ALGO SOBRE EL CULO FEMENINO

 

Cuadro de texto:  De hecho este artículo es una continuación de ¿Por qué andamos erguidos? Allí intentamos comentar el motivo por que el homínido, en un instante dado de su historia, decidió asumir la postura erecta, hecho trascendente del cual surgirían importantes consecuencias evolutivas. Pero otras muchas se quedaron en el tintero, no por baladíes sino por falta de tiempo. Vamos a hablar hoy de ellas.

Cuadro de texto:  Cuadro de texto:  La postura erguida, amén de las curvaturas espinales, la modificación craneana, el estrechamiento pélvico, etc., tiene otras secuelas fácilmente captables externamente. La primera es el desarrollo de las masas carnosas glúteas: de entre las 193 especies vivientes de primates, sólo la humana posee esas protuberancias semiesféricas, destinadas tanto a equilibrar la marcha vertical como a proporcionar un soporte a la posición cuclillar, de propiedades obvias de cara a la movilidad, por cuanto permiten un estado de reposo menos inerte y más activo que el yacente. La entrada en acción desde el mismo puede ser inmediata, con las consiguientes ventajas logísticas. Conviene destacar el hecho de que, como vimos, el desarrollo del trasero es simultáneo al del cerebro y, en cierta forma, su correlato inseparable.

Cuadro de texto:  Cuadro de texto: Venus de LespugueCuadro de texto: Venus de WillendorfNo cabe duda de que los glúteos llegaron a desempeñar en el género femenino un papel estimulante sexual similar al que otras especies animales encomiendan a los plumajes, la cola, el pelaje, etc., etc. Hallamos espléndidas representantes de mujeres de grandes nalgas en las estatuillas llamadas “venus” de Willendorf (Austria), Sireuil (Dordoña) o Lespugue (Alto Garona), verdaderos desafíos a las leyes anatómicas, apilamientos de masas redondeadas y pulidas, difíciles de comprender hoy, pero de significado indudable. Especial interés tiene la de Gilan (NW de Irán), que opone a unos pechos simbólicos una amplitud de caderas ciertamente superlativa.

Cuadro de texto: Venus de Gilan¿Tenía esta hipertrofia una función mágica en la caza y en la fecundidad o correspondía a una realidad anatómica? Es cierto que las llamadas “venus impúdicas”, como las de Laugerie Basse, reducidas a la forma y dimensiones de su vulva, podrían hacernos pensar en lo primero, pero también es un hecho comprobado que algunas tribus africanas han basado su canon de belleza en una hiperplasia que sería monstruosa para los occidentales do hoy, como la que puede verse en el ejemplar hotentote reproducido en el Musée de la Decouverte de París.

Desmond Morris relanzó en su libro El mono desnudo la hipótesis explicativa y casi olvidada de Lombroso sobre los “duplicados anatómicos”. Una de las consecuencias del abultamiento nalgar fue el estorbo para la penetración si se abandonaba la posición copulativa more ferarum (literalmente, “al modo de las bestias”, es decir, por detrás), lo que llevó a la postura frente a frente (“del misionero” llamada así por los pueblos ajenos a la cultura occidental, desconocedores de ella, que observaron su práctica en los blancos llegados para evangelizarles). La adopción por nuestra cultura de ese modo frontal de copulación, menos estimulante por su mayor dificultad para la estimulación clitórica (aunque más gratificante desde el punto de vista comunicativo), había de llevarnos a nuevas conductas y conformaciones sexuales que siguen desarrollándose aún. Partiendo de una situación inicial en que los atributos sexuales visibles como la vulva y las nalgas constituían poderosos alicientes para la unión sexual, algunos componentes anatómicos femeninos adoptaron nuevas formas destinadas a sustituir los primeros estimulantes. Dejando para otro día el examen de la obvia duplicación vulva/boca, resulta del máximo interés la evolución de los pechos, que henchiéndose suplían la semiesfericidad de las nalgas, y acentuando el encarnado de su areola tomaban el relevo de las rojeces nalgares ostentosas que todavía hoy vemos en los platirrinos.

