En ocasión del reciente fallecimiento de Guillermo Cabrera Infante, resulta oportuno reproducir un artículo publcado en Carrollia hace ya bastantes años.

 

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            Tres tristes tigres, libro de Guillermo Cabrera Infante anuncia ya por su título (un trabalenguas infantil, cubano según el autor, pero en realidad difundido por todo el orbe hispánico) la locura endemoniada a que las palabras, los sonidos, los símbolos y los significados se van a ver sometidos sin pausa. En un hilarante capítulo (espero no haber malinterpretado al autor considerándolo así) hacen su aparición los palíndromos:

 

         Nos recitó grandes trozos no escogidos de lo que él llamaba su Diccionario de Palabras A-fines y Ideas Sinfines, que no recuerdo todo, por supuesto, pero sí muchas de sus palabras y las explicaciones, no las definiciones que su autor intercalaba: abá, aba, ababa, acá, asa, allá, Ada (hada), aná y Aya, y lamentando de paso él que Adán no se llamara en español Adá (¿se llamará así en catalá? me preguntó) porque entonces no solamente sería el primer hombre sino el hombre perfecto y declarando el oro el más precioso de los metales escritos y al ala el gran invento de Dédalo el artífice y el número 101 sea alabado porque era, es como el 88 (loado sea) un número total, y como quiera que uno lo mira es siempre él mismo, otro uno, aunque decía que el perfecto-perfecto era el 69 (para alegría de Rine) que es el número absoluto, no solamente pitagórico (jodiendo a Cué) sino platónico y (halagando a Silvestre: a mystic bond of writerhood unía a esos dos) alcmeónico, porque se cerraba en sí mismo y las sumas de sus partes más la suma de la suma era igual (aquí Cué se iba) al último número y qué sé yo cuántas complicaciones numéricas..., y seguía con sus palabras felices:

 

                            Ana

                            ojo

                            non

                            anilina

                            eje (todo gira sobre él)

                            radar

                            ananá (su fruta favorita)

                            sos y

                            gag (la más feliz)

 

y estuvo a punto de hacerse musulmán por el nombre de Alá, el dios perfecto, y se exaltaba con la poca diferencia que hay entre alegoría y alegría y alergia y el parecido de causalidad con casualidad y la confusión de alienado con alineado, y también hizo listas de palabras que significaban cosas distintas a través del espejo

 

                            mano/onam

                            azar/raza

                            aluda/adula

                            otro/orto

                            risa/asir

 

y señaló los cambios de sílabas mutantes como gato y toga y roto y toro y labio y viola en alquimias que no acaban nunca...

 

       Todos los aficionados a la literatura potencial hojearán gustosos TTT, hallando aquí y allá divertidas perlas retruecanocalifragilísticas. Y hablo de "hojear", pues atreverse con la lectura completa sistemática es quizá una empresa para valientes irrefrenables filocubanomasoquistas. Pero allá cada cual... Eso sí, el libro merece un lugar en nuestra biblioteca lipista-palindrómica.

 

                                                 Josep M. Albaigès, Barcelona, octubre 1987