EL SECUESTRO
La disparition es una novela lipogramática de
Georges Perec escrita sin utilizar la letra e.
Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y
Regina Vega han obtuvieron en 1999 el Premio Stendhal por su traducción de ella al español, aunque en versi´lon
libre, realizada también lipogramáticamente y sin la a con el t´tiulo de El
secuestro.
El Premio Stendhal lo concede anualmente la Fundación
Consuelo Bergés a una traducción del francés al español y está dotado con
400.000 pesetas.
Veamos un fragmento de la traducción.
Tres obispos, un religioso judío, un coronel del
Opus y un trío de mediocres politicuchos, siguiendo los deseos de un trust
inglés, difundieron por televisión, y luego en letreros, el inminente riesgo de
morir por desnutrición. Primero se pensó en un mero rumor; elementos nocivos,
según dijeron. Pero el pueblo se lo creyó. Todos se proveyeron de un sólido
fuste. «Queremos comer», gritó persistentemente el pueblo, profiriendo
vituperios sobre jefes, ricos y poderes públicos. Por doquier, se urdieron
complots e intentos de subversión. Los polis tuvieron miedo de los turnos de
noche. En Bourg-en-Bresse se tomó un sitio público. En Grenoble se robó un
stock: bonito, leche, kilos de dulces, montones de trigo, pero todo podrido. En
Metz perecieron veintisiete jueces de un solo golpe en un cruce, luego se quemó
un periódico vespertino que, según supusieron todos, se pronunció por el
gobierno. Los rebeldes se hicieron por todo el territorio con depósitos, docks
y comercios.
Luego se metieron con los moros, con los negros y
con los judíos. Se hizo un pogromo en Seine-St. Denis, en Poitiers, en
Pittiviers y en Lisieux. Después, sucumbieron oscuros sorches, por puro gusto.
Se escupió sobre un clérigo de quien, en un bordillo, recibió el perdón un
coronel de los CRS que un chulo pinchó con destrero cuchillo.
Murió el primo por un chorizo, el sobrino por un
bollo, el vecino por un corrusco, un tipo por un mendrugo.
Entre el miércoles y el jueves 5 de febrero hubo
veintisiete motines con explosivos. El ejército fulminó el Torreón de Control
de Orly, el Moulin Rouge se incendió, el Instituto se quemó, en el Clínico St.
Louis se prendió fuego. Entre Montreuil y el Bosque de Boulogne no quedó ni un
solo muro en pie.
En los ministerios, el grupo de oposición renegó,
con fuertes insultos, enérgicos improperios y envilecedores vilipendios, de un
gobierno que se ofuscó por los sucesos, pero que se obstinó, lívido, en
empequeñecer lo ocurrido. En el tiempo en que en el Ministerio del Interior murieron
veintitrés botones, en Richelieu-Drouot encontró su fin un cónsul luxemburgués
que robó un boquerón de un bote. Pero en el tiempo en que en el Odeón fue
herido de muerte un conde con botines de terciopelo, que juzgó irreverente el
que un moribundo le hubiese pedido insistentemente un poco de dinero, en
Miromesnil, un enorme vikingo de pelo rubio sobre un penco topino con el pecho
herido flechó sobre todo individuo cuyo porte le incomodó.
Un fusilero, enloquecido de repente por no comer,
robó un mortero de su regimiento con el que se lo cepilló entero: no quedó ni
un subteniente; promovido como Excelentísimo Coronel por vox pópuli, sucumbió
poco después, con el incisivo estilete de un ujier envidioso.
Un chistoso, con un ciego subido, roció con petróleo
un buen trozo del distrito norte. En Lyon perecieron como mínimo un millón de
seres; muchos de ellos sufrieron los efectos del escorbuto y del tifus.
Por motivos desconocidos, el regidor de un
municipio, medio tonto, selló mesones, chiringuitos, bingos, pubs y discos.
