Los laberintos de las
iglesias
Es un hecho que en la Edad Media se estiló la presencia de laberintos dibujados o pavimentados en la plantas de las iglesias y catedrales. No se trataba en general de laberintos “para perderse”, sino de un solo camino con infinidad de vueltas y revueltas. Los ejemplos son numerosos, aunque el más conocido es el de la catedral de Chartres, que, pavimentado durante siglos, fue descubierto de nuevo en el siglo XIX para solaz de los turistas.
La costumbre databa de mucho antes: el laberinto eclesial conocido más antiguo data de la basílica de Reparato en Orléansville, fundada en el año 324, poco después de la

proclamación del Edicto de Milán, y debe suponerse que trasplantaba la costumbre de las numerosas villas romanas con laberintos de adorno en su interior. Con lo cual remontándonos a los griegos y su laberinto de Knossos, comprobamos que la presencia de este elemento es constante en toda la historia de la civilización occidental, sea en su vertiente trágica, sea en la lúdica, sea en la religiosa. En todo caso, en la época romana el elemento laberíntico fue propio de edificios profanos, nunca religiosos.
Rivaliza en fama el de la catedral de Amiens, (1288), algo más complejo, pero siempre con el mismo esquema unidireccional. El dibujo actual es una reconstrucción de un croquis de 1611. Muy significativamente, el laberinto era llamado Maison dédalus, ‘Casa de Dédalo’.

¿Cuál era la
finalidad de estos misteriosos dibujos? Al parecer, los laberintos eran
recorridos por los peregrinos que llegaban a la iglesia, en un lento viaje
simbolizador de la vida, de los encuentros y desencuentros con la gracia y el
pecado, y facilitaba una ocasión para meditar y prepararse para el encuentro el
Jesús Sacramentado, presente en el altar.
De todos modos, el simbolismo del laberinto estaba muy presente en toda la iconografía medieval. El más conocido constructor de catedrales, Villard d’Honnecourt (s XIII) tiene uno, muy utilizado en la simbología, dibujado entre sus legajos de planos. Puede simbolizar la búsqueda de Dios o de la Verdad.
Josep M. Albaigès
Barcelona, nov 04