Josep Albaigès y la anonetología

 

(Publicado en LA VANGUARDIA, Barcelona, 26.02.02, sección PAISAJES CON FIGURAS, por José Martí Gómez)

 

Cuadro de texto:  El pasado miércoles fue un gran día para Josep M. Albaigès y para los que, como él, degustan las cosas que no sirven para nada: a las 20 horas, 02 minutos, 20 segundos y 02 centésimas del 20/02/2002 se celebró el día universal de la Simetría, y Màrius Serra, que ha trabajado mucho en eulogología (el juego de palabras que Albaigès inició con un trabajo que, modestamente reconoce, no le quiso publicar nadie), presentó un libro conmemorativo trufado de aportaciones albaigesianas.

 

Facultad de Ciencias Inútiles

 

"¿Qué es lo inútil"?, se pregunta Albaigès. Es una pregunta a la que dieron respuesta en la cátedra de Anonetología, o el estudio de la relación entre lo inútil y lo útil. "Llevar corbata no sirve para nada, pero en determinados momentos puede ser útil llevarla." No es casualidad que la facultad de Ciencias Inútiles haya dedicado a esta cuestión una de sus cátedras. “La corbata no muere. Siempre está en crisis, pero no hay forma de enterrarla. La corbata es algo tan importante como para que la diferente forma de hacer los nudos haya sido materia para un estudio matemático. Óscar Wilde decía que el momento más importante del día era el de hacerse el nudo de la corbata”, me explica Albaigès con rotunda seriedad, ‘grandilocuente y cachondón’, con el aire en que la facultad de Ciencias Inútiles se expresa. "Con un lenguaje artificial que te puede divertir si no te lo tomas en serio."

Definir qué es lo útil y qué es lo inútil fue la primera tarea, en sus orígenes, de la facultad de Ciencias Inútiles. "Lo inútil, entendido como concepto artístico y literario, gozaba de amplia tradición. Pero era considerado casi siempre como una rebelde oposición a lo útil. Con ello no se salía del mundo de lo especulativo, privando al nuevo movimiento del carácter científico con el que pretendía nacer." Ésta es, en síntesis, la génesis de una facultad que, según su fundador, sobrevive en una sociedad en la que no hay tiempo para conversar, y el intercambio de ideas que no sean de utilidad práctica se considera una pérdida de tiempo.

Albaigès lo tiene muy claro. "El mundo de hoy genera mucha estupidez. No enseña a razonar. La gente tiene pavor a trabajos que obliguen a pensar por cuenta propia. La consecuencia es que en el mundo de hoy el estúpido puede vivir muy bien. Incluso puede hacerse rico." Seguro que no se ha hecho rico el catedrático de la facultad de Ciencias Inútiles que, en la especialidad de ingeniería especulativa, tuvo a bien dirigir un seminario sobre el bondadoso profesor Franz de Copenhague, que desde las páginas del emérito "TBO" nos enriqueció con su catálogo de máquinas imposibles, absolutamente inútiles, reconoce Albaigès.

¿Qué decir de la cátedra de Cacogistología, dedicada a investigar en la veta riquísima de los chistes que se distinguen por ser malísimos y larguísimos? O de la moderna cátedra de Zaherihumología, que estudia la forma de zaherir a los fumadores por parte de los cruzados del antitabaquismo. Hay cátedras para todo en la facultad de Ciencias Inútiles: de relojes solares y lunares, y de fabricación manual de papel; de bromatología, pleonanismo y albriciología; de matemáticas recreativas, de coincidencias, de marosología y de filología impetuosa.

La cátedra de literatura potencial (LIPO) es una de las que más éxito ha tenido, aunque la de citas absolutamente inútiles no le ha andado a la zaga. Le digo a Albaigès que mi cátedra preferida es la de la semántica creativa y desaguisados idiomáticos, con su seminario dedicado a la piquiponología o el estudio del verbo de Joan Pich i Pon, prohombre de empresa y político en la Barcelona del primer tercio del pasado siglo. "Tiene usted buen gusto; nuestro número dedicado a Pich i Pon tuvo mucho éxito. Tanto, que el número que le dedicamos está agotado." Lo comprendo. No todos los días se tiene el placer de poder leer, puestas en boca de un personaje, frases como: "Por fin se me ha ajusticiado" o "el otro día dije una de órgano", o "hago un tipo de vida sedimentaria", o "parece que hemos entrado en plena calígula", y, al final de su carrera política, arruinada por su implicación en el caso que dio nombre a la palabra estraperlo, su frase inmortal: "Apuré el cáliz hasta las hélices". Albaigès reconoce que Pich i Pon le resulta entrañable. Le reconocí que me pasa lo mismo.

Cuenta este ciudadano tranquilo, que vive un día de 48 horas, que una de las obras de las que se muestra más orgulloso es su estudio de los nombres de personas. Le resultó clave para abrirle puertas en las relaciones humanas. "Te presentan a alguien que dice llamarse Anacleto. Y tú le dices, hombre, es un bonito nombre. Su origen hay que buscarlo en el griego anakletos, 'llamado, solicitado', y también, metafóricamente, 'resucitado'. Era muy corriente en los primeros siglos del cristianismo." Y a partir de aquí, el verbo de Albaigès ha sido como una inmensa ola a través del tiempo, los países, las costumbres, todo tras el rastro de Anacleto. "No hay nombres feos, aunque es cierto que algunos suenan mejor que otros, en según qué idiomas", asegura. Su esposa aporta una idea interesante: "Los que tienen nombres que les parecen feos suelen triunfar profesionalmente más que los que tienen nombres bonitos, quizá porque de niños, acomplejados por los nombres que les habían puesto sus padres, jugaban muy poco con los otros niños y se dedicaban a estudiar".

Una idea que tener en cuenta para futuros trabajos de la Facultad de Ciencias Inútiles (FCI), editora de Bofci (Boletín Oficial de la FCI), un boletín con un título horroroso que Josep M. Albaigès se limita a definir como "árido".