ALGUNOS PROTAGONISTAS DE LA PATAFÍSICA
A tal señor, tal honor, y los
actuales o inmediatamente pasados miembros de la patafísica han sabido recoger
con honra la ubuesca herencia de Jarry. Un favor que con el tácito permiso de
la superioridad me permito hacer a los lectores es permitirles asomarse a las
eternas imágenes de las egregias personalidades que conservan viva y rutilante
la llama patafísica.
Cedamos el lugar de honor a Su
Magnificencia el barón Jean Mollet, despachando una cereza en uno de los trascendentes
simposios (sólo los vulgares osarían llamarles banquetes) de la Patafísica. El
gesto concentrado y rotundo, pero no exento de delicadeza, con Su Magnificencia
ase la fruta, el arqueamiento de las vibrátiles cejas, prestas cual bigote
daliniano para captar las ondas hiperelectromagnéticas que el rabito de la
cereza desprende, el agarre firme y experto de la mano, fruto de una larga
experiencia cerásica, y sobre todo la expresión entre cavilosa y risueña nos
permiten intuir, aunque por su excelsitud nos estén vedadas, las profundas
meditaciones del barón, sin duda ocupado en cuadrar el círculo de la cereza con
los del lacito, impecablemente flanqueado por las solapas de pata de gallo de
una chaqueta netamente patafísica, desafiadora de flatulencias ubuescas y
pulsátiles.
Pues aquí tenemos a Fernando
Arrabal, el último fichaje del Colegio Patafísico, iniciando un gesto que sólo
los no versados en patafísica se atreverían a juzgar erróneamente. Nuevamente
con las antenas tendidas hacia la espiritualidad patafísica, la mirada recta,
firme y taladrante como un berbiquí del ocho, todo ello indica muy a las claras
las profundas reflexiones del sabio hispanofrancés, ocupado en sus “altos
saltos patafísicos”, despectivo ante los “provocadores” de siempre y dispuesto,
en sus propias palabras, a “esclarecer a los que no son esclarecibles”.
Y no nos descuidemos ante en gesto campechano
de Jacques Prévert, cuyo pitillo, asomando de una boca que tanta palabra
patafísica sabe proferir, suple las veces del rabo cerasial de Mollet. Conocido
Prévert por su puesta a punto del himno Tout
es plein de Sa Magnificence, su aparición en estas páginas es todo un gesto
que intentamos apreciar en cuanto vale sus súbditos agradecidos. La terraza del
Moulin Rouge llamada “de los Tres Sátrapas”, ha devenido gracias a él un punto
de circunvolución del universo, como el Aleph de Borges o la baldosa central
del ayuntamiento de Tarazona, centros epicíclicos de ondas nanoturgentes,
generadas por el misterioso quark, sólo captables por la ‘Patafísica.
Sigamos, que no hay mucho espacio. El pulgar
de Queneau, “LapataçaStrape!” opuesto al sentido de la mirada, confirma la
vocación holocomplexionadora de la Patafísica, dispuesta a cubrir el universo
entero en forma táctil y visual, no sólo por delante y por detrás, sino por las
interioridades anatómicas jamás exploradas hasta el advenimiento patafisiquil.
Como aficionados a la ciencia de los restantes complementos, nos es forzoso un
breve comentario a la corbata queneauiana, recta como una vara de zahorí
apuntando decidida a los arcanos secretos de la Madre Tierra, y al cuello
desenfadadamente ondulado de la camisa, contrapunteando esa vocación barrenante
del complemento anterior.


El Sátrapa Paul-Emile Victor es
el que más lejos llega en sus metáforas táctiles. Sus índices dicen: “En el
país del casuario con gafas, la visión cruzada...”. La realidad es que sus
dibujos han permitido al Colegio trascender sus contenidos del mundo puramente
intelectual al visual. Obsérvese la posición absolutamente simétrica de las
manos, que algunos juzgarán ingenieril, pero entroncada en realidad con los
profundos secretos de la estética griega y de las teorías hipersimétricas del
Cosmos. Todo el problema de Ozma o las constantes físicas de la simetría parecen
resumidas en ese cruce de dedos, genialmente trivial, que hay que comparar
necesariamente con el arrabalesco antes admirado.
¡Y aquí tenemos a Georges Perec, el famoso autor de los
100.000.000.000 poemas! Su mirada suave, bienhechora, profunda, no permite
(¡no!) intuir las vastas profundidades alcanzadas por ese poeta no ya del
Oulipo, sino de la vida. ¿Será ello debido a sus venerables barbas a juego con
el pelo, amotinadas, vocacionalmente centrífugas, o a ese lápiz que sigue su
propia trayectoria sin ayuda de la vista, sólo guiado por la poderosa
inspiración?
Para el final, el plato fuerte. Nosotros,
lipistas convencidos, comprendemos como nadie esa palma de François Le
Lionnais, palma fuerte, omnipotente, en las que unas líneas de la cabeza y del
corazón rectas e inerminables atestiguan el profundo equilibrio que en todo
momento debe presidir las actuaciones patafísicas. Le Lionnais, baluarte firme
de la Lipo, parece decirnos en esa fotografía que en el fondo toda la verdad
cósmica arranca de una palma limpia, neta y orientada hacia el infinito.
Josep
M. Albaigès, Natividad de Pantagruel, 128