COINCIDENCIAS
Tomado de EL LIBRO DE LOS HECHOS INSÓLITOS, por Gregorio
Doval
La corriente eléctrica fue descubierta casualmente
por el profesor de anatomía de la universidad italiana de Bolonia, Luigi
Galvani (1737-1798). Un día de 1786, mientras él diseccionaba una rana, un
ayudante produjo una chispa con una máquina electrostática situada en la misma
habitación. La chispa causó una corriente eléctrica que conectó con Galvani y,
a través de su escalpelo metálico, pasó a la rana muerta, que contrajo sorprendentemente
sus músculos, «como si hubiese sufrido un calambre» (en palabras del profesor
Galvani). Deduciendo del fenómeno la existencia de lo que él llamó electricidad animal, Galvani dio
un paso crucial en la demostración experimental de la existencia de lo que
luego se llamaría corriente eléctrica.
El 5 de diciembre de 1664 se hundió un barco en el
estrecho de Menay, en la costa norte de Gales, muriendo 82 pasajeros, todos los
que componían el pasaje, salvo un hombre llamado Hugh Williams. El 5 de diciembre
de 1785, otro barco se hundió, pereciendo 60 pasajeros y dejando un único
superviviente, llamado Hugh Williams. El 5 de agosto de 1860, el hundimiento de
un tercer barco provocaba la muerte de 25 pasajeros y un único superviviente,
llamado —¿cómo no?— Hugh Williains.
El 11 de noviembre de 1913, una tempestad hundió
doce barcos en el Lago Superior de Norteamérica, con el resultado de 254
personas muertas. Diecisiete años después, también el 11 de noviembre, otra
tempestad hundió cinco embarcaciones en el mismo lago, muriendo 67 personas. En
1975, ese mismo 11 de noviembre, un carguero repleto de mineral, el Edmund Fitzgerald, se rompió en dos en
su travesía del lago a causa de una tormenta, muriendo sus 29 tripulantes.
Los cinco hijos del matrimonio estadounidense
formado por Ralph y Carolyn Cummins nacieron un 20 de febrero pero de distintos
años: Catherine, en 1952; Carol, en 1953; Charles, en 1956; Claudia, en 1961, y
Cecilia, en 1966. ¡Todo un milagro de exactitud! Hay que tener en cuenta que se
ha calculado que la probabilidad de que cinco hermanos no gemelos tengan la
misma fecha de nacimiento es de 1 contra 17.797.577.730.
En la
primavera de 1975, un bebé cayó desde una altura de 14 pisos en la ciudad
estadounidense de Detroit, aterrizando sobre Joseph Figlock, ocasional
transeúnte. Un año después, volvió a ocurrirle lo mismo al señor Figlock con
otro niño. En ambos casos, todos los implicados sobrevivieron.
El constructor de la ciudadela de la Bastilla,
Hugues Aubriot (?-1382), preboste de París y constructor también del Chátelet,
el puente de Saint Michel y el primer sistema de cloacas abovedadas de la
capital francesa, fue la primera persona encerrada en la Bastilla, cuando ésta pasó a ser cárcel, acusado de impiedad y
herejía, a la muerte de su protector el rey Carlos V de Francia. Sin embargo,
inaugurando otra costumbre, el pueblo se amotinó y lo liberó.
Hay ocasiones en que la historia parece rizar el
rizo de la verosimilitud. Es el caso, por ejemplo, de lo sucedido al rey
Humberto I de Italia (1844-1900), que cierto día de 1900 se asombró al observar
que el propietario del restaurante donde cenaba tenía un gran parecido físico
con él. Impresionado por la coincidencia, le mandó llamar y comprobó aún con
mayor sorpresa que ambos habían nacido el mismo día del mismo año (14 de marzo
de 1844); que el propietario estaba casado con una mujer que tenía el mismo
nombre de pila que la reina (Margarita), y que había abierto su establecimiento
el mismo día que el rey era coronado (9 de enero de 1878). Simpatizando con él
ante tantas coincidencias, el rey invitó al propietario del restaurante a
asistir al día siguiente (29 de julio de 1900) a un festival atlético que su
majestad iba a presidir en Monza. En pleno acto deportivo, poco después de que
el rey fuera informado de que el retraso de su invitado se debía a que había
sido asesinado a balazos aquella misma noche, el anarquista Gaetano Bresci
disparó sobre el monarca, matándole.
