Insultar es una de las Bellas Artes

 

El arte de insultar tiene sus normas: Quevedo el estevado lo sabía. Y Góngora sufrió, por ignorarlas, su mofa, su sarcasmo su ironía. “Yo te untaré mis obras, le decía, con tocino, Gongorilla”, y añadía: “docto en pullas, ingenio de Castilla, tahúr cuyos pedos son sirenas, bufón de clerecía, bujarrón de emplastos, saltador de vigas, jurisperito narciso; no clérigo, sí arpía”. Ayer en el Parlamento, lleno hasta la galería, hubo escándalo sin cuento por culpa de una porfía: «Marrano, más que marrano», dijo una voz femenina dirigiendo la palabra a una ilustre señoría. Y en los repletos escaños el eco se repetía. «!Jesús!», dijo el Presidente.

«Retire tal villanía que el Congreso no permite lenguaje de barbería u obligado me veré, para más vergüenza mía, a que quede la expresión fuera del orden del día». Llame usted, doña Enedina, lo que guste al Presidente: tumbaollas, pisaverdes, mojigato, arráez, cotilla; diga que dice sandeces, paradojas, boberías, vanas falacias, mentiras, diga incluso que es un gil de pura cohetería; diga que es un tarambaina, un chocholo, un avefría; que una víbora es su lengua en su cabeza vacía. Llámele sansirolé, huérfano de mancebía, dígale que es un caudillo con un tono de malicia. Llámele usted zascandil, zangolotino de día, alindongado de noche, lechuguino de por vida; diga que es un barbilindo, un currucato, un espía; chisgarabís, fifiriche, menesteroso o escriba. Pero por favor, señora, ilustre señora mía, no designe al

Presidente con esa expresión impía porque esta Cámara es baja pero eso no significa que el lenguaje que empleamos parezca de mancebía. Y por favor, Presidente, acepte su señoría que la dama que le insulta la voluntad no tenía de arrastrarle por el fango ni de ofenderle en su hombría… que con insultos sin arte el que los usa se humilla.

 

                                                                                  Luis Ignacio Parada, ABC, 02.12.99