Cuando insultar era un género literario

 

La editorial Ave del Paraíso reedita La linterna de Diógenes, los 39 retratos que el ácido poeta peruano Alberto Guillén hizo de crême de la crême de la cultura española. Publicado en 1921, el libro pasó de mano en mano con escándalo y, por qué no, regocijo. Es la narración de 39 encuentros, desde los hermanos Álvarez Quintero a Ortega y Gasset, donde Guillén adelanta el nuevo periodismo y sólo se propone sacar lo peor de los entrevistados. “Todos hablan mal de todos como alegres comadres ­—reconoció el autor­—. Se despluman con grande habilidad y, sobre la ruina universal, ellos levantan su pendón”.


Besos de calavera. Odios. En­conos viscerales. Juicios tan francos que sólo caben en la intimidad de la tertulia de caté. La re­alidad literaria se refleja en un falso espejo, por dentro es escabrosa, mo­jigata, incendiada de batallas de celos, rencores, famas y requiebros. Alber­to Guillén, peruano, poeta, orgulloso v despiadado llegó a España en 1917 dispuesto a conocer a los grandes: a los Quintero, a Azorín, a Baroja, a Camba, a Gómez de la Serna, a Juan Ramón, a Marquina, a Ortega... y lo que vio le espantó: suciedad y malas artes, grandes obras firmadas por gen­te miserable. Apenas se salvan Ra­món y Cajal, Juan Ramón Jiménez, acaso Cansinos Assens. «Es innega­ble la oportunidad del escarmien­to», dijo Azaña en una crítica sobre el libro: «Que poetas y literatos se desuellen vivos no es nuevo».

Guillén comienza visitando a Azo­rín, que tiene el «alma desnuda como una llanura manchega» —«la poesía de Azorín, ¿no tiene acaso la sencillez de una portera que sonríe remendando unos calzoncillos?», se pregunta—, lue­go prosigue con los Álvarez Quinte­ro, que «no están mal en su papel de fabricantes de mermeladas». De ahí, no se salvan de su retrato inmiseri­corde ni Baroja ni Caro Raggio, su cuñado y editor: «Es medio rubio co­mo Baroja, y medio sucio como Ba­roja, aunque quizá no huela a ratón como Don Pío, ni acostumbre a eruc­tar ante la gente sus ajos y sus tonte­rías».

«España es negra, Solana tiene ra­zón», se dice Guillén ante las visitas a Benavente —«que trata de ser ama­ble en la incompetencia de sentirse superior» o al café del Pombo en don­de le espera Gómez de la Serna, al que le describe como «unas cejas que miran y una cachimba que piensa». Los cruces de insultos son constantes. Gómez de la Serna describió a Azo­rín como a un hombre «lleno de mie­do y pusilanimidad». Sobre Valle—Inclán: «Ese hombre opaco de lirismos tópi­cos, de artificios, hijo de una ira artís­tica». De Baroja: «Que todo lo hace como una malicia de vaguedad. Toda su obra está llena de un enorme equi­voco». De Unamuno: «El hombre amarillo sin mundanidad y sin inicia­tiva, imitador y vulgarizador plomizo de locuras inimitables».

Juan Ramón parece un «caballero de El Greco», dice Guillén, siempre «ardiendo» y... quemando: «En Es­paña no hay nada. Yo sólo leo a los extranjeros». De Unamuno dice que es «un gran espíritu» pero que «hace co­sas horribles». Y si­gue: «Valle-Inclán es otro arcaico. Su obra es un alarde de estilo, retórica, esté­ril». El juicio de Ra­miro de Maeztu satisface al osado Guillén, aunque el personaje le amodorra: «La literatura de ahora está en deca­dencia —dice don Ra­miro sin inmutarse—. Hiede a sexo de mu­jer y a polvos de arroz». En defensa de Ortega y Gasset. De Maeztu llama a Ayala «roedorcillo», lo pone a caer de burro y «de burro» es Eduardo Marquina: «Es otro que quiere ser profundo a fuerza de ser oscuro». Guillén acude a Marqui­na, «que tiene un desprecio admirable por todos los retóricos», con la ansie­dad de ver lleno el saco de los insul­tos. De Valle-Inclán, vilependiado co­mo ninguno y por casi todos: «Es un señor que ha escrito cuatro o cinco li­bros, nada más, muy bonitos, muy engolados, muy sonoros, muy artifi­ciales y muy huecos, y que ahora está en plena decadencia».

                                                                       Juan Carlos Rodríguez, La Razón, 02.06.01