En cierta ocasión, el erudito francés Jean François
Champollion (1790-1832) visitaba el Museo de Turín cuando en uno de sus
almacenes encontró una caja que contenía restos de papiros. A la vista de que
nadie sabía decirle de qué se trataba exactamente, y viendo que estaban
clasificados como material inútil, comenzó a investigar los fragmentos,
reuniéndolos pacientemente y ordenándolos, resultando que se trataba de la
única lista existente de las dinastías egipcias, con los nombres y cronología
de los faraones. Un documento de incomparable valor histórico.
El 2 de febrero de 1852, el sacerdote Martín Merino
(1789-1852) —al que no hay que confundir con el más famoso Cura Merino, notable
héroe de la Guerra de la Independencia y de las guerras carlistas— intentó
asesinar a la reina española Isabel II (1830-1904), que salía de una misa de
acción de gracias por su reciente parto. Pero el cuchillo se enganchó en las
ballenas del corsé de la reina, desviándose la puñalada y causando sólo un leve
rasguño a su majestad. El frustrado regicida fue rápidamente juzgado y
ahorcado.
No es un hecho muy conocido el que el Titanic, aquel buque insumergible que
se sumergió en su primera travesía oceánica, fue construido a semejanza de un
barco gemelo, aunque algo más ligero, llamado Olimpic. Al ser botado, el
Olimpic chocó con el crucero británico Hawke
y tuvo que ser llevado a los astilleros de Belfast para su inmediata
reparación.
Pero esta no es la única casualidad o coincidencia
notable relacionada con el Titanic. En
una novela escrita en 1898 por Morgan Robertson (1861-1915), titulada Futilidad, se narraba el hundimiento
del buque transoceánico de lujo Titán, calificado
de insumergible, al chocar contra un iceberg en aguas del Atlántico, una noche
de abril. En la novela, como en el caso real, la ineficacia de los planes de
salvamento, la carencia de un número suficiente de botes salvavidas y la
extrema frialdad del agua hacen perecer a todos los viajeros. Lo curioso del
caso es que esta novela fue publicada catorce años antes de que, en 1912,
ocurriese el verdadero hundimiento del Titanic.
Y aún hay más. Parece ser que, en 1935, 23 años
después del hundimiento del Titanic, William
Reeves, marinero nacido precisamente el mismo día en que se hundió el
trasatlántico, que estaba de guardia en su barco, tuvo un extraño
presentimiento e hizo detener la marcha al cruzar una zona del océano Atlántico
cercana a donde se había producido en 1912 aquella terrible catástrofe. Al
observar detenidamente la zona, se comprobó que aquella parada había sido
providencial, puesto que el buque estaba en rumbo de colisión con un gran
iceberg. Lo más curioso de todo es que este tercer barco se llamaba Titanian.
Según cuentan biógrafos aficionados a este tipo de
curiosidades, la vida del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883) estuvo
marcada por la sombra del número 13. Además de nacer en 1813, su nombre y
apellido tienen 13 y los números de su año de nacimiento suman 13. Sintió su
primer impulso musical un 13 de octubre. Sufrió un destierro de 13 años.
Compuso 13 óperas, terminando una de las más famosas, Tannhäuser, un 13 de abril. Esta misma obra, que fue estrenada en
París el 13 de marzo de 1845, estuvo cincuenta años sin ser repuesta hasta el
13 de mayo de 1895. Su primera actuación al frente de una orquesta se produjo
en Riga, en un teatro inaugurado un 13 de septiembre. Se fue a vivir a Bayreuth
a una casa que fue abierta un 13 de agosto y que abandonó un 13 de septiembre.
Su suegro, Franz Listz, le visitó por última vez el 13 de enero de 1883. Como
no podía ser menos, Wagner falleció el 13 de febrero de aquel mismo año, en el
que, por cierto, se conmemoraba el decimotercer aniversario de la unificación
nacional alemana... No hay constancia de que Richard Wagner sufriera
triscadeicafobia (es decir, fobia al número 13), pero evidentemente hubiera
tenido razones para ello.
