Nada mejor, en este año quijotesco, que echar mano de la obra maestra de Cervantes reproduciendo uno de sus episodios, el de la espantable aventura de los batanes. Situémonos en el momento en que amo y escudero aguardaban a que pasara la oscura noche entre el fragor descomunal de las máquinas, él a caballo de Rocinante y Sancho de pie pero agarrado a su amo muerto de miedo.
En esto,
parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese
cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural —que es lo que más se
debe creer—, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera
hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no
osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía
gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la
mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente y sin
rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenían,
sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela, dieron luego abajo y se le
quedaron como grillos. Tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al
aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto —que él pensó
que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y
angustia—, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció que no podía mudarse
sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los
hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas
diligencias, fue tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de
ruido, bien diferente de aquél que a él le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote
y dijo:
—¿Qué rumor es ése, Sancho?
—No sé, señor —respondió
él—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca
comienzan por poco.
Tornó otra vez
a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más ruido ni alboroto que el
pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas,
como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y
Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían los vapores
hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y,
apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos
dedos; y, con tono algo gangoso, dijo:
—Paréceme,
Sancho, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo —respondió
Sancho—; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora
más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.
—Bien podrá
ser —dijo Sancho—, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a
deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
—Retírate tres
o cuatro allá, amigo —dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las
narices)—, y desde aquí adelante ten más cuenta con tu
persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo
contigo ha engendrado este menosprecio.
—Apostaré —replicó
Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que
no deba.
—Peor es
meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote.
¡He aquí la clave! El tratamiento, amigo Sancho, que diría el inmortal manchego. Nada de meneallo, de recrearse. Sugerir, hacer asomar la sonrisa aun a pesar a veces de quien la emite, no causarle ascos ni vomiteras.
En esa línea procurará mantenerse la Cátedra de Skatología. No entre en ella quien no ame el humor suave, la ironía, la delicadeza. Pensamos demostrar, en este número y en los que seguirán si Dios nos da fuerzas, que todos los temas son decentes y manejables.
Y ahora que estás advertido, lector, sigue adelante si te apetece.
El Catedrático