Establecido así el nuevo canon estético, éste se ha mantenido con los años, si bien conviviendo con el antiguo, de forma que la preferencia nalgas/pechos puede llegar a ser un signo distintivo de algunas culturas. La italiana, con su indudable sesgo por las primeras, y la norteamericana, por las segundas, podían ser los polos Norte y Sur respectivos, que generan a su vez sendos tipos de mujer completamente distintos morfológicamente, como bien conocen los aficionados al cine o a los viajes. La organización social, la moda e incluso la industria se adaptan a estos modelos: igual que el Wonderbra ha constituido la más reciente aportación de la ciencia al “tipo norteamericano”, hace un siglo ocurrió lo mismo con el estrepitoso éxito del polisón respecto al italiano.

Cuadro de texto: La Venus del espejo, por VelázquezCuadro de texto:  En el terreno de la mitología, es imposible dejar de destacar la Afrodita o Venus Calipiga (“del bello culo”), apodo de la diosa ligado a una romántica leyenda, según la cual dos hermanas pobres pero de hermosos atributos posteriores habrían erigido, en agradecimiento por haber encontrado marido gracias a su retrobelleza, un templo a la diosa en cuyo altar ésta aparecía de espaldas, regalando al mundo toda su magnificencia lumbar. En todo caso, las venus calipigas, repetidas ad infinitum por la posteridad, constituyeron un capítulo del arte del desnudo, una de cuyas mejores representantes es la Venus del espejo, de Velázquez. Como en ese cuadro, el baño, la toilette, el momento amoroso, todas ellas escenas preferidas de pintores, revitalizadas gracias al cine, crearon un estilo que ha llegado a denominarse “voyeurista” por los dotados del prejuicio pudoroso, tan abundantes en todas épocas.

La religión cristiana ha mirado siempre la simetría geométrica nalgar, definidora de un foco atractivo, como un lugar sospechoso, un punto donde concurrían las propiedades terrenas y demoníacas, que eran simbolizadas en el famoso “beso negro”. La poesía no ha estado ausente de esas manifestaciones: basta con recordar la célebre testimonio (1537) de Eustorgio de Beaulieu:

 

Ô cul de femme! Ô cul de belle fille!

Cul rondelet, cul proportionné,

De poil frisé pour haie environné

Où tu te tiens toujours la bouche close,

Fors quand tu vois qu'il faut faire autre chose.

Cul bien froncé, cul bien rond, cul mignon,

Qui fait heurter souvent ton compagnon,

Et tressaillir, quand sa mie on embrasse

Pour accomplir le jeu de meilleure grâce[1].

 

No podemos dejar de mentar la concurrencia medieval entre “culo” y el sexo en general, que parece insinuarse en esta poesía y en otras muchas referencias de la época, como la tradición de santa Nafisa (citada en La lozana andaluza), “que daba su culo por limosna”, donde esta doble acepción aparece meridianamente clara. En todo caso, en el s. XIII, Caesarius d’Eisterbach (Dialogus Miraculorum, vol. III) había atribuido a los demonios la ausencia de culo cuando tomaban la forma humana. La sibila de Panzoust (Gargantua, 13) muestra su culo a Panurgo y su compañeros, y besar el culo a las personas a quienes se desea adular (más brutalmente, “lamerle el culo”) es una indicación clara de cariño extremo, llevado a la sumisión. Esta tradición explicaría, según el ya citado Morris, que bastara con enseñar el trasero al demonio para poner en evidencia su debilidad y forzarle a la retirada. Si hemos de juzgar por la frecuencia cada vez mayor de ese gesto como protesta, esta hipótesis tiene buenas probabilidades de ser cierta.