No se sabe si guarda o no alguna relación con esta
insistente coincidencia con el fatídico número 13, pero lo cierto es que la
biografía de Wagner está salpicada de desgracias y momentos delicados. Acuciado
por perennes problemas de dinero, su vida estuvo marcada por un constante
peregrinaje por diversas capitales europeas huyendo de sus acreedores. Por
ejemplo, al ser despedido en 1839 de su cargo de director de la orquesta de
Riga, la capital de Letonia, él y su esposa (y también su perro) huyeron del
país en un pequeño bote con destino a Londres, literalmente perseguidos por los
acreedores. En 1849, se combinaron además los problemas políticos y tuvo que
huir apresuradamente de Dresde, escondido en un vagón de carga y con un
pasaporte falso. En 1864, viviendo de nuevo en Dresde, no tuvo oportunidad de
escapar de sus perseguidores y fue encarcelado por deudas. Afortunadamente para
él, ese mismo año subió al trono de Baviera Luis II que, en su faceta de gran
mecenas del arte, le tomó bajo su protección, eliminando de una vez por todas
sus problemas económicos.
Los norteamericanos, aficionados como ellos solos a
la búsqueda de coincidencias las vidas de sus personajes ilustres han señalado
una numerosa lista de ellas en las respectivas biografías de los presidentes
Abraham Lincoin (1809-1865) y John Fitgerald Kennedy (1917-1963). Para empezar,
ambos fueron elegidos congresistas en 1847 y 1947, respectivamente, y
designados presidentes en 1860 y 1960. Los dos medían 1,83 metros de estatura y
sus apellidos tienen siete letras. Sus secretarios, apellidados,
respectivamente, Kennedy y Lincoln, les aconsejaron no ir a los lugares donde
ambos fueron asesinados. Los dos magnicidios ocurrieron en viernes, y ambos
estadistas recibieron balazos en la cabeza, disparados desde atrás y en
presencia de sus mujeres (las cuales, por cierto, perdieron un hijo durante su
estancia en la Casa Blanca). El asesino de Lincoln, Booth, disparó sobre él en
el teatro Ford y se escondió en un almacén. El de Kennedy, Oswald, le disparó
cuando viajaba en un automóvil de la marca Ford
(modelo Lincoln) desde un
almacén, ocultándose en un teatro. Los magnicidas, cuyos nombres completos
tenían 15 letras en cada caso, eran sureños y habían nacido en 1839 y 1939, y
ambos fueron asesinados a su vez horas después de cometer los magnicidios (sin
haber confesado su autoría). Los dos presidentes fueron sucedidos por los
vicepresidentes Andrew y Lyndon Johnson, que eran senadores, demócratas sureños
y nacieron respectivamente en 1808 y 1908. ¿Será todo esto puro azar?
Aunque posiblemente otros investigadores ya habían
aislado previamente esta sustancia, el descubrimiento oficial del valor
edulcorante de la sacarina se produjo en 1879 en el laboratorio del químico
estadounidense Ira Remsen, en el que trabajaba un joven científico, de apellido
Fahlberg, que dio casualmente con este importante descubrimiento. Cierto día,
mientras Fahlberg almorzaba, notó un sabor dulce en la sopa y se lo hizo ver a
la cocinera, que, indignada, probó el caldo y no notó el supuesto sabor dulce.
A continuación, el científico comprobó que el pan también tenía el mismo sabor,
lo que le llevó a sospechar que tal sabor extraño tenía otro origen. Intrigado,
lamió la palma de su mano y advirtió ese mismo sabor. Lo antes que pudo volvió
a su laboratorio y, tras un minucioso examen, llegó a la conclusión de que el
sabor dulce provenía de una sustancia desconocida que había surgido en el curso
de su investigación sobre la hulla en busca de nuevos colores de reacción, que
pronto identificó y patentó con el nombre de sacarina.
Hub Beardsley, presidente de la empresa
farmacológica Doctor Miles Laboratories, visitó
en el invierno de 1928 las instalaciones de un periódico de la ciudad de
Elkhart, en el estado norteamericano de Indiana, coincidiendo con una fuerte
epidemia de gripe. En el curso de la visita, observó que ninguno de los
empleados del periódico sufría los síntomas de la enfermedad. Comentando la
curiosa circunstancia con el director de la publicación, éste le contó que ello
era resultado de que había hecho que todos tomasen un remedio casero de su
invención, consistente en una mezcla de aspirinas y bicabonato a partes
iguales. De vuelta a su empresa, Beardsley encargó a uno de sus químicos,
Maurice Treneer, la fabricación de una pastilla con esa combinación. De esta
forma tan casual nació, en 1931, el
Alka-Seltzer.
