Sobre el difícil
arte de injuriar
Observamos que en el lenguaje corriente cada vez se usan con más frecuencia las expresiones más subidas de tono. Igualmente acaece en la literatura, e incluso en las películas, de las cuales es buena muestra la que se pasó recientemente por televisión, titulada «El poderoso influjo de la Luna». En lo que antes se llamaba la palabra soez, los epítetos escatológicos, las imprecaciones, corresponden a una rara violencia verbal. Pero, a la vez, observamos que raramente estas injurias poseen ingenio o gracia, puesto que se trata realmente de una agresión imprecatoria frontal, la mayoría de veces explosiva, casi biológica. No pertenecen, desde luego, al arte de injuriar que han tenido a través de la historia tantos y tan inquietantes maestros.
Jorge Luis Borges, en su pequeño ensayo sobre este «Arte de injuriar», reporta algunas maestrías de la vituperación y la burla. Por ejemplo, aquella sangrienta frase del doctor Samuel Johnson, el inolvidable humanista erudito, malhumorado lexicógrafo y divertido personaje de la literatura inglesa del siglo XVIII, quien espetó, supremamente impertinente, a un contradictor: «Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando». Pero, según Borges, la injuria más espléndida que conoció se debe al poeta colombiano Vargas Vila, sobre el poeta peruano José Santos Chocano: «Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia».
Y para aumentar el juego mordaz de esta frase añade Borges «que esta injuria es más singular si consideramos que es el único roce del autor con la literatura». Con lo cual, en brevísimas líneas, Borges maneja, a su vez, la perfidia más penetrante contra Vargas Vila, poeta afectado y malsano.
El escritor alemán Heinrich Heine ha sido uno de los hombres más mordaces, de un diente ceñudo y hostil, como es tan frecuentemente el de los intelectuales. Sostuvo una polémica con el conde Platen, homosexual, aunque autor de unos admirables «Sonetos venecianos», que todo se ha de decir. El conde de Platen, fustigado como un elegante lebrel, contestó como pudo a los trallazos de Heine. Éste replicó suavemente: «El conde de Platen, a quien prefirió tener como enemigo de cara que como amigo por la espalda...». En Heine, la mordacidad era algo natural. Del poeta Alfred de Musset, que fue su amigo, pero cuya poesía no apreciaba, dijo: «Todo el mundo tiene alguna debilidad y Musset es un vanidoso. Su vanidad es uno de sus cuatro talones de Aquiles». Y a la condesa de Hasonville, que le desagradaba, la describió así: «Se parece a la Venus de Milo por muchas cosas. Es increíblemente vieja, no tiene dientes y manchas amarillas le recubren el cuerpo». Nuestro Siglo de Oro tuvo algunos maestros de la injuria, empezando por don Francisco de Quevedo y acabando por su invariable víctima, Luis de Góngora, que no le iba a la zaga y era quizá todavía más elegante y venenoso.
Pero la injuria política como catarsis, como un intento de higiene moral, la han usado magistralmente los franceses. Ellos han sido maestros en el arte de la dialéctica y la polémica, del epíteto y de la burla. La crítica en Francia tuvo siempre una claridad dura e hiriente y un genio inconcebibles. Rivarol decía del vizconde de Mirabeau, tribuno eminente: «Por dinero es capaz de hacerlo todo, incluso una buena acción». Y el mismo Rivarol, en una crítica sobre el pesado y denso filósofo Condorcet: «Escribe con opio sobre hojas de plomo». Pero siempre que se me ocurre poner un ejemplo de feroz libertad de expresión, acudo a León Daudet.
Durante treinta y cinco años, los artículos de este periodista monárquico, patriota, libérrimo en la expresión, fueron un ejemplo de la más afilada agresividad. La antología de sus artículos políticos pone los pelos de punta. Clemenceau, presidente del Consejo de Ministros, es «una calavera esculpida en un cálculo biliar». Aristide Briand, ministro de Asuntos Exteriores, «educado en un lupanar, rufián desde la adolescencia, ultraje público al pudor en sus años adultos, renegado siempre, tiene una tendencia natural, seguramente innata, a no conocer más que el derecho común». El que sería presidente de la República Francesa, Paul Doumier, se le aparecía como «una pequeña larva política que tiene el aire, fisica y moralmente, de haber sido cogida entre dos puertas». Del presidente de la República, Armand Fallières, aquel gascón alto y grueso, algo bovino, proclamaba: «Su lugar está en el mercado. Ha sido hecho para ser palpado, sopesado, luego atado a una soga, conducido al matadero, ¡ay!, despedazado, vendido, hervido y comido». Alexandre Millerand, que también presidente de la República, se le antojaba un «un tigre perdido en una pastelería» y sostenía que «a su paso se impone gritar: «¡Al ladrón, al ladrón!». Raymond Poincaré era «el enano de Lorena», y el general Percin le parecía, con irresistible comicidad, «una cacerola la que jamás había visto el fuego». La antología de Daudet sería infinita. Se nos dirá que León Daudet, era truculento, desagradable, excesivo. Ahora bien, cuando estuvo exiliado en Bruselas, la petición de indulto iba encabezada por el presidente Poincaré. Y seguían las firmas de la mayoría de sus víctimas, que se disputaron el caballeresco y peligroso honor volverle a tener en Francia.
Nos damos cuenta, por lo tanto, de que el arte de la injuria puede ser brutal corrosivo, pero también para ser eficaz ha tener ingenio y elegancia, Si necesariamente tenemos que injuriar —cosa que parece que está en el espíritu humano, aun yo no lo apruebe— hagámoslo, por lo menos, con una cierta intención ingeniosa. Cuando existe libertad, a veces es bueno crear un clima del cual nazcan conciencias atemorizadas no sólo por la revelación de la verdad, sino por el terror al ridículo. Aunque hoy el ridículo se soporta con bastante estoicismo, pues puede más el amor a la poltrona y a las fructíferas vanidades del mando. Y así, la injuria ha perdido matices, penetración e ingenio. Ha dejado de aquel arte literario que encanta a Borges para convertirse en lenguaje normal y corriente, ineficaz, por lo repetido. Ha desaparecido, por lo tanto, la intención catárquica de admirar y divertir con el ingenio, para convertirse en una costumbre grosera, en una especie de automatismo verbal, en unas muletillas empobrecedoras. De Quevedo a hoy hemos perdido mucho léxico y casi todo el ingenio.
Néstor Luján
(El Heraldo de Aragón, 06.11.84)
(Remitido por Antonio Casao)