Instrucciones para insultar

 

 

E

l insulto es una baza que todos los mortales guardan en la manga pa­ra ocasiones en las que, agotados los métodos ra­cionales, no queda otro remedio que dejar constan­cia de la indignación o la injusticia. Pero los impro­perios son armas de doble filo. A poco que uno se descuide, se truecan en puñales contra el autor de la ocurrencia mordaz. Ésa, y no otra, es la razón por la que algunos ciudadanos no insultan jamás, aun a riesgo de disfunciones físicas y psíquicas que pueden derivar en un deterioro preocupante de la salud y las ilusiones. La gente tiene necesidad y obligación de desfogarse. Pero desatar las iras con­tra enemigos lejanos es demasiado fácil y barato. Así sólo se consuelan los apocados y los cobardes. Des­potricar contra los árbitros en el balompié o contra los picadores en los toros sólo puede satisfacer ín­timamente a los espíritus zafios, a los que necesi­tan escudarse en la masa para sus defecaciones coléricas.

El arte de injuriar exige la inmediatez física del enemigo a denigrar. Los basiliscos anónimos están muy desprestigiados. Además, si son necios —cosa muy frecuente— se exponen a quedar corridos y humillados, como se demuestra con un ejemplo ri­gurosamente auténtico. Un ciudadano rastrero y) ofendido envió a cierto periodista una epístola sin remite. El contenido era un texto lacónico y mono­silábico: «Hijoputa». La respuesta del destinatario fue inmediata. En su columna habitual esgrimió es­a maravilla: «He recibido muchas cartas sin firma. Esta es la primera vez que recibo una firma sin car­ta.» Pudiera ser que el atacante tuviera razón, pero le salió el tiro por la culata y ahora andará por ahí mascando en silencio su humillación y su atol­ondramiento.

Cuando Yahvé expulsó del Paraíso a Adán y se­ñora, éstos escaparon del Edén como alma que lle­va el diablo mascullando despropósitos irrepetibles contra la culebra, las manzanas, el ángel de la es­pada de fuego e incluso contra instancias superio­res. En el Génesis no ha quedado constancia de ta­maños insultos, entre otras cosas porque Adán se cuidó muy mucho de proferirlos sólo entre dientes. Adán sabía que antes de lanzarse contra alguien es preciso analizar la previsible contestación del in­terfecto.

Hay gente que sólo despotrica en los bares. En una taberna han puesto este inquietante cartel: «Por favor, no nos hable demasiado ni de sí mismo ni de !os demás. Ya nos encargaremos nosotros de ha­cerlo cuando usted se marche».

 

                                                                  Ricardo Cantalapiedra

                                                                  Cambio 16 de Aragón, 19.10.89