La Cueva de Altamira fue descubierta en 1868 gracias
a que el perro de un cazador se introdujo por una ranura entre las piedras que
taponaban su entrada. Desde entonces, un arqueólogo aficionado santanderino,
Marcelino de Sautuola, la visitó repetidamente en busca de restos
arqueológicos. Pero hasta el verano de 1879 no encontró las pinturas rupestres
en su interior. En esta fecha, la hija pequeña de Sautuola, María, que le
acompañaba en una de sus frecuentes visitas a la cueva, ante la sorpresa de su
padre, dio casualmente con la sala donde están las pinturas. Sautuola, una vez
que comprendió la importancia del hallazgo, lo dio a conocer mediante un breve
informe publicado al año siguiente (1880). Sin embargo, la comunidad científica
internacional no concedió ningún crédito a su hallazgo, hasta que, al
descubrirse dos décadas después otras cuevas con pinturas rupestres de similar
calidad en parajes franceses, volvió a la actualidad el descubrimiento de
Sautuola (que había muerto en 1888) y se aceptó finalmente que las maravillosas
pinturas de Altamira no eran una falsificación, como se había pensado en
principio.
En 1839 se produjo otra de las muchas casualidades que
han hecho avanzar la investigación científica. En un descuido, el químico
americano Charles Goodyear (1800-1860), que trataba de averiguar cómo eliminar
la pegajosidad del caucho, dejó caer unos trozos de este material mezclado con
azufre sobre una estufa encendida. Al comenzar a quemarse el caucho, Goodyear
se dio cuenta de su descuido, pero observó sorprendido que el caucho no se
fundía, sino que sólo se carbonizaba lentamente, como si fuese cuero.
Inmediatamente clavó el trozo de caucho medio carbonizado en la parte exterior
de la puerta de la cocina de su casa para que se enfriara con el intenso frío
que hacía fuera, olvidándose de él al rato. A la mañana siguiente, comprobó con
sorpresa que el trozo de caucho carbonizado se había transformado en un material
que conservaba su flexibilidad y elasticidad (ésta incluso acentuada), pero que
ya no era pegajoso. La conclusión era obvia: agregando azufre al caucho,
sometiendo la mezcla a una temperatura mayor que su punto de fusión (proceso
que, en 1842, el inglés Thomas Hancock llamaría vulcanización) y enfriándola rápidamente, se producía una
estabilización de las propiedades del caucho que abría todo un mundo de nuevas
aplicaciones para este producto que hasta entonces sólo se utilizaba como goma
de borrar. Como pronto se comprobó, el caucho vulcanizado podía ser estirado
hasta doce veces su tamaño original, sin romperse ni deformarse
irreversiblemente.
En 1837, Edgar Allan Poe (1809-1849) publicó Las aventuras de Arthur Gordon Pym, novela
en la que se relata la aventura de cuatro supervivientes de un naufragio que,
tras permanecer muchos días en un bote a la deriva —contando por único alimento con una botella de oporto—,
acuciados por el hambre, deciden sortear entre ellos cuál servirá de alimento a
los demás, para lo que cortan cuatro pajitas (una de ellas más corta) y eligen
cada uno una. La fortuna quiere que el elegido sea un grumete llamado Richard
Parker, al que sus compañeros, de acuerdo a lo pactado, asesinan y devoran. 47
años después, en 1884, la yola Mignonette
zozobró al sur del océano Atlántico, logrando salvarse sus cuatro
tripulantes a bordo de un bote; acuciados por el hambre, decidieron asesinar y
comerse a uno de ellos que, enfermo y desnutrido, se encontraba en franco
estado agonizante. Se trataba del que había sido grumete de la yola, cuyo
nombre era Richard Parker.
En 1911, tres hombres apellidados Green, Berry y
Hill asesinaron en su residencia de Greenberry Hill a Sir Edmond Godfrey.
Un aprendiz
del fabricante de lentes Hans Lippershey (1570-1619), aprovechando la ausencia
momentánea de su maestro, pasaba el rato jugando con las lentes.
Inesperadamente, al mezclar unas con otras, dio con una combinación que le
permitía ver las cosas mucho más de cerca. A la vuelta del maestro le contó el
curioso fenómeno y Lippershey, insertando las lentes en los dos extremos de un
tubo opaco, inventó de ese modo el telescopio.
