CÓMO NO DEBE LLEVARSE UNA CORBATA

 

 

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a corbata, cuando no viste, puede hacer algo grave: convertir a su portador en un mero esperpento, en una imagen patética de lo que debiera ser un hombre. La cara convulsa del frenético broker de Wall Street, congestionado por el afán de fulgurantes contrataciones, cobra (o paga) nuevos matices dramáticos por culpa de su demoníaca corbata. Todos los posibles defectos de esa prenda están aquí presentes: vida aparte con el cuello de la camisa, nudo deforme y acanalado, cola guiñando maliciosamente su presencia… Para que no falte nada, el cuello de la camisa es curvado como un barquillo, innecesariamente ancho y sudorosamente desabrochado.  En cuanto al dibujo… para qué hablar.

La doctora Abramova, una patóloga anatomista jubilada rusa de Ekaterinenburg (antes Sverdlovsk) luce en la ilustración una “corbata”, como la entrecomillaríamos hoy, reducida a un mero lacito. Sin embargo, este adorno cervical, hoy sólo utilizado por las mujeres, era todavía muy frecuente hace medio siglo también entre los hombres. Poco a poco el sexo bello se lo fue apropiando, pero hay que lamentar que algunas féminas, como la tal doctora, no han sabido imprimirle esa gracia tan propia de su sexo, y deja que el tenue cordoncillo conozca bucles, retortijones y colgantes flaccideces. La verdad, uno se siente tentado a tomar su corbata y aprovecharla como gusano para la caña de pescar. Sin duda las investigaciones de la doctora son  lo suficientemente profundas como para excusarla de mayores cuidados en su aderezo.

Ni que decir tiene que el requisito de partida mínimo en una corbata debería ser permanecer más o menos centrada, al menos visible, en el cuello de la camisa. ¡Pues ni eso se cumple a menudo! Ahí tenemos al realizador cinematográfico Ricardo Franco, quien si se descuida un poco se la encuentra en el cogote. Parece como si su pobre corbata, habituada al anonimato del armario, se avergonzara de sentirse encajonada en ese horrendo cuello lleno de ángulos rectos y alabeos, y pretendiera escabullirse huyendo de la vista pública. ¡Ánimo, corbata! No desesperes. Estoy seguro de que en cuanto tu patrón haya salido del objetivo fotográficopodrás descansar  en el armario durante unos cuantos meses más.

En la fotografía aparecen, muy orondos, el antiguo secretario de estado norteamericano, Henry Kissinger, junto con un personaje no identificado y el secretario de las Naciones Unidas, Kofi Anan. Este último ha optado por llevar a la vista la sujeción de su pajarita, pero no se observa en ella ningún horrible clip, al menos por este lado. El “no identificado” se muestra  menos afortunado: la pajarita, obviamente prefabricada, se le ha torcido inmisericordemente, y la verdad es que tampoco sale bien librado del todo Kissinger. De hecho, la fotografía formaba parte de una página de sociedad en la que doce altos cargos de la política estadounidense lucían sus lacitos: cuatro de ellos estaban lamentablemente torcidos, un porcentaje ciertamente alto para lo selecto de la reunión. Y si esto ocurre con gente seria y circunspecta, ¿qué no será de mozuelos imberbes, con sólo el leve barniz de una cena a bordo del Titanic? La otra imagen, en la que aparece el galán Leonardo DiCaprio, es también bastante elocuente.

 

 

De hecho, el nudo no tiene por qué ser ni Windsor, ni Shelby, ni four-in-hand, ni nada de eso: puede reducirse a lo más simple imaginable. Pero, incluso dentro de estos límites, puede ser esculpido de una forma elegante y con clase, como hace el diseñador italiano Cleto Munari, o quedar convertido en un mero nudote sin gracia ni estilo, como es el de la lamentable Marta Chávarri, sin duda más preocupada por los millones que va a sacar a su ex Alberto que por convencionalismos estéticos.

