EL “ARTE DE PONERSE LA CORBATA”

DEL BARÓN DE L’EMPESÉ

 

Un precioso librito editado en Francia en plena época de la corbatolatría merece el interés de todo buen corbatólogo. Se trata del

 

Arte de ponerse la corbata de mil y una maneras

o

Distintos modos de llevar el pañuelo en el cuello,

demostrado y enseñado en 18 lecciones

 

Su autor es un tal “Mr. Émile, Baron de l’Empesé”, y hay traducción española, editada en Barcelona en 1832. En una “Nota preliminar” se dice sentenciosamente:

 

El arte de ponerse la corbata es para los hombres de mundo lo que el arte de dar comidas para los hombres de estado.

 

Ya el nombre del autor, sin duda un socarrón seudónimo (fr. empesé, “almidonado”) da una clara pista del camino por el que discurrirá la obra. Entre bromas y veras, y alternando la indudable erudición, la mundología y la ironía mordaz, el autor nos ofrece un entretenido paseo por el mundo de la corbata, doblemente interesante para poder comparar cómo ha variado la prenda en siglo y medio.

Empieza con una frase lapidaria: “No a todos es dado ponerse bien la corbata”. Hace una breve pasada por la conocida historia de la prenda, y a continuación prodiga uno y mil consejos para el guardarropa del hombre selecto, básicamente examinar bien los pañuelos cuando los trae la planchadora, verificando su almidonado y doblado, para rechazar las que tengan defectos. ¡Qué tiempos aquéllos!

Llegado a los capítulos prácticos, el barón describe multitud de nudos, pero uno considera como básico y padre de todos: el que él llama gordiano, aludiendo al que en su día fue deshecho por Alejandro Magno de un tajo. Y añade, para justificar el nombre: “Todos los días vemos jóvenes elegantes que sin quererlo ni saberlo hacen nudos gordianos a sus corbatas... pero con la diferencia que cuando se trata de desanudarlos prefieren valerse de las tijeras”.

Ésta es la descripción literal del “padre de todos los nudos”:

 

En primer lugar el pañuelo en que quiera hacerse un nudo debe ser de forma mayor, almidonado, doblado y planchado, en una palabra, preparado exactamente como se manifiesta en la figura 1. Éstos son los tiempos de realización:

1.    Escogido el pañuelo se pone alrededor del cuello de este modo (Fig. 2) y se dejan colgar las puntas: primer tiempo.

 

Figs. 1 y 2

 

 

 

 

2.    Se toma la punta K, se pasa por dentro y subiendo (es decir de abajo arriba) la punta N como se indica en la misma Fig. 3: segundo tiempo.

3.    Se vuelve a bajar la misma punta K sobre el nudo empezado y medio hecho O, Fig. 4: tercer tiempo.

 

Figs. 3 y 4

 

4.    Después sin soltar la misma punta K, se dobla hacia dentro para hacerla pasar entre la punta N que se vuelve a la izquierda Y con el nudo que queda hecho de este modo Y, O, Fig. 5: cuarto tiempo.

5.    Finalmente después de apretado el nudo lo necesario, y haberlo chafado con el dedo pulgar e índice, y mejor si se ha planchado con la pequeña plancha de que se ha hecho mención en la lección precedente, se cruzan las dos puntas K, N una sobre otra, Fig. 6: quinto tiempo. En poniendo un alfiler en el punto de contacto H se tiene la solución del famoso problema del nudo Gordiano.

 

Figs. 5 y 6

 

Y añade: “Un pañuelo que ha servido para el nudo gordiano, no puede usarse después, sino por la mañana y sin vestir: tan estrujado queda con esta metamorfosis”.

 

Otros nudos son descritos por el barón. Los principales, sin duda en boga en sus días, son:

 

·       Corbata Oriental (con los extremos en forma de media luna, al parecer en uso en Turquía).

·       Corbata a la Americana (o a lo independiente). Muy similar a la Shelby.

·       Corbata Collar de caballo. Terminada con unas colas en zigzags en los extremos.

·       Corbata Sentimental. Nudo pequeño, redondeado. Según el barón es la adecuada para caras lánguidas, a tono con la moda romántica de la época.