Las huellas más antiguas que se conocen del primer
antepasado del hombre, el australopithecus
afarensis, fueron descubiertas en Laetoli, Tanzania, en el transcurso de un
partido informal de fútbol (con una boñiga de vaca como pelota), con el que se
divertían los miembros de una expedición científica. Uno de los antropólogos
cayó rodando por un terraplén y paradójicamente a cuatro patas, se topó
literalmente de narices con la prueba de que hace 4 millones de años el hombre
andaba erguido.
En 1840, el químico germano-suizo Christian
Friedrich Schönbein (1799-1868) experimentaba en su laboratorio dejando pasar
aire seco entre dos electrodos conectados a una corriente alterna de varios
miles de voltios cuando comenzó a percibir un cierto olor que, en un primer
momento, identificó como el olor de la electricidad. Dado que dicho olor le
recordaba al del cloro, llegó a la conclusión de que lo que realmente estaba
oliendo era una combinación inesperada de cloro con algún otra sustancia que no
reconocía. De este modo, ignorando qué estaba oliendo realmente, acudió al
griego y llamó a aquel gas desconocido ozono,
es decir, en griego, "yo huelo", denominando a la forma más
reactiva del oxígeno con un nombre que resultó plenamente apropiado, pues si
algo caracteriza a este gas es precisamente su penetrante olor.
Cierto día de 1846 este mismo científico derramó
accidentalmente una mezcla de ácido nítrico y sulfúrico, utilizando un delantal
de algodón para secarlo. Posteriormente, colgó el delantal en una estufa para
que se secara, pero, una vez seco, éste detonó y desapareció. De esta forma,
descubrió que transformando la celulosa en nitrocelulosa se conseguía un nuevo
y potente material explosivo: el algodón
pólvora.
El descubrimiento del papel secante se debe a un
error y a una casualidad. En cierta ocasión, un empleado de una fábrica de
papel de la ciudad estadounidense de Berkshire olvidó añadir la cola requerida
durante el proceso de fabricación de papel de escritura. Como resultado de
ello, aquella partida de papel hubo de ser almacenada como inservible y el
empleado fue despedido. Sin embargo, poco después, el dueño de la fábrica
utilizó una hoja de este papel inservible para secar unas gotas de tinta
derramada y se dio cuenta de que absorbía con extraordinaria rapidez, por lo
que podría ser aprovechado como papel secante. De lo que no ha quedado
constancia es de si el empleado fue readmitido en la empresa.
Hacia el año 80 a. de C., los soldados de una legión
romana que invadía el Asia Menor hallaron en un pozo unos manuscritos de las
obras de Aristóteles y los llevaron a su general, Sila, quien ordenó que fueran
llevados a Roma, donde fueron copiados rápidamente. De esta forma casual nos ha
llegado gran parte de la obra de Aristóteles.
Según daba a conocer el 28 de julio de 1977 el
periódico San Francisco Chronicle, Michael
Maryn había sido víctima en un corto período de tiempo de nada menos que 83
atracos y 4 robos de coche, sin que, aparentemente, su profesión o estilo de
vida favorecieran este tipo de incidentes o aumentasen su riesgo de sufrirlos.
El artista español Ponciano Ponzano (1813-1877),
escultor de cámara de Isabel II, siempre mantuvo su negativa a esculpir
animales en mármol, cosa que, según su opinión, da mala suerte. Sin embargo, no
pudo negarse al recibir el encargo de esculpir dos leones para decorar la
fachada del Palacio de Congresos madrileño. Desoyendo su prevención comenzó la
obra con la desgracia de que el 15 de septiembre de 1877 falleció
repentinamente, sin haber acabado de esculpir los leones.
En cierta ocasión, el actor Anthony Hopkins buscaba
sin éxito una novela de George Feifer, cuyas ediciones estaban agotadas, con
objeto de realizar una película sobre aquel argumento que había conocido tiempo
atrás. Casualmente, halló un ejemplar anotado abandonado en el metro. Durante
el rodaje de la película, el autor de la novela reconoció aquel ejemplar: un
amigo suyo lo había extraviado, con gran pesar, en el metro.
Isaac Newton nació el día de Navidad de 1642 en
Woolsthorpe, justamente el mismo día en que moría Galileo Galilei en Arcetri, a
las afueras de Florencia. Ello dio lugar a que el filósofo inglés Bertrand
Russell bromease tres siglos después sobre esta circunstancia, haciendo ver,
con humor, que daba un espaldarazo definitivo a las tesis de los defensores de
la teoría de la transmigración de las almas o metempsicosis.
