LA
CORBATA, SÍMBOLO FÁLICO
¿Por qué la
corbata se mantiene, pese a todas las idas y venidas de las modas y
revoluciones? Es muy sencillo. Como ornamento esencialmente masculino, la
corbata ha capturado todo el residuo de coquetería, fantasía y extravagancia
susceptible de ser aceptada en la vestimenta del sexo fuerte, abocada a unos
remansos de tranquilidad y hastío a través de varios siglos de moda poco
innovadora. Como un vibrante y emergente pararrayos, la corbata ha quedado
transformada, más allá de su inicial función decorativa, para actuar como punto
de transmisión de la capacidad interactiva entre los sexos, condensando toda la
preocupación masculina, habitualmente reprimida, por agradar a través del
aspecto.
Muchos hombres,
serios y circunspectos en su apariencia personal, defienden tenazmente su
derecho a ser fantasiosos cuando se trata de la corbata. Otros indumentos
masculinos han imitado tradicionalmente
la capacidad femenina por la sorpresa, la fantasía y la libertad de diseño: los
calcetines, los cinturones, los chalecos, incluso las camisas (¡siempre que no
vayan con chaqueta ni, por supuesto, corbata!). Pero todos estos complementos
no hacen más que suplir ausencias o recomponer vagamente un nuevo estilo de
vestimenta: la corbata es el único totalmente compatible con la apariencia
personal y a la vez con todas las libertades de diseño, función, color o
textura.
No vamos a
extendernos en obviedades sobre el paralelismo formal entre la corbata y el
órgano sexual masculino. Simplemente notaremos algunas curiosas coincidencias
entre los hábitos asociados a ella y los del pene. Desaparecidos otros
adminículos simbólicos como el bastón o el paraguas, y a niveles ya algo
abstractos, en los que la represión freudiana se mantiene inmutable, conviene ser
observador para reparar en la forma en que la corbata asume y representa las
funciones sexuales. La costumbre de ajustarse y retocar el nudo en situaciones
de nerviosidad tiene su exacto paralelismo en
los autocontactos cercioradores del estado de disponibilidad de la
principal pieza de armamento masculino, que tan a menudo prodigan más o menos
inconscientemente personas en situaciones críticas: desde la autoafirmación
grosera de su seguridad mediante el asimiento escrotal hasta los frotamientos
cariñosos, similares a los que se prodiga a un caballo en ciernes de emprender
una difícil carrera competitiva. Antes de afrontar una situación difícil o
simplemente de comparecer en público o en una cita romántica con una dama, los
hombres nos ajustamos el nudo de la corbata como un guerrero comprueba el buen
estado y temple de sus armas.
Los
anglosajones sustentan la necesidad de que el nudo de la corbata proyecte ésta
levemente hacia adelante para evitar la sensación de flaccidez, y entre
nosotros se considera una grave falta de tacto asir a alguien por la corbata.
El barón de l’Empesé, teórico máximo del arte corbatil,
decía quizás un tanto exageradamente: “Coger a un hombre por la corbata es un
agravio tan grande como darle un bofetón, y no puede sin deshonor borrarse
semejante afrenta más que con sangre”.
¿Por qué una
corbata rosa, color tradicionalmente asociado a las antiguas bragas femeninas,
provoca risas y desprecio? ¿Y por qué una corbata suelta, sin el firme asidero
del cuello de la camisa, es asociado con una cierta
incapacidad de actuación? ¿De dónde el desprecio por
las corbatas artificiales, esto es, reducidas a un nudo prefabricado y una goma
de sujeción? ¿Y por qué constituye un placer masculino tan grande ser asistido
en la formación del nudo de su corbata por unas suaves manos femeninas?
Si pasamos a
otros niveles culturales más explícitos, la evidencia se vuelve abrumadora.
Hace años se estilaban unas corbatas para bromas, que se levantaban rígida y
verticalmente ante un hábil gesto de los hombros. En un night club de París se invita a cantar a los hombres, y si la
habilidad de éstos no es suficiente, son castigados por las azafatas con una
dura forma de humillación: cortando su corbata con unas tijeras especiales.
Ceremonia muy parecida a la que se practica en algunas bodas de medio pelo,
donde los invitados adquieren el derecho de cortar la corbata del novio
mediante el pago de la recaudación de una colecta realizada previamente.
Recordemos, a estos efectos, que las fiestas antropológicas tradicionales en
las bodas tienen a menudo como centro de interés la represión del varón
(cencerradas, barreras de paso, etc.) ante lo que se supone que éste está
esperando ardientemente tras la ceremonia.
Notemos, de
paso, la exclusión de la prenda que practican algunas clases sociales, ya por
propia voluntad o por afán de autodisciplina. La vestimenta del clero carece de
corbata, e incluso los militares, condenados a su espartana guerrera, fomentan
el lugar común que afirma que su máxima aspiración es llegar a general… para
poder lucir una corbata como parte de su uniforme.
Muchos otros
tics podrían citarse a estos efectos. Por ejemplo, la adhesión a una o unas
corbatas determinadas, viejas pero “queridas”, que en ningún caso se consentirá
en regalar a beneficiencia. O el atractivo de una corbata decorada con símbolos
sexuales (chicas en bikini, artilugios de sujeción o ligadura, animales más o
menos domésticos). ¿Es que a alguien le gusta prestar una corbata a otra
persona, incluido un amigo suyo? Viceversa, nada hay más detestable que obligar
a alguien a vestirla, por ejemplo para poder entrar en determinado local.
Todo lleva pues
a concluir una relación, consciente o inconsciente —más lo primero que lo
segundo— entre la corbata y la virilidad. Relación de la cual son desde luego
también conscientes las mujeres, que juzgarán al hombre no tanto por la mayor o
menor libertad en el diseño de su corbata como por la forma en que éste sabe
llevarla, eligiendo apropiadamente el tipo de nudo, ajustándolo bien y
combinándola con la ocasión y con el resto de la vestimenta. Por ello la
fémina, consciente de no introducirse en terreno masculino, raramente incurrirá
en utilizar esta prenda, prefiriendo en todo caso formas más antiguas de ella,
que se presten más a su sentido estético y toque fantasioso.
Resumamos: en
un mundo que impone la ocultación pública de los atributos del sexo, aparece
inmediatamente la necesidad de exhibirlos de una forma socialmente aceptable
(¡de nuevo Freud!). Y aquí surge providencialmente la corbata, esa tira de paño
cuya presencia excede con mucho la mera impresión visual para intercomunicar,
de forma incluso más efectiva que el elemento original al que sustituye, ese
natural afán de interacción sexual.
Josep M.
Albaigès, mayo 1998