·       Corbata a lo Byron[1]. Es un lazo, con tirabuzones muy marcados en los lados.

·       Corbata a la Cascada. Cayendo abundantemente por delante, a modo de bufanda.

·       Corbata a lo Bergami[2]. Se trata de un simple cruce de colas, sujetado con los tirantes o un alfiler.

·       Corbata de “Bayle” (ignoramos si se refiere a un “baile”, esto es, un alcalde, o a una sesión de danza). Similar a la anterior, a veces con las colas recogidas hacia atrás.

·       Corbata Matemática. Divertido nombre que se aplica a un simple cruce en X, de sencillez cartesiana.

·       Corbata a la Irlandesa. El cruce anterior se anuda, quedando como una aspa.

·       Corbata a lo Marata. El cruce se retuerce.

·       Corbata a lo Gastrónomo. Provista de un lazo corredizo que sujeta sus extremidades. Puede considerarse como un precedente de la actual corbata.

·       Corbata a la Jirafa. Justifica su nombre por tener que lucirse sobre una “almohadilla” (cuello para soportar el nudo) muy alta. Es anudada como las corbatas actuales.

·       Corbata a la Navarino[3], recuerdo de ese combate naval, entonces reciente (se dio en 1827 contra los turcos frente a la localidad griega mencionada). A pesar de que el autor la considera de gran “sencillez”, va sujeta con un nudo doble.

 

El barón no se conforma con los modelos al uso entonces, sino que añada muchos más de su propia cosecha:

 

·       Corbata de Caza.

·       Corbata a la Diana.

·       Corbata a la Inglesa.

·       Corbata a lo Abogado.

·       Corbata a lo Independiente.

·       Corbata de Maleta.

·       Corbata a lo Caracol.

·       Corbata de Viaje.

·       Corbata a lo Criminal.

·       Corbata a lo Calavera.

·       Corbata a lo Perezoso.

·       Corbata Romántica.

·       Corbata a la Fidelidad.

·       Corbata a lo Talma.

·       Corbata a la Italiana (nada que ver con el actual nudo a la italiana, y precisa de un aro para sujetar su nudo).

·       Corbata Diplomática.

·       Corbata a la Rusa.

 

Lo curioso es que no cite otros nudos también célebres, especialmente el hecho “a la lavaliera[4], famoso  ya desde el siglo XVII. Probablemente es alguno de los que él cita con otro nombre.

Se remata el libro con unas “Observaciones interesantes”. ¡Ya lo creo que lo son! Veámoslas:

 

Lo primero que debe hacerse con un hombre que se ahoga o que se halla indispuesto es empezar a desatarle la corbata, y quitársela enteramente, si lo exige su estado.

Coger a un hombre por la corbata es un agravio tan grande como darle un bofetón, y no puede sin deshonor borrarse semejante afrenta más que con sangre.

Es preciso aflojarse la corbata o quitarla del todo antes de ponerse a estudiar, a leer o a cualquier cosa que requiera recogimiento de ideas o satisfacción de los sentidos.

Los que tienen el cuello corto, las espaldas altas, la cara redonda llena y colorada, los que padecen dolores de cabeza, o de muelas, o de fluxiones en los ojos. Los que con facilidad tienen anginas, o que por una de estas enfermedades repetidas tienen las quijadas atumoradas o escirrosas. Todas estas personas y otras muchas deben tener el mayor cuidado en el modo de usar la corbata. Si las llevan demasiado compactas y apretadas están expuestos aun golpe de sangre y a verse atacados de los males que padecen. Pocas jaquecas y cefalgias hay generalmente que no se alivien con aflojarse la corbata.

Si se tiene la costumbre de dormir con un pañuelo en el cuello, cuidado con apretarlo; fácilmente se adivina por qué, los asmáticos, y los que padecen de sofocación deben llevarlos muy sueltos: en todos tiempos debe prohibirse, en las lesiones orgánicas del corazón, y de los grandes vasos; es decir que sólo debe usarse con mucho cuidado y cuando haya precisión de vestirse.