En 1922 se produjo el descubrimiento arqueológico de
la tumba intacta de Tutankamon, el adolescente y poco importante faraón egipcio
de la XVIII dinastía casado con una hija de la reina Nefertiti y muerto a los
dieciocho años. Pocos meses después del hallazgo, George Edward Stanhope
Molineux Herbert, quinto conde de Camarvon (1866-1923), egiptólogo y filántropo
que financiaba los trabajos del arqueólogo descubridor del hallazgo, Howard
Carter (1873-1939), fue picado por un mosquito; al afeitarse se cortó la
hinchazón y el 5 de abril de 1923 moría en El Cairo, víctima de una septicemia.
Su fallecimiento avivó las especulaciones referente a la maldición que, según
las tradiciones ancestrales egipcias, habría de caer sobre los que profanasen
las tumbas de los faraones. Según el relato de algunos contemporáneos, en el
momento exacto en que el conde británico fallecía, se produjo un apagón en la
capital cairota. Poco después, dos hermanastros y la esposa del conde fallecían
también, al igual que un ayudante (A. C. Mace) y el secretario de Carter, el
hijo de lord Westbury (cuyo padre se suicidó, desesperado, al año siguiente).
El egiptólogo Arthur Weigali, que había estudiado la momia de Tutankamon, murió
súbitamente aquejado de unas fiebres desconocidas. Archibald Douglas Reid
también falleció repentinamente, mientras examinaba una momia por rayos X. Un
magnate americano y un egiptólogo francés sufrieron también sendos accidentes
tras visitar la tumba, avivando todo ello la leyenda de la maldición.
En cierta ocasión la Casa de la Moneda
estadounidense lanzó al mercado unas monedas en las que se podía leer In Gold We Trust (es decir, “Confiamos
en el oro”) en vez del lema que hubiera sido correcto, In God We Trust
(“Confiamos en Dios”).
Según cuenta Vicente Vega, el ingeniero austríaco
Reinhold Boyer, afincado durante muchos años en Madrid, donde murió, fue un
verdadero coleccionista de catástrofes. Al
parecer, Boyer sobrevivió a su primer grave accidente a los seis años, cuando,
viajando con sus padres, se derrumbó un puente de ferrocarril al paso de su
tren; en el accidente murieron 200 personas. A los ocho años, se libró
milagrosamente del incendio de un teatro vienés, en el que se hallaba
nuevamente junto a sus padres; en el accidente murieron 449 personas. Ya
trabajando como ingeniero en una mina cercana al Paso de Calais, se libró
milagrosamente del incendio que asoló varias galerías; en el accidente murieron
unos 1.300 mineros. Dos años después, hallándose en Sicilia realizando unos
sondeos, se produjo un fortísimo terremoto; a causa del temblor murieron unas
200.000 personas. En 1912, a punto de emprender un viaje a los Estados Unidos,
tuvo que desistir a última hora a consecuencia de una súbita enfermedad; de
esta forma tan casual se libró de sacar un pasaje para el infortunado viaje
inaugural del Titanic; en el
accidente murieron 1.513 personas. Tiempo después, estando en la ciudad
norteamericana de Miami, un huracán destruyó prácticamente la zona; a
consecuencia del huracán murieron 12.000 personas. Finalmente, seis meses
después, volvió a escapar milagrosamente de la riada causada por el
desbordamiento del río Mississippi en el estado norteamericano de Luisiana; en
la riada murieron varios miles de personas. A todo ello, al parecer, habría que
añadir diversos accidentes, choques, descarrilamientos y catástrofes naturales
de menor entidad. Increíble. Pero, al parecer, totalmente cierto.
El guardabosques estadounidense Roy C. Sullivan fue
alcanzado siete veces en su vida por un rayo. La primera vez (1942) sólo sufrió
la pérdida de la uña del dedo gordo de un pie; en la segunda (1969) se le
quemaron las cejas; en la tercera (1970) sufrió quemaduras en el hombro
izquierdo; en la cuarta (1972) se le quemó el pelo; en la quinta (1973) de
nuevo se le quemó el pelo y también las piernas; en la sexta (1976) resultó
herido en un tobillo, y en la séptima y última (1977) sufrió quemaduras en el
pecho y en el estómago. Tras sobrevivir a tantos y tan peligrosos accidentes,
Sullivan, se dice que desilusionado por un desengaño tras una tormentosa relación amorosa, se suicidó
finalmente en 1983, disparándose un tiro.
