El palíndromo, cuestión meramente gráfica

 

En el pasado I Congreso Palindrómico Internacional se suscitó una interesante controversia a partir de la definición que el DRAE da de palíndromo:

 

palíndromo. (Del gr. πάλιν, de nuevo, y δρόμος, carrera.) m. Palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda. Anilina; dábale arroz a la zorra el abad.

 

Curiosamente, en la definición de capicúa se excluye su sinonimia con palíndromo, salvo para los números. Como ocurre tan a menudo, este DRAE de nuestros pecados peca de un análisis insuficiente del tema. Pues, ¿cómo debemos entender que “se leen igual”? Según su definición serían palíndromos también palabras como haba, pues no hay duda de que “se lee igual” (en ambos sentidos), al menos fonéticamente. Sin embargo, los versados en el arte palindrómico llamaríamos a este tipo de frases, como mucho, “palíndromos fonéticos”.

El tema da mucho de sí. No suenan igual las dos r en: Severo revés, y la combinación c con h suena distinta en la ida y l a vuelta de ¡Eh! Con alivio yo vi la noche. Y la doble l suena de dos formas distintas en ¡Al loro, Sorolla!

Xavi Torres incidió más en el tema en su ponencia, estableciendo en su comunicación “La definición del palíndromo como texto literario simétrico” que el palíndromo es una “Palabra o grupo de palabras cuyas letras se repiten en el mismo orden cuando son leídas en la dirección inversa”.

Con ello ya nos aproximamos más, pues, por citar el mismo ejemplo que Xavi, tampoco puede decirse que “se lean igual” frases como la de Augusto Monterroso “Es Adán, Yavé, yo soy Eva y nada sé.”, que debería leerse, de derecha a izquierda, como “Es adan, y ave, yo soy évay nada se”. Obviamente, la partición de las palabras  juega un factor decisivo.

Sin embargo, a mi entender, todavía puede afinarse más en la definición. Pues, según las habituales convenciones, son palíndromos nombres propios como Ana y Oto. Obviamente, se prescinde en ambos casos de que la primera (y no la última) letra de cada uno sea mayúscula.

Cualquier palindromista estimará que una u es equivalente, a efectos palindrómicos, a una ú, a una ù o a una ü. Es decir, que cuando algunas letras llevan signos diacríticos no dejan de ser consideradas como “iguales” a efectos palindrómicos. Podemos verlo en el ejemplo anterior sobre los habituales Adán, Eva y Yavé.

A propósito de la confección de un palíndromo en la que entraran las palabras calçot o calçotada, hay que seguir estableciendo convenciones. La c es igual a la ç. Lo mismo cabría decir de otras letras en otros idiomas: s = š (húngaro), g = ğ (turco), l = ł (polaco), t = ţ (rumano), a = ã (portugués) y así ad infinitum.

Esta convención tiene ilustres precedentes. Recordemos el genial anagrama de Honoré de Balzac: Revolutioin Française, que se reelabora como Un veto corso la finira. Incluso la convención llega más lejos. Recordemos que el famoso seudónimo de Voltaire, adoptado por François Arouet, es anagrama de Arouet l. j. (“Arouet le jeune”), aunque en este caso hay que recordar que el ilustre filósofo se acogió al alfabeto latino original, en el que no existía la u (su lugar era ocupado por la v) ni la j (hasta el siglo XVIII fue considerada como una mera variante de la i; de hecho era llamada “i holandesa”). Más tarde estas letras llegarían a ser consideradas como distintas, con el consiguiente aprovechamiento de ambos signos en la mayoría de los idiomas, incluido en latino, en el que utilizamos habitualmente la j para palabras que jamás la llevaron en la lengua latina clásica.

Por tanto, habría que añadir que en la repetición palindrómica de letras hay que considerar éstas desprovistas de cualquier signo diacrítico, que habitualmente se utiliza para modificar su sonido. A estos efectos, incluso habría que concluir que n = ñ, pese al extraño afán de la Academia por considerarlas letras distintas[1], más aún, convertir la n mojada en una especie de representante de la españolidad.

Es decir, que las simples reglas ortográficas y de pronunciación (en los casos vistos, en el castellano) ya constituyen una severa traba a eso de “leerse igual”. Pero hay bastante más. Ya Saussure, con su descubrimiento del fonema, hizo notar que no todas las letras escritas de una forma suenan siempre igual. Las dos des de la palabra dedo suenan distintas: la primera es oclusiva, la segunda fricativa, pero las representamos con el mismo signo. O, si nos fijamos en el palíndromo más clásico, Dábale arroz a la zorra el abad, ¿suenan igual la d de dábale y la de abad? De ninguna manera, pues la primera es una d inicial, netamente oclusiva, mientras que la segunda es final, por tanto, implosiva.

En definitiva, que profundizar en todas estas cuestiones nos lleva tan lejos que acabamos concluyendo que la quimera de “sonar igual” no existe. Forzoso es por tanto limitarnos al aspecto gráfico del palíndromo, bien entendido que no repararemos en capitalizaciones ni signos diacríticos. Ni, por supuesto, en signos ortográficos como el punto, la coma, el interrogante, etc. Proponemos pues la definición de Xavi Torres, ligeramente retocada:

 

Un palíndromo es una palabra o frase cuyas letras se repiten en el mismo orden cuando son leídas en la dirección inversa, prescindiendo de capitalizaciones, signos diacríticos y demás signos ortográficos.

 

Josep M. Albaigès, Barcelona, mar 09

 

 

 

 

 



[1] La ñ no es más que una n cuyo sonido queda modificado por la tilde.