PALABRAS

 

CONSERVO un curioso artículo, publicado en estas páginas en febrero de 1982, en el que Torcuato Luca de Tena comentaba cum­plidamente la iniciativa de El Mercurio, de Santiago de Chile, de requerir a cien escrito­res de habla española —noventa y nueve, para ser exacto, más nuestro Rey— que eligiesen las diez palabras que, a su juicio, eran las más bellas de nuestra lengua. Sólo sesenta y dos respondieron, de los cuales once se excu­saron, o escribieron sin pronunciarse, en torno a lo que una propuesta así suponía. Na­turalmente, hubo singularidades de muy di­versa índole: por ejemplo, cómo ciertos escri­tores —Carmen Conde, Miguel Delibes, Sainz de Robles...— dieron respuestas más propias de políticos al exponer sus preferencias («li­bertad», «solidaridad», «justicia», «amor», «lealtad», «tolerancia»...), en tanto que los políticos literatos (Uslar Pietri, Areilza, Sainz Rodríguez...) se comportaban exclusiva­mente como escritores («amanecer», «azul», «yerto», «pájaro», «arcángel», «amapola»...) Para sorpresa mía, Uslar incluía en su decena «ruin»; Areilza, «soñadero», no recogida en el DRAE. Quienes atendieron sólo al sentido que las palabras expresan, coincidieron, por este orden, en «amor», «libertad», «madre», «alegría» y «Dios»; quienes escogieron por su eufonía, dieron la palma a «éxtasis», seguida de «libélula», «esperanza» y «alféizar». Entre estos últimos estaba el propio Torcuato Luca de Tena, cuya lista transcribo: «ánfora», «libélula», «cariátide», «marfil», «esperanza», «nemoroso», «rosáceo», «inefable», «nenúfar» y «rumor».

Si rememoro tales iniciativa y comentario es porque, recientemente, un entrevistador quiso de mí algo similar, y yo, tras meditarlo unos instantes, pronuncié «espejo», «ceniza», «araña», «sombra», «otoño», «pueblo», «mar», «madre», «río», «ángel», «muchacha»... Once, como en un equipo ideal que me juega por dentro, que me hace ver y saber; palabras que una vez y otra regresan a lo que escribo, acaso a lo que digo, multiplicándose, mági­cas, preñándose de fuegos interiores, esta­llando luego, y dispersándose, engendrado­ras, arrastrando en sí y tras de sí sentimien­tos y vivencias. «Hay palabras —dice Rahner— ­que nos confieren sabiduría haciendo reso­nar lo mucho en lo uno»; y esa resonancia es­timula,, conforta e inspira. Luis Rosales habló de «la palabra y su sombra de dominio», pero es más bien su luz la que se adueña de noso­tros, y nos hace al par luminosos e ilumina­dores.

Repaso mi relación y reconozco que no ha sido lo melodioso, lo acústico agradable, lo que determinó mi elección. Fuera así, y quizá no eludiera, v.g., «lapislázuli». O «alcándara». Las esdrújulas se imponen, señoras y señeras: «sándalo», «clámide», «relámpago». Hay palabras que sin ser propiamente ono­matopéyicas, definen, revelan; refiriéndose a ellas, Mújica Laínez ha escrito que «con su sola musicalidad trasmiten lo que encierra su significación: así, «majestuoso», que se mueve como si arrastrase un manto; «envi­dia», en cuyas íes silban las serpientes; «noc­turno», que ahonda su misterio con esa «u» admirablemente situada entre cuatro conso­nantes, como una voz que llama, descono­cida, en el bosque secreto de la noche»... Tan es cierto, que a veces el escritor las rehúye. Pienso en «dulce», hoy blanda y contamina­dora, y ayer iterada con delicia: «El dulce la­mentar de dos pastores» (Garcilaso)... «Dulce prisión y dulce arder por ellos» (Lope)... «Dulce vecino de la verde selva» (De Ville­gas)... Gabriel Bocángel, hablando con sus es­critos, plasmó para la historia un cuarteto re­velador: «Canté el dolor, llorando la alegría; / y tan dulce tal vez canté mi pena / que todos la juzgaban por ajena, / pero bien sabe el alma que era mía». Corría la primera mitad del XVII, y el poeta madrileño titulaba su li­bro La lira de las musas. He aquí otra pala­bra en desuso. ¿Quién se atrevería hoy a de­cir “de las musas” en su prosa o su verso? Es como si la palabra «musa», apeada de su su­midad, se asomase, sumisa, a la mesa, y asu­miese sumirse en su masa, sumergirse, en suma, por el sumidero.

 

                                                                         Carlos Murciano

ABC, 03.12.98, remitido por Antonio Casao