 

Sigue con un consejo digno de Beau Brummel:

 

En fin, un individuo que viaje y que se aprecie un poco, no debe olvidar nunca de llevar una caja de cartón para colocar en ella sus corbatas.

Esta caja debe tener sus divisiones, y ser de las dimensiones siguientes. Un pie y medio de largo, seis pulgadas de ancho, y un pie de profundidad.

Esta caja debe ser capaz de contener, a saber.

 

1. A lo menos una docena de corbatas blancas sencillas.

2. Otras tantas listadas o de muestra.

3. Una docena de color y de capricho.

4. Una docena de pañuelos de seda, tanto de un solo color como listados.

5. Cinco docenas de cuellos de camisa por lo menos.

6. Dos almohadillas.

7. Dos pañuelos de seda negros.

8. La pequeña plancha de que se ha hecho especial mención en la primera lección.

9. Y último artículo, el mayor número posible de ejemplares de esta obra interesante, sin que haya una precisión absoluta de hacerlos encuadernar para que abulten menos.

 

La divertida “Conclusión” del libro es la siguiente:

 

De la  importancia que se da a la corbata en la sociedad.

Se presenta un hombre decente en una sociedad brillante en que se gloria de tener gusto y talento (en cosas de moda se entiende), saluda, le contestan, como está, etc.

Los cumplimientos que le hagan serán siempre en proporción al modo como lleve puesta la corbata, y además su traje, aunque esto sea sin embargo lo primero en que se repara.

Lleva una corbata de tres palmos, de un solo color, puesta sin cuidado y sin elegancia, ni siquiera se advertirá si el corte de su fraque se resiente de la antepenúltima moda. Todo se olvidará para fijar la atención en su corbata: el recibo que se le haga será con frialdad, y apenas se levantarán para saludarle: pero si el nudo de su corbata esta hecho con maestría, aunque su vestido lo esté por un sastre de rincón, al momento dejarán sus sillas con respeto; corren a su encuentro, se le ofrece el asiento que se ocupaba, y todos los ojos están fijos en la parte de su cuerpo que separa las espaldas de la parte inferior de la cara. Habla; se le escucha con profunda atención; aunque diga una sarta de disparates se le pone a las nubes... Es un hombre que ha estudiado a fondo la teoría razonada de los treinta y dos modos de ponerse la corbata.

El pobre joven al contrario que ignora hasta que el hijo del difunto Barón del Almidonado ha publicado una obra sobre esta materia interesante, por más juicio que tenga, por más talento e instrucción, tendrá que pasar en clase de ignorante, y lo que es más, tendrá que sufrir las impertinencias de un fatuo que lo recibirá con desdén porque su corbata y nudo en nada se parecen a la suya. Tendrá precisión de escucharle silenciosamente (so pena de pasar por descortés) cuantos desatinos le dé la gana de ensartar, sin más consuelo que escuchar en derredor suyo el murmullo insultante de Ah! Ah! No sabe ponerse la corbata.

 

En un epílogo, el autor promete la publicación en breve de otras obras, como:

 

Arte de pagar sus deudas y satisfacer a sus acreedores sin sacarse un cuarto del bolsillo.

Arte de no almorzar jamás en su casa, y de comer siempre en la ajena.

 

                                                                         Josep M. Albaigès, mayo 1998



[1] George Gordon, lord Byron (1788-1824), paradigma de poeta romántico inglés, debía forzosamente dejar su impronta en la vestimenta masculina. Tras lucir su tipo sensible en Inglaterra, terminó su vida combatiendo en Grecia por la causa de la libertad de ese país.

[2] Bartolomé Bergami, conde de Francini, italiano del siglo XVIII-XIX, amante de Carolina de Brunswick, esposa del prñíncipe de Gales (más tarde Jorge IV).

[3] El nombre de Navarino gozó de popularidad desde 1827, por la victoriosa batalla en que la armada aliada anglofrancorrusa venció a la turca en ese lugar de Grecia, cercano a la antigua Pylos.

[4] Por Louise Françoise de La Baume-Le Blanc (1644-1710), duquesa de La Vallière, amante de Luis XIV eclipsada finalmente por la Montespan. Su elegancia en París marcó época.