Obeliscos
"Estoy harto de ser un cerdo a la
izquierda", dijo alguien en el autobús, muy cerca de mí. La persona con la
que hablaba no le corrigió, y como tengo complejo de inferioridad pensé que tal
vez era yo el que lo había dicho mal toda la vida. Imaginé, pues, un cerdo a la
izquierda de un siete y me pareció que tenía el mismo valor que si lo ponía a
la derecha. Llovía con una neutralidad filosófica y el tráfico parecía
resignado, en contra de su naturaleza, a no traficar. Intenté multiplicar un
número cualquiera, el 22, por la unidad seguida de cerdos, pero no salía nada
razonable. El pensamiento se engolfa a veces en estos vericuetos inútiles.
Al final no pude resistir la incertidumbre e
interrumpiendo la conversación entre los dos individuos pregunté si había dicho
cerdo o cero. El hombre me contempló unos segundos y luego volvió el rostro
despectivamente. Entonces me acordé de un compañero que confundía obelisco con
basilisco. "El jefe se ha puesto hecho un obelisco", decía cuando el
director se enfadaba.
Y algo de razón tenía, porque lo cierto es que su modo
de ponerse como un basilisco era adoptar la postura de superioridad de un
obelisco. Pero mi compañero no lo decía con esa intención doble, o quizá
múltiple. Acertaba por casualidad. Lo que no tenía ningún sentido, se mirara
por donde se mirara, era lo del cerdo a la izquierda.
Llegué a la oficina y encontré a mi jefe hecho un
obelisco. No me dio ni los buenos días. Entonces le dije que no soportaba que
me tratara como un cerdo a la izquierda. "Como un cero a la
izquierda", corrigió. "Yo me pondré como un cero cuando usted se
ponga como un basilisco", respondí. Se quedó atónito y desde entonces
siempre me saluda. En resumen, que por haber actuado como un cerdo he dejado de
ser un cero. Todo es así de raro.
JUAN JOSÉ MILLÁS
El País, 2 abril 1999