LEYENDO, QUE ES GERUNDIO

 

Follar: «Tener ayuntamiento carnal, cubrir el macho a la hembra», explica la estupenda Enciclopedia de la lengua (Aguilar,1947), de Martín Alonso; se conoce que el llorado filólogo no conocía más posición que la del misionero, más bien heterosexual y adecuada para el sábado noche. El diccionario de la RAE, que lo deriva de follis, fuelle, ofrece en la cuarta entrada que dedica al verbo una definición más neutra y católica (en el sentido de universal) y, quizás, más basada en la experiencia intransferible de los eximios redactores: «Practicar el coito». El imprescindible Diccionario del español actual, dirigido por el maestro Seco, generaliza aún más: «Realizar el acto sexual» (lo que, en la realidad de la vida, abarca más que follar), y apoya su opción, entre otras cosas, en citas de autoridades que deben saber algo de eso: Javier Marías, Rosa Montero y Maruja Torres. Me gusta la idea de que el vocablo provenga de follicare (posiblemente a través de afollar, registrado en el Diccionario de Autoridades): respirar como un fuelle, resollar. «Follar, Follar, Follar, Follar», gritaba una pancarta en la reciente manifestación de prostitutas contra el «acoso policial» al que, según el colectivo Hetaira, se ven sometidas por Gallardón y compañía («Simancas y Gallardón no tienen corazón»; rezaba otra, inexplicablemente). Leo la información de la movida en un diario, donde se recoge la opinión de Azucena, que se define como prostituta y aclara: «No puta, que ésas son las que lo hacen sin cobrar». Una distinción en la que, de ahora en adelante, deberían reparar los lexicógrafos. Follar, follar, que el mundo se va a acabar, predicaba una consigna ácrata y carpe diem allá en mi loca juventud, cuando la pornografía no se había convertido en mainstream y el sexo era una fiesta tan escasa como movible. Me fijo en que otro diario resucita el término meretriz (un buen sinónimo refresca la mente, como decía Wittgenstein de las metáforas) para designar a las airadas manifestantes reivindicadoras del folleteo de pago. Meretriz: suena medieval. Lo vuelvo a encontrar —con ese aroma enclaustrado y oscuro— ­en la Conversión de la meretriz Taide, uno de los solemnes y hieráticos dramas de Rosvita de Gandersheim (siglo X) que acaba de rescatar la editorial Akal de la mano del profesor Andrés José Pociña. A Taide, la puta, la convierte, con su dialéctica, el ermitaño Pafnucio. La cortesana, arrepentida, convoca a sus antiguos amantes y, cuando están reunidos, quema en la hoguera las joyas con las que habían comprado sus servicios: «Todo lo que injustamente os he extorsionado, quiero quemarlo en este fuego, no vaya a ser que quede entre vosotros algún deseo y esperanza de que, más tarde, acabe por ceder a vuestro amor». Espero que Gallardón no pretenda ejemplarizar al colectivo repartiendo entre las meretrices fotocopias de la obra de Rosvita: sería un error político. Mientras pienso en todo ello me acuerdo estúpidamente de que, antes de que lleguen los fríos, debo comprar un nuevo fuelle para avivar el fuego de la chimenea. Y, ahora, improbable lector/a, si me haces la merced, cambia el gerundio del título por el que pensé primero. Y apliquémonos todos el cuento, que son dos días.

 

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Blanco y Negro Cultural / 25-10-2003