EPITAFIOS
EN VERSO,
BAJO EL SOL DE MÁLAGA
Por
RAFAEL LEÓN
En Málaga abre su explanada la plaza de la Merced. Es
la plaza de la que Aleixandre ha escrito que "evocadora dicen, no,
dijeron, de Riego". El lugar en que Picasso vio por primera vez la luz. El
sitio del que se asegura —con apoyo en Carter— que esconde las ruinas de
públicas obras romanas. El que sirve, en fin, de yacimiento a Torrijos y los
suyos bajo un obelisco que tengo por el más significativo y estremecedor de
los monumentos malagueños.
En ese obelisco, y como recuerdo de aquel general y
de sus compañeros, hay dos cartelas que vierten sobre la piedra su hierro
oxidado. La una, proclama:
A vista de
este ejemplo, ciudadanos,
antes morir
que consentir tiranos.
En la otra, se lee:
El mártir que
transmite su memoria,
no muere,
sube al templo de la gloria.
Podría comenzar aquí un paseo, no sé si romántico o
macabro, en busca de inscripciones funerarias malagueñas más o menos en verso.
Las he buscado, e incluso publicado en parte, durante estos meses últimos.
Hace media docena de años las fue buscando también un caballero malagueño,
quien imprimió, las que pudo cosechar, en un libro a cuya hechura asistí.
Reproduzco aquí las suyas y las mías, con la indiscriminación, quizá
irresponsable, de un fondo común.
Podría comenzar aquí el paseo y dirigirse desde este
cementerio urbano del general Torrijos al cementerio marino en que reposa el
joven Boyd, su compañero de alzamiento glorioso y frustrado. Podría comenzar
aquí y dirigirse al Cementerio Inglés, en una ladera cuya antigua vocación acogedora
nos es revelada por los enterramientos romanos hallados en aquel lugar y de
los que nos habló, en su Catálogo, Rodríguez de Berlanga.
En el recinto ás interior de ese cementerio, y sobre
un pilón colmado de luz, la cal de las tapias se interrumpe por una losa gris
en la que constan los versos estremecedores del "Epitafio para una
muchacha", firmado por María Victoria Atencia:
Porque te fue
negado el tiempo de la dicha
tu corazón
descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y
carne fueron tic vestido más rico
y la tierra
no supo lo firme de tu paso.
Aquí empieza
tu siembra y acaba juntamente
—tal se
entierra a un vencido al final del combate—
donde el
agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido
de un perro tenga voz de presagio.
Quieta tu
vida toda al tacto de la muerte,
que a las
semillas puede y cercana los brotes,
te quedaste
en capullo sin abrir y ya nunca
sabrás el
estallido floral de primavera.
A la salida de ese recinto más interior, que corresponde
a la concesión primitiva del Cementerio Inglés, está la breve tumba de una
niña, en cuyo mármol, bajo dos fechas distanciadas por sólo un mes, tan sólo se
lee un nombre, Violette, y esta frase:
... ce que vivent les violettes...
inspirada en los versos de Malherbe con ocasión de
la muerte de Rosa, la hija de Du Perier : "et, rose, elle a vécu ce qui vivent les roses: l'espace d’un matin".
Algo más allá, en el mismo lado y ya próxima al seto
por el que este cementerio se resguarda de la Cañada de los Ingleses, puede
leerse la inscripción de la piedra de William Foster, con versos de Thomás
Hardy:
Regret not me
Beneath the sunny tree
I lie uncarring, slumbering peacefully.
"No te apenes por mí: bajo el árbol que dora el
sol, descanso, ajeno a todo, en dulce sueño".
En ese cementerio marino (en el cementerio de Un viejo verde de "Clarín", y
de El camino invisible de González
Anaya), hay o ha de haber más textos que pudieran citarse aquí. He omitido yo
la transcripción de referencias poéticas religiosas que, en cualquier idioma,
nos saldrían al paso, como nos salen en el pequeño cementerio de la barriada de
Olías: "Qué alegría, cuando me
dijeron: vamos a 1a casa del Señor".