Entonces todos sufrieron de sed. Y, por si fuese poco, junio fue un mes
bochomoso: un bus se incendió repente; se sintieron los efectos del sofoco.
Desde un púlpito, el número uno en remo electrizó por unos segundos el espíritu del pueblo. Y de golpe se le nombró rey. Le propusieron que escogiese un mote conocido; él mismo hubiese preferido Don Rodrigo El Cid II; le impusieron Nemo XVIII. No le gustó mucho. Le dieron un golpe en los dedos. Un gili... tomó el nombre de Nemo XIX y se le ofreció un sombrero de pico, un cordón de oro y un cetro lleno de quillotros Se le quiso introducir en el Elíseo, en un tílburi; pero no llegó: un mocetón con gritos de “¡Muere, verdugo! ¡Soy Jules-Joseph Bonnot!” le hirió de muerte con un belduque. Se le inhumó en un cementerio de perros, y un grupo de cretinos herejes lo desenterró sin comprender bien por qué.
Posteriormente, surgieron un rey godo, un visir, un
jeque, dos emires, tres Rómulos, siete Brutos, seis Teodoricos, ocho Hércules,
un Lucio Piero Sempronio, un Robespierre, un Proudhon, un Pompidou, un Johnson
(Lyndon B.), no pocos Hitler, nueve Mussolini, cinco Lucrecios Borgios, un
Roosevelt, un Otón que se enfrentó con un Borbón, un Timour Ling que, sin
ningún esfuerzo, trucidó el increíble número de dieciocho Roses Luxembourgs,
veinte Tse-Tung, veintisiete Fords (un presidente, tres directores de cine,
seis ricos, dieciocho coches).
En nombre de los negros, cierto M. Luther King
recomerdó lo oscuro, pero un klown del Ku Klux Klub lo desintegró con luz potente.
Con todo esto, se inició el fin del poder: tres
soles después, desde el fortín de Vincennes un piquete voló con un obús el
Hôtel de Villw, último reducto del gobierno. En un edificio contiguo, un
miembro del Consistorio, con un pendón níveo, divulgó por micrófono el cese sin
condiciones del poder público y propuso suspender todo conflicto. Pero su
discurso fue inútil porque los guerrilleros, desoyendo sus ruegos y sin
prevenir, destruyeron el inmueble desde sus cimientos. Y el supuesto
dispositivo bélico que se impuso por orden de un memo investido con todos los
poderes por el pelotón, fue inútil por completo e incluso tuvo un efecto
pernicioso.
Entonces todo
empeoró. Proliferó el crimen por el crimen. Ponerse de pie y sucumbir. Se
destruyeron buses, coches fúnebres, furgones de correos, trenes, teleféricos
tílburis, cochecitos. Se irrumpió in un policlínico, un moribundo que se
escurrió dentro de su jergón recibió golpes de knut, un tiro dio en un tullido
esclerótico. Por lo menos tres Jesucristos impostores perecieron en cruces. Se
hundió un bebedor en porrón, un doctor en poción, un conductor en bidón.
Se cocieron muchos niños en fogones, se frieron
perpiñoneses vivos, se inmoló un grupo de jueces en el circo de los tigres, en
domingo se torturó un número indefinido de dominicos en un convento, se enterró
un equipo de mineros en el fondo de un pozo, se envenenó otro de mozos
reposteros. Lo mismo ocurrió con clowns, chicos, pendones, venteros,
impresores, músicos, gestores, pueblerinos, grumetes, milores, quinquis, los de
St. Cyr.
Se robó, se violó, se mutiló. Pero eso no fue lo
peor: se envileció, se conspiró, se disimuló. Entonces, todo el mundo desconfió
del prójimo e incluso le odió.
***
Tonio Vocel no concilió el sueño. Encendió el
fluorescente, Miró el reloj: cinco y quince. Suspiró hondo, se sentó en el
lecho, se reclinó sobre el cojín. