El excusado

 

Comúnmente se le llama cagar. Pero nunca pronunciamos ese verbo infame. Nadie dice excretar ni, por su puesto, de­fecar, que parece una sucia onomatopeya diarreica y una cursilería. Apenas hay quien se atreva a emplear aquella expresión vagamente castrense de hacer de cuerpo, y hacer de vientre se dice con sigilo porque roza aún la inconve­niencia. Así que el común de los morta­les habla de ir al “water” o al servicio, porque es como irse de excursión, algo que encubre el mo­tivo de ese viaje, que es lo que realmente hiere nuestro pudor de espíritus celestes ajenos a las urgencias que afligen a los brutos.

Visto, pues, que no se puede nombrar el qué, José Pascual de Quinto ha querido referirse al dónde, en una ingeniosa, culta y divertida conferencia que ha dado a sus contertulios de “La Cadiera”.

No sé cómo andarán ustedes de esca­tologia léxica, pero yo ignoraba que ese lugar pudiera Ilamarse de tantos modos, muchos más, que los que consigna Casa­res en su Diccionario Ideológico. Porque además de retrete, letrina, privada, nece­saria, secreta, común, casilla, trono, ga­rita, beque, evacuatorio, quiosco de nece­sidad y jardín, que también son ganas, Pascual de quinto ha ido espigando, en repertorios aragoneses, voces ten pintorescas como fuente, tabla, bujarda, turca, sillico, almuxaba, almojaba, bacía, bacín, evítame, beltrán, betalmez, cámara y bati­cambra, voz esta que aparece en el. Fuero de Teruel de 1176.

Cuadro de texto:  Respaldado por muchas horas de tra­bajo —no hay en nuestro idioma otra mono­grafía semejante, que yo sepa— Pascual de Quinto mete en la danza del excusado desde el “Vidal Mayor”, en pleno siglo XIII, a los “cagadores” o azacanes ambulantes que callejeaban por la Zaragoza del siglo XVIII, provistos de un bacín y de una capa con que cubrir al cliente que requería sus servicios. Y recuerda con humor aquellos primeros «sumideros públicos de la Plaza de España, excusados o secretas que no debían serlo tanto puesto que tenían va­rios agujeros para que se aliviasen simul­táneamente varios cristianos. Aunque a mí no me sorprende esa promiscua llaneza, porque recuerdo que en el pabellón de vi­sitas del viejo Convento de las Clarisas de Valdealgorfa, había un excusado de tres plazas al que acudíamos con mis primos Ángel y María Teresa, cuando nos urgía, para no interrumpir nuestros juegos por esa pequeñez. Y el que debíamos ofrecer era, el espectáculo que tentó a Romualdo Nogués y Milagro un día de 1831, cuando estuvo a punto de perecer por una tormenta de lodo maloliente, bajo la baticam­bra de las Concepcionistas de Borja. La curiosidad es el germen de la Ciencia, pero entraña sus riesgos.

 

Darío Vidal

Diario ABC, Madrid, 10.03.94