Desestimo esos textos, como los que puedan darse
—como los que se dan— en nuestro cementerio civil junto al de San Rafael. Un
cementerio del que ha de ocuparnos ahora esta inscripción:
El diecisiete
de julio
del año
cuarenta y cuatro,
por un acto
de locura
ingresé yo en
este patio.
Le he dejado
a mis padres
un sufrimiento
contino.
No lo pude
remediar,
porque sería
mí sino
tenerme que subsidar.
(A su lado, y más brevemente, el epitafio de Pedro,
muerto por idéntica causa en 1957, a los veintisiete años, dice: "La vida me ha .sonreído, pero yo no he
sabido afrontarla".)
En San Miguel, se conserva uno de los epitafios en
verso más conocidos de cuantos pudieran ofrecérsenos en este recorrido. Es el
que resguarda el nicho de uno de los alcaldes malagueños, cuya permanencia a
perpetuidad en tal sitio se aprobó por 1a corporación municipal en 1912.
La deuda que
los mortales
contrajeron
al nacer
pagó, dejando
de ser,
Pedro
Alcántara Corrales.
Su sentimiento es análogo al que ostentó la inscripción
de cierto osario del grupo 6.°, mandada retirar después de 1936, y que el
vigilante don Francisco Jiménez Toval recuerda bien:
De la deuda
que tenía
desde el día
en que nació
quedó en paz
porque parmó.
Fuera de ello, sólo se conserva en San Miguel, de las
inscripciones más o menos poéticas que alguna vez pudieron leerse allí, la
menos que discreta de Pedro Manzanares Llorente, muerto en 1889:
Descansa en
paz, querido esposo:
fuistes modelo
de virtud y honradez.
Ruega a Dios
que tus hijos te imiten
y que a mí
resignación me dé.
Inútilmente recorreremos, para esta búsqueda, el
cementerio de nuestra barriada de El Palo, donde la inscripción del
enterramiento
Cementerio
de un pueblo bajo el sol de Málaga, según foto de Ann Welsh, gentileza de la
revista Lookout
42-C
se limita a advertimos, sin nombre alguno, que "Aquí duerme un hombre bueno y honrado con corazón de niño".
En la barriada de Churriana, en un nicho del único
panteón familiar que allí existe, he leído el epitafio de la niña Juana
Calderón Navarro, muerta en 1922, y cuyos versos suponen un breve coloquio
entre 1a madre y su hija ausentada:
Murió mi
tierno cariño,
mi consuelo y
mi alegría.
Siempre
llorándote estoy.
¡No me
llores, madre mía,
que por ti
pidiendo estoy!
En ese mismo panteón, en el amplio mármol de María de
los Dolores Navajas González de Navarro, muerta en 1903, figuran las
declaraciones que un hijo suyo firma sucesivamente. A un lado: "Madre: te oí decir en mi niñez que el primer
beso que recibí me lo diste tú, y que mis
labios estaban tan calientes que no habías olvidado el ardor que despedían.
Madre: el último beso que has recibido te lo he dado yo. Tus labios, ay, qué
fríos estaban... No lo olvidará tu hijo del alma. Bernardo". Y al otro lado: "Madre: cumpliendo tu encargo de que no te olvidara, a tu memoria y a
perpetuidad levanto dos altares: este a tu cuerpo, y otro, en mi corazón, a tu
alma". Y "Pedir a Dios por
el alma de mi madre será la satisfacción más grande que podéis dar a su hijo.
Bernardo".
En el santuario de la Victoria, el epitafio de la niña
María de los Dolores Díaz Zafra v Milla, muerta —no se dice cuándo— a los cinco
años, dice así:
Un ángel más
apareció en el cielo.
Una flor pura
se agostó en el suelo.
Pero, ¿no deberemos salir también por la alta y
querida tierra provincial, en busca de estos textos? En Macharaviaya, una
lápida recuerda a María López Escaño de Cabrera, muerta a los diecinueve años
en el 1920, en vísperas de su boda. Los versos se han atribuido a Salvador
Rueda, nacido en el próximo lugar de Benaque:
Ya entreabierta
a la luz sobre su frente
la divina
corona de azahar,
y el
prometido de su amor presente,
de improviso
la virgen inocente
rodó muerta
ante el ara del altar.
