CÁTEDRA
DE CORBATOLOGÍA
Catedrático:
Josep M. Albaigès i Olivart
BREVÍSIMA
HISTORIA DE LA CORBATA
Los precedentes más antiguos
de la corbata se remontan nada menos que a los romanos, quienes usaban una
prenda denominada focale,
derivada sin duda de focase,
a su vez de fauces, “garganta”. Se
trataba de un tejido de lana o seda o algodón con el que se preservaban del
frío los hombros y la cabeza (es de suponer que hoy la llamaríamos bufanducha,
bufanda-capucha). Los oradores, tan prestigiados en la época, cuidaban su
preciosa salud contra los resfriados mediante unas quijaderas
llamadas focalia vel focale. Pero en conjunto era norma en Roma ir con el
cuello descubierto. Consta históricamente que aunque el friolero Augusto tenía
la prenda focale en sus aposentos
jamás se le vio con ella en público.
¿Y los chinos, eternos
reventadores de toda originalidad? También se ha pretendido que los soldados
del siglo II aJC eran enterrados con sus “corbatas” puestas. Bueno, será. Pero
es muy dudoso que tanto sus adminículos cervicales como los de los romanos
tuvieran finalidad ornamental alguna.
Tras el largo salto de la
Edad Media, en que se estaba más para yelmos y cotas de malla que para adornos,
aparecen en el Siglo de Oro español las gorgueras, engomadas o frisadas dobles
y sencillas. El majestuoso porte (no exento, ante nuestros ojos actuales, de
una cierta risibilidad) que infundían al semblante se conseguía a costa de una
soberana incomodidad, por lo que, aunque adoptadas temporalmente en Europa
(siempre se copian los hábitos de la potencia dominante) eran prendas
incompatibles con el cabello largo, y menguaron en cuanto Luis XIII se lo dejó
crecer, para desaparecer del todo al recurrir Luis XIV a las complicadas
pelucas que serían moda durante un siglo. A partir de aquel momento los únicos
adornos cervicales fueron cintas de variados colores y pañuelos que sobresalían
de las bordadas camisas.
Y así llegamos al momento de
la aparición histórica de la corbata según su concepto actual, como mero adorno
del cuello y pechera, sin pretensión alguna de abrigo. Hacia 1660 llegó a
Francia un regimiento de mercenarios croatas, del que pronto se imitó una
prenda de vestir: un ceñidor en el cuello a modo de bufanda, de tela ordinaria
en los soldados y de muselina o seda para los oficiales, cuyas puntas
terminaban en un pequeño lazo de cinta o en una bellotita que caía con gracia
sobre el pecho. Se llamó al principio una croata,
palabra que derivó a la actual. La corte de Luis XIV adoptó entusiásticamente
el nuevo atuendo, difundido al máximo por la amante real, madame de Lavalière, que ha inmortalizado su nombre en un tipo de
nudo, la lavaliera.
Rápidamente la nueva moda
fue imitada por las clases populares y civiles, pero decayó en
cuanto los médicos llamaron la atención sobre los peligros por asfixia de los
cuellos excesivamente ceñidos, y acabó siendo suprimida, por motivos de tipo
doctrinario, durante la Revolución Francesa, para resurgir con fuerza renovada
y ya de forma definitiva durante la Restauración.
Así quedaba fijada la
corbata como prenda arrevolucionaria, carácter que no
ha perdido. Por ello su edad dorada sería la primera mitad del siglo XIX, época
hastiada de excesos y experimentos salvadores de la sociedad. Entonces la
prenda consistía en un pañuelo mucho más ancho que el actual, que llenaba el
pecho, en el que la estética se buscaba no sólo a través del diseño de la tela,
sino mayormente por el complicado nudo y la gracia de los pliegues y lazos.
De la mano del famoso dandy Beau Brummel
se alcanzaría una notable complicación en tejidos, diseños y estilos de nudos.
Pero avanzando el siglo fueron imponiéndose formas más simplificadas,
especialmente debido al nuevo corte de las chaquetas, ceñidas hasta el cuello y
que por tanto dejaban poca pechera de la camisa visible. El cambio más
significativo fue la substitución del doble colgante delantero por un colgante
simple, el de la pala de la corbata, lo que permitía concentrar la atención en
la belleza del diseño, que así dejó de ser negro o de un solo color. Así se llegaba
al concepto actual de corbata.
A fines de siglo sobrevino
un nuevo renacimiento. Aparecieron los diseños en rayas diagonales o lunares y
una evolución en el nudo hasta las formas actuales, si bien durante mucho
tiempo éstas convivieron con las diferentes formas clásicas de lacito, lazo y lavaliera. Pero a mediados de siglo XX, desaparecidas esas
variedades, la actual corbata de pala ha quedado triunfadora, y a ella se
reduce el diseño en el 99 % de los casos. Sin duda a esta polarización
contribuyó el fabricante estadounidense Jesse Langsdorf cuando patentó el actual modelo de corbata
inarrugable mediante el actual modelo de forro, confeccionado con una mezcla de
algodón, lana e incluso goma. La importancia de la corbata en esa época pasó a
ser inmensa: se decía del rey inglés Eduardo VII que consideraba arruinada una
tarde si uno de sus invitados no vestía la corbata adecuada. De poco más tarde
data la denominación de Windsor a uno de los nudos más conocidos, que más tarde
repopularizaría el presidente Ronald Reagan.
La etapa postbélica trajo
nuevos e increíbles diseños, la mayoría calificados sin vacilar como horteras
por los amantes de lo clásico, con dibujos increíblemente naïfs, que incluían personajes de
los dibujos animados, bombas atómicas e incluso relojes dalinianos de goma.
Llegaron a alcanzarse anchuras gigantescas, que requerían nuevos diseños de
nudos y habilidades increíbles para ejecutarlos.
Los años 50 vieron una nueva
decadencia de la corbata, que empezó por el sincorbatismo. Los nuevos tiempos
democráticos la tomaron una vez más con el tradicional adminículo. Pero, contra
el parecer de muchos profetas que han vaticinado su próxima desaparición, la
corbata sigue resistiendo e incorpora nuevos dibujos a la vez que se consolida
como la pieza indispensable en todo vestido elegante. Hemos vistos cambios
políticos cuyo primer signo externo fue la supresión de la corbata, que han
regresado a ella a medida que las aguas se han calmado. No creemos que en
muchos años vaya a registrarse ningún cambio significativo en esta actual
tendencia.
JMAiO, mayo
1998