El insulto
Si en general puede afirmarse que las formas de comunicación humana permanecen en un estadio de escaso desarrollo, sobre el insulto en particular hay que decir rotundamente que no suele estar a la altura del insultante, ni del insultado, ni siquiera de lo insultable. Grandes genios han insultado con epítetos que, por ramplones, evitarían los catedráticos de universidad más cutres. Personas exquisitas han sido insultadas con los mismos calificativos que se emplean en los adelantamientos en carretera. Y tanto los dioses como los ateos reciben cotidianamente calificativos impropios de la gravedad ontológica del asunto: ni la blasfemia ni el anatema hacen honor a cuestión tan importante como la de si existe o no alguien superior no sólo a Reagan, sino incluso a Einstein o a Bertrand Russell. Es preciso constatar que hasta el piropo, ese comunicado intrínsecamente hortera antes incluso que patriarcal, ha conseguido niveles de calidad expresiva superiores a los del insulto.
Cuando se insulta, lo que nunca es imprescindible, pero a veces parece emocionalmente necesario, diríase que nos complacemos en ponernos al nivel que suponemos a la persona o cosa insultada. O que nos conformamos con el brusco movimiento (afirmativo, por cierto) de nuestra cabeza que suele acompañarlo. Todo lo más, nos resignamos con la mediocre contundencia de los fonemas en los que hacemos recaer el énfasis:
—¡I-DIO-ta!
—¡Im-BÉ-Cil!
A mí sólo me han insultado una vez con un mínimo de creatividad. Era mi hija muy pequeña y debió de pretender algo a lo que aún no parecía tener derecho por su edad o que, por la misma razón, ya no entraba dentro de lo tolerable a la pequeñuela. Pidió y obtuvo explicaciones al respecto que la situaban en un terreno intermedio: ya era demasiado mayor para hacer lo que pretendía, pero aún no lo era lo bastante para hacer otras cosas. O viceversa. Lo cierto es que unos minutos más tarde, cuando yo hice algo que a ella no le gustó, me increpó diciéndome:
—¡Intermedio!
(Me gustaría, por cierto, que continuase considerándome ni pequeño ni mayor, sino intermedio.)
La dificultad principal del insulto reside en su misma ambigüedad de base. Cuanto más ajustado a la persona sea lo que se le dice, más riesgo hay de que tome el insulto como elogio. Llamarle a don Manuel Fraga "conservador autoritario" no creo que sea cosa que le moleste, y más vale que no hablemos de los tiempos en que ningún antifranquista que esté hoy entre los 35 y los 45 hubiese soportado que se le llamase "socialdemócrata". De ahí quizá esa vergonzosa fuga del insulto hacia terrenos ofensivos para las minusvalías psíquicas o para las heterodoxias sexuales. Cuando uno está a favor de las heterodoxias sexuales y en contra de la marginación de los disminuidos psíquicos se encuentra con un auténtico problema a la hora de insultar.
"Cliente de puta", "loquero", "empollón de mierda"... Eso es todo lo que una persona sensible puede permitirse por la vía del insulto rápido.
Y “pelota”. Siempre puede uno decir que el otro es un pelota, un servil adulador de algo impresentable, ya sea el sistema o él mismo. Pero, ¡cuidado!, “lameculos” es ya una palabra sospechosa, pues incluye una concepción despectiva de una parte de nuestra anatomía, francamente útil y eventualmente placentera, que no parece oportuno continuar condenando si a la necesidad de recuperación total del cuerpo nos atenemos.
El problema está, pues, en el insulto verbal, de urgencia y necesariamente conciso. El insulto escrito o la dura réplica parlamentaria permiten más precisión y mayor elegancia. Y, por supuesto, la crítica literaria es el reino del insulto bien temperado. Les cito algunas muestras brillantes del género: "Mr. Chamberlain ama al trabajador; ama verle trabajar" (Winston Churchill). "Katherine Hepburn recorrió la entera gama de las emociones, desde la A hasta la B" (Dorothy Parker). "Su señoría es tan vanidoso que cuando asiste a una boda desearía ser la novia, y cuando asiste a un entierro, el muerto" (alguien, no recuerdo quién, a Cánovas del Castillo).
Lean algunas frases que sustituyen al insulto como género realmente literario: "¿Inglaterra? Tiene 60 religiones y una sola salsa" (Caracciolo, siglo XVI; ignoro si el clan McDonalds había logrado ya aniquilar la inexistente cocina inglesa). "George Moore escribió brillante inglés hasta que descubrió la gramática" (Oscar Wilde). "En el principio Dios hizo a los idiotas; esto fue para practicar; a continuación hizo al personal docente" (Mark Twain).
Mejoren sus insultos. Y si quieren uno rápido y definitivo, use éste: “Tú”.
Josep-Vicent Marqués
(El País Estilo, 1990)
(Remitido por Antonio Casao)