¿Qué hay en un laberinto?

 

Quizá ningún símbolo haya provocado tanta especulación como el laberinto, entendido éste como una simple superposición de líneas rectas o curvas sugerentes de un camino complejo y perdedor. Su omnipresencia es el factor más desconcertante: como mensajes de una intrigante antigüedad hallamos al aire libre los petroglifos gallegos, los nórdicos, los

 

Cuadro de texto:

ingleses, y en fin, la cultura clásica nos provee de una multitud de figuras de este tipo, desde las simplemente decorativas en villas romanas o en medallas, objetos de adorno o simples grabados en la griega, hasta las altamente simbólicas en las iglesias de la edad media.

Es forzoso retrotraerse al más antiguo laberinto conocido, el engranado con la preciosa leyenda del rey Minos. El amor bestial de su mujer Pasifae por el toro fue servido por la industria de Dédalo, primer ingeniero de la historia/mitología, que fabricó para la lasciva reina una vaca metálica en cuyo interior pudiera ella camuflarse. Monstruoso fruto de esta relación fue el Minotauro, que proyectaba sus instintos feroces en la exigencia del tributo de las siete doncellas, otro elemento que vemos proliferar en todas las culturas.

Cuadro de texto:  El Minotauro, ese abyecto ser, quedaba apartado del tránsito de las personas corrientes, pero nuevamente la industria de Dédalo le proporcionó una morada en la que sentirse seguro. La arqueología sugiere hoy que el famoso Laberinto, en el cual vivía el Minotauro, pudiera tratarse simplemente de una abstracción del palacio de Knossos, en Creta, cuyas ruinas testifican su multitud de salas, propicias a que cualquiera se perdiera en ellas. Fuere como fuere, Ariadna, la inteligente amada de Teseo, salvó a éste de perderse por las lúgubres estancias en su búsqueda de la bestia dándole un ovillo cuyo hilo pudiera él extender para hallar la salida una vez consumada la muerte de la fiera. Nuevo mito, transmitido a través de los siglos, que sufre encarnaciones diversas, desde la leyenda de Pulgarcito a las técnicas ingenieriles para reconstruir trayectorias perdidas, en las cuales, curiosamente, subyace la solución matemática del moderno laberinto.

Cuadro de texto:  Ya tenemos, pues, un denominador común que pudiera extenderse a todos los laberintos hallados en los cuatro puntos cardinales. Pero, ¿sería razonable acogerse a tan fácil explicación? ¿Cabe realmente suponer un sistema relacional tan abundante como para permitir la exportación del famoso símbolo a Escandinavia, a Albión, a Centroeuropa, incluso a  los indios americanos? Quizá resulte más fácil extremar el ingenio para buscar con mayor ahínco otras explicaciones, subyacentes en los esquemas culturales de cualquier comunidad.

El laberinto, por su facilidad de composición y elementalidad de formas, pudiera tener significados muy diversos en función de las distintas culturas. Podría, por ejemplo, indicar a los navegantes los caminos, los puntos de agua o simplemente los enclaves de reunión o concentración de algo, fuera material o un poder espiritual supuesto. Pudiera ser un mero simbolismo: ¿puede concebirse algo más sugerente que esa espiritualidad en la que parece quedar encerrado un camino, un lugar y un punto a la vez?

Ahora sabemos que los petroglifos tienen una difusión mundial, y por ello se hace difícil definir de una manera clara qué papel juegan en el cuadro general de una cultura. Desde luego tiene que encajar en la misma, y su universal difusión hace preciso concluir que debe incardinarse con principios generales y omnipresentes en cualquier sociedad. Lo oculto, el camino, la búsqueda, la “invención”, entendida ésta como alumbramiento de lo que estaba oculto, desde el agua al ser humano, todas estas interpretaciones son candidatas para el fenómeno.

 

 

En todo caso, sea cual fuere la explicación, es seguro que el laberinto pone en marcha resortes milenarios activados en el inconsciente. ¿Cómo, si no, explicar su constante presencia en todo orden de vida, desde los adornos en los códices medievales hasta las pasatiempos en las revistas ilustradas? Forzoso es concluir que el laberinto desempeña un papel que bien podríamos considerar “molecular” en la concepción del mundo que se fragua el espíritu humano.

El petroglifo de Marín (Pontevedra), uno de los más arquetípicos de los presentes en toda Europa, marca un simbolismo claro: consta de una flecha penetradora, expresiva de una dirección, envuelta por capas concéntricas de caminos, que amortiguan su clara direccionalidad. Este esquema, presente en centenares de laberintos paleolíticos similares, se relaciona con la existencia de un centro mágico que se adjudica en toda religión a su templo, en el que convergen las pulsiones espirituales de todos sus devotos. La disposición cabalística de círculos concéntricos, a veces convertida en cuadrados (imagen racional en el que se incorpora el hallazgo decisivo del ángulo recto), es la antigua forma que en sánscrito se denominó mandala, que para la imagen psíquica del lamaísmo tibetano es un medio de concentración del individuo en sí mismo. Esta idea nos acerca a la del laberinto, y de ella parece emanar el arquetipo cretense, en el cual el toro era el símbolo de la energía del Cosmos, en cuyos ritmos de iniciación se funden los ritmos del Cielo, de la Tierra y de todos los seres vivientes.

La idea se implanta en la mente del diseñador medieval, adaptada al misticismo de la época, que intenta ofrecer a los fieles un cauce adecuado para el encuentro consigo mismo. El recorrido introspectivo a que obliga el laberinto catedralicio, con sus vueltas y revueltas, supone un encuentro obsesivo con las profundidades del yo (nótese el parecido del laberinto medieval con las circunvoluciones del cerebro), en el que se reconcilia el hombre del Medievo con el desconocido constructor petroglífico de Marín.

Como quiera que fuere, el diseño del laberinto se amplía hacia el exterior de la única forma posible: la complicación en su diseño, que deriva progresivamente de la primitiva interpretación de “búsqueda introspectiva” a la de “proceso de estallido, búsqueda de salida”. En este sentido, el laberinto moderno se convierte en un mero ejercicio de táctica local, y deriva la energía de la búsqueda, de un trascendente ejercicio de autoafirmación y perfeccionamiento, a una vía escapista que ya no persigue liberación interna alguna, sino una “fuga” de algo, que no puede ser más que uno mismo: así, el laberinto invierte su significado y pasa de símbolo religioso a profano, de medio convergente hacia un punto (Dios, el yo, la conjunción de la naturaleza) a la dispersión de las fuerzas naturales. El hombre, el entorno, la muerte, todo queda desorganizado y carente de integración en espera de un proceso inverso que lo reconstruya. Se reproduce así el eterno mito del pecado original, que requerirá la aparición de un Redentor, volviendo así quizás al simbolismo del vaso etrusco del s VI aJC, donde los guerreros lucen colmo símbolo de su misión conquistadora y reordenadora del mundo el eterno petroglifo.

 

 

 

 

                                                                        Josep M. Albaigès

                                                                        Barcelona diciembre 2004