HISTORIA DE LAS MEDIAS
Las medias femeninas permanecieron durante siglos
ocultas a la mirada (y con mayor motivo, las piernas). Entonces se las llamaba
calzas.
Una de las muchas leyendas que se cuentan de la reina
Isabel de Castilla se refiere al regalo que le llevó el embajador de Francia:
un precioso par de calzas de seda bordadas. Inmediatamente estalló el escándalo
en la corte. ¿Cómo el embajador podía aludir de un modo tan grosero a la
intimidad de la católica soberana? No tenemos ninguna duda de que el regalo
sería devuelto con desdén.
Las piernas no existían, literalmente hablando. Al
menos es lo que se desprende de otra anécdota ya de época mucho más reciente.
Cuando a otra reina Isabel (II), le fueron ofrecidas unas calzas, el indignado comentario
del jefe de la Casa Real fue: “¡Las reinas no tienen piernas!”
Pero sí tenían, y a muchas les gustaba adornarlas con
empaque real. Consta que otra Isabel más, la I de Inglaterra, agradeció mucho a
lady Montagu el regalo del primer par de medias
fabricadas en un telar, proclamando que le hubiera gustado usar siempre medias
como éstas, tubulares, muy adherentes y que tan bien modelaban la pantorrilla.
Pero aunque a través de los siglos las mujeres usaron
medias más o menos finas y caras según la moda, éstas permanecían ocultas por
la longitud de las faldas, y la mayor atención era dedicada a los zapatos. Pero
los bordados de las medias de estas épocas demuestran que maridos, amantes y
favoritos recibían cumplida atención.
Pero llega el siglo XX, y aquí es donde la palabra
calzas debe ser sustituida por medias. Ya en 1909 el vestido de paseo de moda,
que llamaba trotteur,
descubre, para hacer más elástico el paso de la mujer que marcha hacia nuevas
metas, todo el pie. Y en la temporada 1913-14 las faldas se acortan hasta dejar
al descubierto no ya el mítico tobillo, sino la pantorrilla hasta cerca de la
rodilla, y aquí es donde la media empieza a constituir un objeto visible, al
que hay que dedicar atención. No es ocioso señalar que este aligeramiento va
simultaneado con el del busto: Poiret, el famoso
modisto parisino, lanza el sujetador y el liguero. Hay un deseo de aire libre,
de deporte: la mujer desea bañarse en la playa, pero eso sí, todavía con
medias.
Y, en esta aceleración del tiempo, llega la guerra mundial.
Las faldas siguen acortándose hasta casi la rodilla, y cuando en los años
veinte la moda à la garçonne
invade Europa, la nueva mujer, flaca y casi efébica, de caderas y pechos
breves, se mueve con audacia al son de los ritmos sincopados que, importados de
USA, conquistan el Nuevo Continente como antaño lo hicieran las fuerzas
estadounidenses.
La media prosigue su desarrollo imparable, pese a los
constantes desafíos técnicos que planteaba la constante búsqueda de un
adelgazamiento compatible con la comodidad, el abrigo y la estabilidad. De
pronto, la guerra introduce un nuevo contratiempo: en 1941 el gobierno
británico prohíbe el uso y la venta de las medias de seda. Pearl
Harbour había cortado el suministro de seda japonesa,
y la poca existente debía ser utilizada con fines bélicos, desde los paracaídas
a determinados vestidos para las tropas que debían operar en climas nevados. En
Europa, las piernas de las mujeres quedan a la vista hasta la misma rodilla,
sobre aquellos zapatos casi ortopédicos de suela altísima (los topolinos), y los púlpitos empiezan a tronar contra tantos
acortamientos. El Papa arremete contra los “vestidos exiguos quo que están
hechos de tal modo que ponen de relieve lo que deberían ocultar”.
Pero la escasez se deja sentir también. A falta de
medias, buenas son pinturas con un pigmento más o menos ocre. Lo más difícil,
la falsa costura, debía ser hecha por una amiga. Hay que ver lo que puede el
ingenio.
Y mientras tanto ya había aparecido lo que sería el
sustituto de la seda: el hilo de nylon (1937), que pondrá la prenda al alcance
de todo el mundo. El 15 de mayo de 1940, cuando se comenzaron a vender las
primeras medias de nylon en USA, desaparecieron cuatro millones de pares en
cuatro días. Las medias hechas con esa fibra sintética llegaron a Europa con
los soldados
estadounidenses, y marcaron una nueva época: las
medias se rompían menos, y aquellas torturas para coger los puntos soltados,
que exigían una habilidad insólita pese al ayudo de lupas, empezaron a ir en
retroceso simplemente porque el precio había bajado y salía más a cuenta
comprar un nuevo par.
