Fulano
tenía un hermano a quien daba sopas con honda, una moto japonesa, girando a su
alrededor y lanzándole la sopa a la boca. Claro que eso le salía por un ojo de
la cara, a consecuencia de lo cual quedó tuerto. Y, la verdad, tampoco era cosa
del otro jueves, pues no caducaba. En eso estaba cuando llamaron a colación:
¡Colación, ven aquí! Pero a Colación le picaba la curiosidad, y rascósela con
fruición. Y como no quiso dar su brazo a torcer, pues le dolía mucho, le
mandaron a freír espárragos, cosa que hizo gustoso, pues le gustaban los
espárragos fritos. Para no llamarse Aengaño, Colación tuvo que engañar al
encargado del registro de los natalicios, quienes tomaron cartas en el asunto y
las echaron a correos después de cantar las cuarenta. Y Colación, que llevaba
el arte en las venas (un Greco, dos Picassos y un ballet de glóbulos rojos),
compuso una seguidilla a una mujer que estaba como para parar un tren, y por
ello trabajaba haciendo pruebas de frenado en Renfe, pero no se la recitó, pues
tenía dos dedos de frente y se fue al médico para que se los extirpara. Pero
antes se dirigió al notario a que levantara acta, cosa que el notario hizo.
Después de levantar varias actas, el notario se sintió en mejor forma y tiró de
la manta, destapando a varios escribientes que allí dormían. Colación, cuyo
padre era militar de armas tomar, se tomó un par de ellas y puso firmes a los
dormilones, que quedaron asfaltados muy bonitos. Y vino el desayuno, a base de
cereales y tazas en forma de campana. Salvado por la campana y por el mantel,
por todas partes salvado, que fue limpiado por la criada, quien estaba tratando
de promocionar un método para ablandar: “Ablando en plata, para que nadie pueda
llamarse Aengaño”. Pero ya hemos visto antes cómo sí hay gente que se llama
Aengaño. Colación se puso las botas durante el desayuno, y se las ató a
Continuación, quien estaba a su lado y no sabía atárselas. Colación le dijo a
Continuación si estaba contento con sus estudios, a lo que Continuación le dijo
que no había derecho, que eso quedaba en otra facultad. Falto de facultades, el
programa de estudios languidecía y decía y decía... También dijo que conocía a
una chica de Formentera. ¿Deforme entera?, preguntóse Colación, quien no salía
de su asombro, hasta que Continuación le ayudó a salir estirando fuerte. A
Continuación le contaron que a un compañero suyo le habían
encerrado acusado de violación por tirarse al monte, ya que el monte no había
consentido. ¡Toma castaña! Pero Continuación dijo que no quería la castaña
porque no le pasaba por los cojones, cosa que se demostró pues, aunque lo
intentaron, la castaña no pudo traspasarle los testículos. Y Colación hizo de
tripas corazón, y lo donó para un trasplante. El médico quiso protestar pero
Colación no le dio pie para replicar, por lo que el médico se quedó sin pie
para otro trasplante. Y alguien exclamó: ¡Se ha levantado Viento! Colación se
fue a mirar por la ventana y efectivamente vio que Viento se había puesto de
pie. Y no contento con haberse puesto de pie, se dirigió a una explanada, donde
despegó un avión. Primero le despegó las alas y luego fue quitando el pegamento
de las distintas piezas. Y en eso Viento vio a Florinda, una chica que le
gustaba, y le tiró los tejos. Uno de ellos le dio en una ceja y se la partió,
por lo que tuvo que ser llevada al cuarto de Socorro, que era como se llamaba
la mujer de la enfermería, quien le aplicó emplastos y le dijo: “Mira hija, te
ha tocado pagar el pato”. Y Florinda alcanzó su bolso y sacó dinero para
pagarlo. Pero como la enfermera tenía malas pulgas, se rascaba sin cesar al
tiempo que decía: “Yo libro los domingos. Un domingo El Quijote, otro La Celestina;
pero cada domingo un libro”. Ante aquella muestra de demencia, Florinda puso
los pies en polvo rosa, quedándosele las plantas de ese color. Y se fue a un
barrio progre en busca de Colocación. Y se colocó, y bien, pues el porro era
afgano, y se lo vendió un tipo que no estaba en sus Kabules. Pero el flipe no
le hizo perder los papeles a Florinda, pues los llevaba bien guardados en una
carpeta. Y entonces fue cuando se corrió el rumor, que puso a todos perdidos de
esperma. Florinda quiso entonces lavar los trapos sucios y se dirigió al
tocador de señoras. El tocador de señoras, después de tocarla bien, le dijo que
él no se encargaba de lavar trapos sucios y que se diese a la fuga. Y Florinda
se entregó a la Fuga, una lesbiana que en el fondo era inteligente y por ello
se había metido submarinista. Esta lesbiana tenía un amigo que estaba enfermo
en el hospital. Contó que cuando fue a verle con una compañera, advirtió que un
cura salía de la habitación de su amigo. Entonces supo que su amigo no tenía
sida, pues sabido era que el sida no tiene cura. Visitando a su amigo se enteró
de que otro amigo abogado se hallaba internado en un manicomio, pues había
perdido el juicio, y, aparte de pagar las costas, su cabeza no pudo soportar la
derrota. Florinda escuchó estas historias sin pestañear, por lo que al final
tuvo que ponerse colirio en los ojos, de escocidos como se le quedaron. También
le contó la lesbiana de cuando viajó a medio oriente, y cómo no pudo ver el
otro medio por falta de tiempo. Y de la carrera ciclista que vio allí, donde
dos corredores se escaparon y cómo el que iba detrás no paraba de chupar rueda
hasta que la desgastó y el ciclista afectado tuvo que abandonar. También le
contó de cómo tenía otro amigo que se tumbó a la Bartola, y la preñó. Y como al
final el asunto quedó en agua de borrajas, todo mojado. Florinda y la lesbiana
se fueron de allí. Por el camino vieron a varias colegialas haciendo novillos,
esto es, copulando con toros. También vieron a un círculo vicioso, un círculo
putero y borrachín que además era aficionado a salirse por la tangente. Y a un
dentista y a un oftalmólogo peleando y aplicándose la ley del Talión: ojo por
ojo y diente por diente. Y cruzó por delante suyo un
alma de cántaro, cuidando de no quebrarse, pues iba a la fuente, e iba de capa
caída, sucia de rozar el suelo. La lesbiana le dijo a Florinda: a ese pobre su
novia le salió rana, y no paraba de croar, con lo que perdió los sentidos, y
dejó de sentir; también se le fue el santo al cielo, y no lo volvió a ver más.
Luego las dos amigas entraron en una confitería, donde se la dieron con queso,
la tarta, y estaba deliciosa… Contóle luego Florinda cómo hubo una vez un chico
al que todas las chicas le daban calabazas y él, con visión del negocio, se
dedicó a preparar confitura de calabaza, y se hizo rico. Y ahora era él quien
daba, o mejor vendía, calabazas. En esto pasaron por un zaguán y oyeron a una
vecina gritar en el patio: ¡Que si quieres arroz, Catalina! Y cómo Catalina
dijo que sí, que quería, como el famoso abad, dar arroz a la zorra, a la puta
de su compañera de cuarto. Y también vieron cómo dos vecinos del mismo portal luchaban
a brazo partido, pegándose con los yesos de sus extremidades rotas. Y la
lesbiana dijo: “Aquí se va a armar la gorda”. Y efectivamente, la gorda se puso
el peto, la celada y tomó una espada. Así armada se llevó el gato al agua, y lo
ahogó. Pasaron de largo y en una esquina, mientras esperaban a un semáforo, que
venía lentamente, escucharon una conversación en la que un señor le decía a
otro: “y me hizo un corte de mangas, y me cobró 200 euros, pues es un sastre
muy reputado…”. Llegó el semáforo y cruzaron. Les salió entonces al paso una
amiga de la lesbiana, que se llamaba Pandora, e informó que alguien había
entrado en sus aposentos y le había abierto la caja, pues conocía la
combinación. Y añadió que, por favor, no mataran al mensajero. No la mataron,
pero lo torturaron un poco. Y luego fueron a casa de Pandora a ver cómo había
quedado su cuarto tras de haberle vaciado la caja. Pandora, al ver el
estropicio, se rasgó las vestiduras, por lo que tuvo que cambiarse y ponerse
unas nuevas. Enseguida buscó una cabeza de turco y por fin la halló: con su
pelo rizado y bigote negro y espeso. Lo que no supo es qué hacer con la cabeza.
Si al menos tuviera un cuerpo... Y luego pensó que toda decapitación implica un
móvil. Buscó un móvil y lo encontró: era un teléfono celular último modelo. Y
entonces pensó en un ex novio que le había prometido el oro y el moro, y sólo
había cumplido con la segunda parte. Dejaron la cabeza de turco y salieron de
nuevo a la calle. La suerte estaba echada, y la hicieron levantarse. Pensó Pandora
que el criminal poseía un talón de Aquiles, pero que no iba a poder cobrarlo
pues era un talón sin fondos. Y pensó en su novio actual, un ex futbolista que
se había cansado de chupar banquillo, pues éste, sucio siempre, sabía mal y le
dejaba la lengua rasposa. Y determinó Florinda que no se casaría ni con Dios,
aunque se lo pidieran con la intercesión del Padre y del Espíritu Santo. Sabía
que con semejante actitud la condenarían al ostracismo, esa celda bivalva, mas
prefería eso a vivir en olor de multitud, debido al gasto tan grande en
desodorante que conllevaba. Y entonces se toparon con un indio que dijo que le
habían echado de la reserva, pues había “overbooking”. Y vivía de gorra, pues
las vendía (viseras) en las cercanías de los estadios de fútbol. Tenía gorras
del Madrid, del Barça, del Atleti… Le dijeron que diera la lata al
ayuntamiento, pero él aseguró que daba la lata una y otra vez, y que se las
reciclaban. Menos mal que tenía un amigo que hacía una pasta gansa, llamada Paté,
y que quizás le diese trabajo. Florinda, Pandora y la lesbiana vieron que eso
eran palabras mayores, es decir, mayúsculas, y se despidieron y se fueron con
viento fresco, pillando por ello un buen resfriado. Y allí se quedó el vividor
de gorra, de cuerpo presente, pasado y futuro.
Lamberto
García del Cid/02.04.02