La inmensidad de la irrelevancia
El título es La original miscelánea de Schott (Sonzogno,
15 euros) y, desde un cierto punto de vista, se trata del libro más inútil que
haya sido escrito jamás. Y no porque algunas de las
cosas que contiene no puedan tornarse útiles, al menos de vez en cuando, sino
porque nunca nadie recuerda ir a buscarlas ahí. Pero el caso es que, en
estas páginas, el tal Ben Schott (es irrelevante saber quién es) ha recogido
un enorme número de informaciones irrelevantes (pero no todas, como veremos).
Enumera, por
ejemplo, los nombres de algunos caballos famosos, el menú servido en la última
cena del Titanic, las chicas de James
Bond, los maridos de Elizabeth Taylor, la muerte curiosa de algunos reyes
birmanos, los altos grados de la masonería, los artículos del código del duelo
irlandés o las variedades de animales. La disposición
de una orquesta, los puntos en el baloncesto, los nombres de históricos
bufones de la Corte y los gritos de guerra de los diversos clanes escoceses,
los 12 trabajos de Hércules, algunos insultos shahespearianos, al menos 1.237
cifras de la Pi griega, los anímales en adopción en el zoológico de Londres y
así sucesivamente a lo largo de 150 páginas.
Una vez excluido
que el libro pueda ser utilizado por los guionistas de los concursos
televisivos (es difícil imaginar que haya un concursante que sepa que Aksakoff era el bufón
de Isabel de Rusia), el único placer que queda es preguntarse qué es lo que no
hay en este libro.
Por ejemplo, ¿por qué saber cuál era el
verdadero nombre de los cuatro mosqueteros y no encontrar los nombres que Dumas dio a sus criados
(Planchet, Grimaud, Bazin y Mousqueton?) ¿Por qué están los siete enanitos y no
los siete reyes de Roma? ¿Cómo se llamaban los colaboradores de Maigret?
¿Y los personajes de Casablanca?
A ver quién se sabe más: Rick Blaine, el
señor Ferrari, el capitán Louis Renault, lisa Lund, el mayor Strasser, Annina
Brandel, Yvonne... ¿Quiénes eran los actores de La diligencia? Claire Trevor, John Wayne, John Carradine. De
acuerdo. ¿Y quién era el doctor? Thomas Mitchell. ¿Y el vendedor de licores?
Donald Meek. Lo que pasa es que, para mí, todas estas cosas son relevantes, mientras el juego principal consiste en
descubrir las cosas realmente irrelevantes que Schott haya olvidado.
Lo cierto
es que es bastante fácil hacer un catálogo de cosas relevantes, pero es
imposible hacer el elenco completo de cosas irrelevantes. La cultura, ese conjunto de ideas, nociones,
datos y recuerdos que llamamos Enciclopedia es la suma de todas las cosas que
una determinada sociedad ha decidido recordar. Pero la cultura no actúa sólo
como un contenedor. Actúa también como un filtro.
La cultura
es también la capacidad de echar fuera aquello que no es útil o necesario. La
historia de la cultura y de la civilización está hecha de toneladas de informaciones
que han sido enterradas.
A veces juzgamos este proceso como algo
dañino y nos hicieron falta siglos para retomar el recorrido interrumpido. Los
griegos, por ejemplo, no sabían casi nada de la matemática egipcia y el
Medioevo olvidó toda la ciencia griega. En cierto sentido, esto sirvió a las
diferentes culturas para rejuvenecerse partiendo de cero, para después ir
recuperando lo perdido.
Otras informaciones se perdieron. Ya no sabemos para qué servían las estatuas de
la isla de Pascua y no nos llegaron muchas de las tragedias descritas por
Aristóteles en la Poética.
Este discurso no
sólo vale para las culturas, sino también para nuestra vida. Recuerden a aquel personaje de
Jorge Luis Borges, Funes el Memorioso: lo
recordaba todo, cualquier página que hubiese visto en cualquier libro, todas
las palabras que había escuchado a lo largo de su vida, cualquier rumor que le
hubiese llegado, cualquier sabor, cualquier frase que hubiese oído.
Y sin
embargo era un tipo prácticamente idiota, bloqueado por su incapacidad de
seleccionar y de olvidar. Nuestro inconsciente funciona porque olvida. Algunos
despistados tienen que gastarse un montón de dinero en el psicoanalista para
recuperar lo poco que les servía y que, por equivocación, olvidaron. Pero, por
fortuna, todos los demás eliminamos bien y nuestra alma es exactamente el
producto de la continuidad de esta memoria seleccionada.
El World Wide Web es Funes el Memorioso,
aunque de vez en cuando se renueve y olvide cualquier cosa. Y sin embargo, también
en la Red está, vigente el horror a la irrelevancia.
¿Qué le sucedió a Calpurnia tras la muerte de
César? He examinado algunos de los 15.600 sitios que le dedica Internet, pero
todos hablan de ella como mujer del César y antes de que César muriese, pero
nada más. Se ve que lo poco que le haya podido suceder después se consideró
irrelevante. ¿Cuántas son las cosas irrelevantes? Ninguna enciclopedia podrá
decirlo jamás. La irrelevancia es pariente cercana del Infinito.
Umberto
Eco
(EL MUNDO, viernes 7 de
enero de 2005; CULTURA