El 7 de noviembre de 1874, la revista norteamericana
American Medical Weekly dio a conocer
un extraordinario e increíble caso de inseminación involuntaria presentado por
el doctor T. G. Capers. Según el testimonio de este doctor, durante la batalla
de Raymond, entablada junto al río Misissippi el 12 de mayo de 1863, un
soldado, amigo personal del doctor Capers, fue herido por una bala que le
atravesó el escroto, llevándosele el testículo izquierdo. Al parecer, la misma
bala penetró en el abdomen de una muchacha de 17 años que estaba casualmente en
el mismo paraje. Doscientos setenta y ocho días después, la muchacha dio a luz
a un niño de casi cuatro kilos de peso, sin que en ese desenlace interviniese,
según testimonio de la joven, más que la providencia. Lo que vino a corroborar
la versión inocente que daba la muchacha fue que, tres semanas después, el
mismo doctor Capers operaba al bebé, extrayéndole un cuerpo extraño, que
resultó ser una bala idéntica a las que había utilizado el enemigo en la
batalla ocurrida en el lugar nueve meses antes. El broche final de esta
increíble pero al parecer verídica historia, fue que el escéptico soldado
visitó a la madre de su supuesto hijo accidental y entre ambos surgió algo más
que una afinidad, que pronto acabó en matrimonio. La pareja tendría después
otros tres hijos, concebidos, eso sí, de una manera más voluntaria.
En 1954, el escritor de novelas de ciencia-ficción
Lester del Rey escribió una novela corta que comenzaba con la frase: «La
primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de
ella...». Quince años más tarde, el comandante Neil A. Armstrong se convertía
en el primer hombre que pisó suelo lunar.
En su famosa obra Los viajes de Guíliver (1726), el escritor irlandés Jonathan Swift
(1667-1745) mencionaba «dos estrellas menores o satélites que giraban alrededor
de Marte», describiendo con asombrosa precisión sus proporciones y sus órbitas.
Más de siglo y medio después, en 1877, las dos lunas de Marte, bautizadas con
los nombres de Fobos y Deimos, fueron descubiertas oficialmente por el
astrónomo estadounidense Asaph Hall (1829-1907).
El escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910)
nació el mismo año en que se produjo una de las cíclicas apariciones del famoso
cometa Halley. Durante toda su vida, Twain repitió una y otra vez que ya que
había venido al mundo con el cometa, se iría también con él. Y, en efecto, Mark
Twain falleció el 21 de abril de 1910, poco después de que el cometa reapareciese.
Según los estudiosos de su obra, Jules Veme
(1828-1905) anticipó los tanques en su novela La casa de vapor; el submarino en 20.000 leguas de viaje submarino; el lanzallamas en Ante la bandera y los satélites
artificiales en Robur, el dueño del mundo.
En el resto de sus obras describió además máquinas e invenciones que
recuerdan con asombrosa precisión ingenios y actividades tan actuales como el
helicóptero, la tortura por descargas eléctricas, las bombas de fragmentación,
el cañón de largo alcance, los ingenios bélicos teledirigidos, las alambradas
electrificadas, el cine sonoro, los rascacielos, la contaminación o la ciudad
ecológica.