Cuadro de texto:  Pero no nos alejemos del objetivo principal de este artículo. Muchos son los aspectos que pueden comentarse sobre el culo femenino, pero todos giran en torno a una cualidad: su convexidad, rotunda, específica, doble. La Venus de Cnido, protegiendo instintivamente su pudor, no hace más que realzar en su doblemente esférica zona inerme a la mirada admirativa ese “estremecimiento sensual” del que habla Kenneth Clark. Y Matisse decía a un alumno: “Toda forma del cuerpo humano es convexa, no hay una sola cóncava”. Hay que apresurarse a añadir que Matisse, como artista preocupado exclusivamente por la morfología espacial, reducía el cuerpo a una geometricidad artística, de lo contrario sería inaceptable esa asimilación de la esencia femenil, de vocación indudablemente cóncava, a su morfología. En efecto, en un dibujo del mismo artista, Nu assis; jambes croisées, las posaderas femeninas se reducen a una línea, una sutil vibración, una huella atmosférica.

Cuadro de texto: Matisse: Nu assis; jambes croiséesLo que nos lleva finalmente a una característica culminante: la geometría sería al fin y al cabo letra muerta, pero el espíritu que lo vivifica es el movimiento, sutilmente captado en ese ejemplo por Matisse. Es el impulso, es la traslación, es la vibración lo que le da gracia, vida y esplendor. El cantautor Leo Ferré decía líricamente: “Ton style, c’est ton cul”. De nada serviría la geometría, la perfección formal, si no estuviera al servicio de una energía ondulante, movediza, perenne, incluso pícara. Fuera el culo redondo como el de Ornella Mutti o cuadrado como el de Romy Schneider, inmóvil y expectante como en Brigitte Bardot, o desafiante y provocativo, como en Jayne Mansfield, siempre era el movimiento el timbre de su perfección vital, ya fuera circunscrito localmente, como en Marilyn Monroe, o comunicado a todo el resto del cuerpo, como en Mae West. Un movimiento cuyo nacimiento en las desmesuradas profundidades lumbares exige la adopción de grandes escotes zagueros para que pueda ser apreciado en su expansiva magnificencia, o como mínimo de apretados vestidos turbadoramente rubricadores de una vital pulsión interior.

De hecho, no sería exagerado postular que la danza no es en principio más que una extrapolación espacial del movimiento del trasero, una generalización de éste a todo el cuerpo, en donde los restantes órganos externos juegan un papel subordinado. Contra lo que inicialmente creyeron las autoridades religiosas, cuya desconfianza las llevó a frecuentes proscripciones, la danza no es necesariamente una llamada al sexo, sino una exteriorización del universo íntimo de la mujer, de su aura voluptuosa. La danza hindú cuida especialmente el equilibrio entre los movimientos de las tres curvas femeninas externas (la espalda, las nalgas y las piernas), lo que podríamos llamar “el trío voluptuoso”, en contraposición a la danza árabe, que con su indudable incitación lúbrica centra los movimientos internos en el vientre, las nalgas y los pechos (el trío sensual). Y es curioso que en ambas, que en cierta forma suponen los polos extremos según los cuales puede concebirse la danza, intervengan por igual las nalgas: una clara demostración de su carácter central en todo el proceso.

En fin, podríamos explorar la presencia de la nalga en las ciencias, en la concepción del hombre y aun de la filosofía. Pero temo que el artículo resulte excesivamente largo por hoy. Si continúa el interés de los lectores y las lectoras, y Dios me da fuerzas, seguirán más entregas. Estáis cordialmente amenazados.

 

                                                                                                Josep M. Albaigès

                                                                                                Barcelona, noviembre 2000

 



[1] ¡Oh culo de mujer! ¡Oh culo de muchacha! / Culo redondito, culo proporcionado / cercado de un cordón de rizada pelusa / Cuya boca mantienes siempre cerrada, / Salvo cuando ves que hay que hacer otra cosa. / Culo bien plegado, culo redondo, culo bonito, / que hace tropezar frecuentemente a tu compañero, / y estremecerse, abraza cuando a su amigo / Para llevar a cabo el juego de la mejor gracia.