Las revoluciones se suceden: en 1950 las llamadas
“medias de cristal” por su transparencia, provocan nuevas tronadas en los
púlpitos, especialmente en países dominados por el clero, como España. Las
mujeres siguen yendo a misa, pero no hacen caso: ¡es tan bella la pierna vista,
y encima realzada por o la media! Y en 1956 nacen las medias sin costura, que
son acogidas con satisfacción: son más cómodas y prácticas, y liberan de la
permanente tendencia de aquélla a torcerse. De todos modos, estas innovaciones
no siempre son bien acogidas, especialmente por los caballeros, que recuerdan
el placer visual de una señora que se inclina para estirarse las medias o para
detener, con un dedo humedecido en saliva, la carrera que sube o baja por la
pierna.
A fines de los 50 llegan los leotardos, de momento
para niño. Pero pronto las mujeres se apropiarán de ellos. Ese invento,
convenientemente estilizado, acabará en los hoy omnipresentes pantys.
Pero volvamos a los 60: una jovencísima diseñadora, Mary Quant, lanza la audaz
minifalda, que rápidamente obtiene un éxito arrollador. Las piernas, los
muslos, saltan al aire. La minifalda es sustituida brevemente por las bermudas
y los hot pants,
que requerían como aquéllas, medias hasta la cintura. Es el momento del panty elástico, a menudo de color y adornado con los
motivos más ingeniosos.
En los años 70, ¡ay!, un triste acontecimiento:
empiezan a triunfar masivamente los pantalones. La mujer los lleva cada vez más
a gusto, y la moda es tan arrolladora que durante unos años las piernas
femeninas desaparecen de la vista. ¡Son tan cómodos! No hay que preocuparse por
la depilación, ni por las carreras, ni por el viento, ni por nada. De paso, así
las medias duran mucho más y sus fabricantes empiezan a preocuparse. Tampoco
los varones no se sienten a gusto. La consigna es clara: ¡Hay que fomentar la
vuelta a la falda!
El liguero es la prenda sexy por excelencia, la
preferida por los hombres, pero tiene serios inconvenientes en cuanto a la
comodidad: se desajustan, a veces se sueltan e intentar correr con ellos
puestos puede ser todo un drama. Odian el panty:
“Armadura medieval, coraza antiestética, incomodísimo para cualquier incursión
un poco audaz”; así se manifiestan en una encuesta realizada por la revista Donna en 1983, al
par que suspiran por el binomio liguero-medias, que los más jóvenes, por
desgracia, ya no conocen.
Y la media tradicional vuelve por fin. Pero ya nunca
será como antes: convive con el panty. Con todo, la
variedad puede compensar esta pérdida. Las medias son lisas, de colores, con
dibujos, permiten todos los caprichos del diseñador. Aparecen mil tipos de
ligueros. Las ligas, también recuperadas, son de variados colores, con
predominio del rojo, y recuperan el carácter simbólico de que ya gozaban en la
Edad Media, cuando aquel rey emitió la célebre frase “Honni soit qui mal y pense” al devolver a una dama la liga que se le había
caído danzando.
De pronto, en los años 80, la media se oscurece, y en
ese color, cuando no totalmente negra, triunfa en toda la línea, recordando la
España del Siglo de Oro. Pronto El Corte Inglés y demás fabricantes intentarán
destronarlas (¡hay que variar, hay que comprar cosas nuevas!). Pero la media
negra resiste años y años de este acoso comercial, y entramos en el siglo XXI
sin que nada enturbie su reinado.
Es interesante preguntarse el por qué de esta
fidelidad femenina al negro (que tampoco disgusta del todo a los hombres).
Sociólogos de enjundia se han sumergido en el estudio, y las conclusiones
varían: desde quien piensa que simplemente adelgaza hasta quien supone que
proporciona una relativa seguridad a la mujer que se olvida así de estar
exhibiendo sus piernas. Sea como sea, la media oscura permanece y no parece que
en fecha próxima vaya a ser desterrada.
El nuevo siglo, valorador
por ahora de la novedad a ultranza, llega a la audacia máxima: el
vestido-media, aunque dudamos de su aceptación.
Josep
M. Albaigès, Barcelona, sep 02
