LA CORBATA, SÍMBOLO ARREVOLUCIONARIO

 

Es innegable que la corbata tiene un marcado carácter que no deja las revoluciones indiferentes. Desde su aparición como tal en el siglo XVII y su adopción por las clases civiles burguesas, el adminículo quedó asignado como distintivo de una forma de entender la vida vinculado con la ostentación, la riqueza y el sentido elegante de la vida. Por ello no fue raro que la Revolución Francesa cargara contra ella intentando suprimirla. De hecho, ya algunas prevenciones de los médicos contra los peligros de los cuellos apretados habían iniciado una cierta prevención contra tal prenda, pero los nuevos usos republicanos instauraron un nuevo modelo de vestimenta en la que, además de quedar suprimidas las pelucas, el calzón corto y las faldas acampanadas, las corbatas pasaban a ser substituidas por una especia de bufandas (las incroyables) que se arrollaban una y otra vez al cuello, hasta alcanzar longitudes de cinco metros.

Esto no podía durar. ¿Cómo va a autonegarse el hombre su innato afán por la elegancia, por la belleza? Beau Brummel impuso un modelo de vestimenta basado en la armonía, la perfección en el corte, la calidad del tejido y, sobre todo, la prestancia en el porte. Desde su momento la corbata reapareció solemnemente en los círculos elegantes, y nunca más los ha abandonado.

Lo de menos es la forma en que la corbata es concretada: como lazo, como cíngulo, como corbata convencional. Lo que cuenta es el hecho de adornar la pechera de la camisa. Y este carácter se conserva cada vez que una revolución intenta erradicarla. Lo intentaron las chaquetas tipo Mao, sustituyendo el vistoso colorido del adorno por la militar ocultación del cuello. En la zona roja de la España de la guerra de 1936-39, que pretendió hacer su revolución, el única signo externo en la que ésta se concretó fue la supresión radical de la chaqueta y no digamos de la corbata: la vestimenta obligada masculina era las mangas de camisa Y el hecho se repetiría pocos años después en Argentina, con los “descamisados” de Perón.

Frente a estas actitudes, la exigencia de corbata como prenda indispensable para la asistencia a ciertos actos ha sido un modo de afirmar la idea contraria. He sido testigo del absurdo de obligar a llevar corbata en un restaurante a quien vestía chaqueta Mao, y vemos a menudo como en determinadas ocasiones calurosas se viste formalmente sin chaqueta (¡”descamisado”!) pero, para alejar de este aspecto (sólo justificado por el clima) cualquier idea de veleidades revolucionarias, se complementa la vestimenta con la corbata.

¡Lo curioso es que sea en la sociedad militar, arquetipo de sobriedad y control social, por naturaleza antirrevolucionaria, donde la prenda haya quedado finalmente desterrada! Aunque dicen las malas lenguas que el militar siente la nostalgia de la corbata, y pasa los años de su carrera marcial ansiando con fervor sustituir su aburrida guerrera por alguna vestimenta encorbatada, lo que sólo consigue cuando alcanza el grado de general. Esta nostalgia, equiparable a la freudiana del pene, ha dado origen a toda una vasta literatura nada del gusto de los militares.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Barcelona, agosto 1998