Y el sonoro
reír del campanario
se convirtió
en un doble de dolor,
se
ensombreció la luz del incensario,
del velo
virginal se hizo el sudario
y el sepulcro
fue el tálamo de amor.
En Ronda, el general de caballería don Javier
Alcántara Betegón, muerto en 1935, tiene puesta sobre su tumba, en el
cementerio de San José, esta inscripción:
¿Qué miras?
Un muerto soy.
Reza un
padrenuestro hoy,
que ya
rezarán por ti
cuando estés
como yo estoy.
En Yunquera, don Pedro García Sáenz, natural de Nieva
de Cameros (Logroño), y ausentado de nosotros en 1883 a los ochenta y dos años,
tuvo un epitafio poético que, más tarde, al enterrarse en el mismo sitio una
hija suya, quedó oculto por la nueva losa, pero que recuerda bien su familia.
Tal primitiva inscripción decía así:
Rezad por
quien yace aquí:
fue varón
justo, recto y cariñoso.
Pedid,
amigos, su eternal reposo,
que llorar
sólo corresponde a mí.
En Antequera, la iglesia de Nuestra Señora de Belén
fue enterramiento que nos ha conservado diferentes muestras poéticas
epigráficas. Una de ellas, en el arco del altar levantado en la cripta que
sirve de enterramiento a doña Teresa de Zulueta, la que fue esposa del
famosísimo político Romero Robledo. Sus breves versos —atribuidos a Campoamor,
que fue diputado por aquella ciudad— dicen así:
Nadie vio
dicha ni desdicha tanta:
madre
dichosa, mártir y al fin santa.
Próximo a la sacristía, en esa misma iglesia antequerana,
está el oratorio de los Mantilla. Una sola losa de mármol negro, puesta allí en
1845, recoge tres inscripciones funerarias poéticas. La primera en memoria de
don Juan Mantilla y Arco, marqués de Saavedra, maestrante de Sevilla y regidor
perpetuo de la ciudad en que yace, muerto en 1832:
Ni el timbre
y esplendor del varón fuerte
ni de sus
caros deudos las plegarias,
retardan, ay,
los triunfos que la muerte
ostenta en
estas urnas cinerarias.
Le siguen los versos en recuerdo de don Francisco de
Paula Mantilla y Peñuela, cadete de caballería muerto en 1819:
Cuando su
casa esperaba
blasones de
este doncel,
el Cielo le
preparaba
más duradero
laurel
que el que su
patria le daba.
Por fin, en esa misma piedra, figura el epitafio
poético del letrado don José Mantilla y Peñuela, fallecido en 1842:
Al que edad más florida
frutos de esperanza diera,
vio su familia querida
cortar la muerte su vida
en mitad de la carrera.
Pero no podríamos dejar la iglesia de Belén sin
detenernos en la capilla a la que se confiaron los restos de doña María de la
Concepción Bores y Romero de Muñoz, muerta a los veintiún años, en 1883:
Bajo esta
fúnebre losa,
muestra de
dolor profundo,
yace la que
fue en el mundo
mi fiel y
adorada esposa.
Joven, ¡ay!,
bajó a la fosa
dejándome en
triste duelo;
mas vivo con
el consuelo
de que Dios,
justo y clemente
me la quitó
de repente
porque su
patria era el Cielo.
En Ojén, José y Pedro Espada Méndez, en el mausoleo de
sus padres, María y José, muertos respectivamente en 1900 y 1901, mandaron
grabar:
Aquí donde
reposan sus cenizas
lloran desde
lejana inmensidad,
por el dolor
transidos y hecho trizas,
las almas de
los hijos de orfandad.
Pero faltan por recorrer mucho de los camposantos de
los cien pueblos de Málaga. ¿Merecería la pena proseguir el paseo?
N. del recopilador: Rafael León prosiguió el paseo,
encontrando en el cementerio de San Miguel este otro testimonio:
El niño Vicente Aceña González
No murió, se
fue a jugar
con su ángel
de la guarda.
Jugando, se
echó a volar
y a la gloria
fue a parar.
(Tomado de “Málaga. Boletín de
Información Municipal”, 4º trimestre de 1970)