Elogio de lo inútil
Uno de los
rasgos de la Modernidad decadente es la dictadura de la utilidad, entendida
ésta además en el sentido de lo útil o beneficioso para lo material, con
exclusión de toda consideración del espíritu. Se diría que la utilidad es la
única fuente y medida del valor, cuando es sólo un tipo y de los menos elevados.
Ante esta apoteosis usurpadora e igualitaria de la utilidad materialista, sólo
cabe esgrimir la defensa aristocrática y legítima de lo inútil. «¿Para qué
sirve la filosofía?» nos preguntan a veces . «Para nada», sentimos ganas de responder.
Y precisamente en eso, en su falta de utilidad, reside su valor. La verdadera
filosofía tiene la misma utilidad que, por ejemplo, una cantata de Bach, un
lirio de Van Gogh o un atardecer: ninguna. Ser útil consiste en ser medio o instrumento
al servicio de otra cosa, que es lo importante. Lo útil no vive sino bajo
estricta subordinación y dependencia. No puede ser autónomo. Su sentido lo
recibe de otra cosa, a la que necesita para justificarse. Sólo lo inútil es fin en sí
mismo. Y sólo lo que es un fin en sí mismo es digno y grande. Schopenhauer lo resumió
con terminante claridad: “La obra genial puede ser música, filosofía, pintura o poesía,
nunca algo que tenga utilidad o beneficio. Ser inútil y poco beneficioso es una de las características
de las obras geniales; es la garantía de su nobleza. Todas las demás obras humanas
existen sólo por el mantenimiento o el alivio de nuestra existencia,
sólo las que discutimos aquí no lo hacen: sólo existen por sí mismas, y
han de considerarse en este sentido la flor o el beneficio neto de la
existencia.” Todo lo que vale la pena encuentra en sí mismo su razón de ser.
Es, por ello. libre, vive exento de la servidumbre de la utilidad. ¿Tendría
sentido preguntar para qué sirve Dios?
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En realidad, la cultura
genuina es inútil, en este sentido burgués, materialista y moderno de la
utilidad. Así, estas páginas culturales de los periódicos habrían de ser oasis
de la i nutilidad, fieles crónicas de lo inútil, es decir, de todo aquello por
lo que la vida merece ser vivida. Pero una vez refutada la noción vigente de la
utilidad, estamos en condiciones de reconocer la existencia de otro tipo de
«utilidad» de naturaleza espiritual. Estas cosas inútiles, como la filosofía,
la música y la poesía, son, en su genial inutilidad, las que mejor contribuyen
a la tarea de la educación del hombre, es decir, a su experiencia de la
grandeza. «¿Para qué sirve la filosofía?» nos preguntan a veces. «Para nada, —contestamos—.
La filosofía no es sierva; es señora. Pero tampoco conviene confundir la filosofía
con todo lo que se enseña en las universidades y de lo que se habla en los congresos. La
filosofía es planta rara que sólo crece en algunas cumbres solitarias, inaccesibles
para las muchedumbres. Y es que necesariamente han de ser pocos los espíritus
volcados a este devoto e inactual culto de lo inútil.
Ignacio Sánchez Cámara
ABC
Cultural, Madrid, 31.08.02
(Remitido por Antonio
Casao)