Malo cuando las beldades no saben lucir, pues menos cabrá esperar de los zafios varones. ¿Qué decir de la corbata que luce Carlos Pérez de Bricio, presidente de la compañía CEPSA? Éstos son los peligros de no saber combinar la altura del cuello de la camisa con el tipo de corbata: ésta se escurrirá sin piedad hacia abajo, dejando un lamentable hueco revelador del botón del cuello. De todos modos, también puede ocurrir que la corbata separada del cuello transmita una imagen dinámica y alegre (claro, nunca elegante, eso sería demasiado pedir), como la del joven ejecutivo alemán Volker S., a quien vemos en otra simpática instantánea escurriendo el bulto, juguetón, de las caricias de su mujer o secretaria, que eso quién sabe.

Claro que es más lamentable todavía que este incidente ocurra por llevar dicho botón desabrochado, por ser el cuello demasiado ancho o por no haber sabido elegir el nudo adecuado para la abertura cervical de la camisa. Éste es el caso del gesticulante Vladímir Jirinovski, ultranacionalista líder ruso, que ofrecía esta lamentable imagen mientras argumentaba su rechazo al propuesto presidente Kirienko, sapo que el aparentemente moribundo Yeltsin tuvo los arrestos de hacer tragar a la Duma rusa.

Pero, puestos a ofrecer imágenes gesticulantes, no hace falta salir de nuestra casa. Pues tampoco tenía desperdicio la ofrecida por el entonces candidato a candidato Josep Borrell, del PSOE, cuando en una comparecencia en la Feria de Abril de 1998 de Santa Coloma de Gramenet exhibía sin el menor recato la cola de su corbata ante las ovaciones de sus incondicionales psoeros, deseosos del revolcón que sin duda va a propinar próximamente al señor Aznar. ¡Grave pecado el de esa exhibición caudal, que un elegante jamás se permitiría! La estoica imagen del depuesto ex vicepresidente de gobierno posando para la eternidad mantiene al menos la dignidad corbatil ausente de la otra parte de la fotografía.

¡El cuello abierto, el cuello abierto! Nunca nos cansaremos de denunciar los peligros de ese tipo de camisa. Ahí tenemos a un prestigioso investigador español en la astronáutica, Javier de Felipe, que echa a perder lastimosamente su imagen por culpa de un cuello-fauce abierta para el que no hay remedio corbatil posible. Pero hombre, que vayan así los wallstreeteros pase, pero, ¿los virtuosos de la ciencia? Con estos cuellos de camisa, ¿cómo esperas capturar la corbata? ¿Qué tiene de raro que se escurra hacia abajo, más por horror que por gravedad? De todos modos, no había casi remedio para el desaguisado.

Un buen día, el actor Paco Rabal se decidió a ponerse corbata, y los resultados fueron los que eran de esperar. La ocasión ciertamente lo merecía: un homenaje que le practicaron en Cabezas de San Juan. Pero, claro, la pala y la cola de esta corbata, seguramente olvidada desde hacía treinta años en un desván, no estaban acostumbradas a marchar juntas, y a la vista está el resultado de su divorcio.

 

Otro desaguisado frecuente por desgracia es la tira excesivamente visible, como le ocurre al marido de Norma Duval. Al menos, la foto demuestra que la corbata no es artificial, de las de gomita. ¿Así las lleváis en el Este? Hombre, un poco más de cuidado. De todos modos, también en el mundo capitalista cocemos habas, y al menos igual de grave es que luzca una pinta parecida el jovencísimo príncipe inglés Guillermo. Pero todo se andará.

Pues, ¿y ese señor que anuncia todo sonriente los pisos de Don Piso? Tan a gusto está con su corbata, que la ha hecho bífida. La pala y la cola, en géneros a igualdad de oportunidades, lucen juntas en el sonriente frontis de su cara. Y seguimos con el señor Dennis Stevenson, presidente de la compañía editora inglesa Pearson PLC, tan contento por la marcha de sus negocios que no repara en la inadecuación del cuello de su camisa con su corbata. ¡Y es inglés! ¿Cómo no iba perderse el Imperio Británico?

Por último, el ejemplo cumbre: Alejandro Gravier, el marido de Valeria Mazza, saliendo de la iglesia del brazo de su esposa (1998). ¿Se nos perdonará la desatención de haber prescindido de la imagen de la bella para poder centrarnos mejor en el análisis de la corbatológica bestia?

 

                          Josep M. Albaigès, may 98