¿Y LOS CALCETINES?

 

Los calcetines, siempre altos, y mejor aún con ligas; no compréis calcetines bajos para no tener la tentación de usarlos.

Alberto Arbasino, El anónimo lombardo.

 

Las cosas han cambiado. La media, que antaño fuera una prenda fundamentalmente masculina, destinada a su visión y deleite, ha pasado al sexo opuesto, y no dejamos de celebrar este cambio, visto el partido que las féminas han sacado de él. Con este motivo, hasta el nombre cambió: la calza o calceta se llama hoy media, cuando no panty. Pero el nombre es lo de menos: como diría Julieta, “con cualquier otro nombre, sería igual de bonita”.

Le queda al hombre el calcetín. Pero, en los últimos años, éste ha emigrado bajo el pantalón, y esta huida lo ha relegado como símbolo de la elegancia. No es casual que esto haya coincidido con el auge de la corbata, prenda que en otros lugares estudiamos como se merece. En unas épocas (años 60), en que el pantalón era bajo, la vista podía apreciar el calcetín, y esto permitía algunas fantasías en colores: rojos, amarillos, cuadros, puntos y hasta cornucopias se vieron en aquellos felices años. Bien es cierto que por la misma razón se veían a veces viciosos espectáculos: franjas de piel peluda o lechosa por encima de unos calcetines bajos, que descalificaban al punto, sin apelación alguna, a quien con tanta temeridad  o ingenuidad los llevaba.

Pero, instalada al parecer como definitiva la moda del pantalón sobrelargo, que llega a montar (a veces escandalosamente) sobre el zapato, el calcetín, como prenda invisible, se refugia en modestos colores: gris, negro, o (¡cuidado!) beige.

Pese a todo, la pierna masculina sigue haciendo acto de presencia, aunque sea al arremangarse los pantalones para prevenir su desgaste por las rodillas, y los elegantes seguirán preguntándose cuál es el más adecuado.

Unos años se impuso el “calcetín ejecutivo”, suave como una media y de color invariablemente oscuro, pero su excesiva finura casa mal con la rugosidad de la pierna masculina, cuyas vellosidades pueden entreverse fácilmente. Por ello no siempre es recomendable.

Si uno es lo bastante audaz como para atreverse con otros colores, ¿cuáles deben ser éstos? En los manuales bon ton de la época citada se daba como axioma que el calcetín debía combinar con la corbata. Ejemplos: “Si ésta es roja y blanca se puede permitir un burdeos muy oscuro; si es azul, los calcetines también lo serán”.

Es decir, que si la corbata es amarilla, ¿deberán ser los calcetines igualmente gualdas? No seré yo quien haga el experimento. El calcetín no debe entonar precisamente con la corbata, sino (¡regla de oro!) con la indumentaria en su conjunto, que a su vez se conjugara armónicamente. Pues la corbata no deberá darse de bofetadas con la camisa ni con el traje.

La regla de todo buen cuadro es que el color esté todo él en cada una de sus partes, evitando agresiones visuales. De la misma forma que la corbata debe mantener armonía con la camisa a través de una repetición de tonos, también ocurrirá lo mismo con el calcetín.

Esto conocerá sus excepciones, que sólo los realmente elegantes sabrán descubrir: será siempre un tanto hortera la vestimenta totalmente blanca, desde los zapatos a la corbata, aunque no totalmente gris, siempre que los grises guarden una adecuada gradación. ¡Ojo con el verde! Muchos han naufragado con él.

 

                                                                                                 JMAiO, sep 02