Pero en una de sus más sorprendentes novelas de
anticipación, De la Tierra a la Luna (1865),
completó una de sus predicciones más sorprendentes por la exactitud con que se
cumpliría muchos años después. En esta novela, Verne comienza por situar en las
Montañas Rocosas un telescopio de 5 metros de diámetro; ubicación y dimensiones
idénticas a las que tuvo el primer telescopio del observatorio de Monte
Palomar. En segundo lugar, en vez de elegir como potencias promotores del viaje
espacial a Francia o Gran Bretaña, los dos países más poderosos de su época,
escogió un hipotético club de fabricantes de armas de los Estados Unidos, que
en los tiempos en que Julio Verne publicó esta novela era todavía una nación
bastante atrasada, sumida en plena recuperación de las secuelas de su guerra
civil recién finalizada. Este club sufraga los gastos de la expedición con una
suscripción internacional a la que la primera nación que se adhiere es Rusia,
con una fuerte participación, y la última, Espaiía, con una participación
simbólica, porque, en palabras de Veme, «la ciencia no está muy bien vista en
ese país que está aún un poco atrasado». Julio Veme situó el cañón de 300
metros, que en la novela propulsa el proyectil astronáutica enviado a la Luna,
en Cabo Town, un lugar muy cercano al actual Cabo Cañaveral. En el cohete
utilizado en el primer viaje experimental de la novela viajan dos animales, una
ardilla y un gato; en la historia real de la cosmonáutica fue una perra,
llamada Laika, el primer ser vivo en
viajar al espacio. En la novela de Veme, el proyectil que definitivamente se
dirige a la Luna se llama Columbiad y
en él viajan tres hombres y dos perros, uno de los cuales muere y al ser
lanzado al espacio, comienza a flotar, acompañando a la nave en torno a la Luna
(hechos que la ciencia todavía ignoraba). Pero aún hay más. Verne concibe un
método de refrigeración del aire de la nave mediante un sistema de circuito
cerrado, provee a sus hombres de alimentos concentrados y corrige la
trayectoria mediante cohetes auxiliares. Además, el vuelo de la nave sufre una
peripecia que recuerda mucho a la del Apolo
XI, cuyo módulo de comando (Columbia)
depositó a dos hombres por primera vez en el suelo lunar: el bólido
imaginado por Veme alcanzó la Luna en 97 horas, viajando a una velocidad media
de 40.000 km/h; el Apolo XI viajó a
38.500, alunizando en 102 horas. El Apolo
VIII, primer vehículo tripulado que situó a tres astronautas en órbita
lunar tuvo un peso y una altura casi idénticos a los de la cápsula imaginada
por Verne. Este mismo Apolo VIII cayó
en su viaje de vuelta en el Pacífico, a unos 4 kilómetros de las coordenadas
donde amerizó la nave de Veme; siendo rescatados ambos vehículos por barcos de
la Marina estadounidense. En total, se trata de una asombrosa demostración de
facultades premonitorias por parte del visionario novelista francés.
El 24 de septiembre de 1504, el médico y quiromántico
boloñés Bartolomé Cociés moría a manos del hombre al que había vaticinado que
cometería un asesinato en esa misma fecha.
David Janssen, el popular actor protagonista de la
serie televisiva El fugitivo soñó que
se veía a sí mismo dentro de un ataúd, muerto tras un ataque al corazón. Dos
días después moría de un infarto.
Ed Sampson,
redactor jefe del periódico estadounidense Boston
Globe, soñó en agosto de 1883, durmiendo una borrachera, que la isla
indonesia de Pralape era desolada por la erupción de un volcán, muriendo unas
36.000 personas. Su sueño le resultó tan real que, presuroso, publicó la
noticia al día siguiente. Fue inmediatamente despedido al comprobarse que tal
isla no existía. Sin embargo, un día después, se supo que un volcán había destruido
la isla de Krakatoa, provocando un numero de víctimas muy próximo al soñado por
Sampson. Indagaciones posteriores demostraron que Krakatoa se había llamado
hasta el siglo XVII Pralape.
El mariscal de¡ aire británico Victor Goddard
aseguró que un amigo suyo le había narrado un sueño en el que veía chocar un
avión parecido al que él iba a pilotar al día siguiente. A pesar de que el
mariscal quedó preocupado (más aun al comprobar que, a ultima hora, se añadía
un séptimo pasajero, como ocurría en el sueño de su amigo), inició la misión y,
efectivamente, se produjo un accidente. Afortunadamente, todos los pasajeros
lograron sobrevivir.
El científico
británico Roger Bacon (1214-1294) sugirió en la sección de matemáticas de su Opus Majus la posibilidad de que,
navegando desde España al Occidente, se podría llegar a las Indias.
El industrial Jack Swimmer batió todos los récords
de exactitud habidos y por haber en una predicción electoral al determinar de
antemano el número exacto de votos que obtendría el candidato Dwight David
Eisenhower (1890-1969) en las elecciones presidenciales estadounidenses de
1956. Swimmer entregó días antes de los comicios su predicción en la jefatura
de policía de Los Angeles, junto a un cheque que donaría a la institución en caso
de equivocarse; en ella constaban los 33.974.241 votos que realmente obtendría
Eisenhower al ser reelegido para su segundo mandato, señalando incluso, en un
alarde, que 2.875.637 de ellos corresponderían a California y 1.218.462 a Los
Angeles, como así fue en la realidad.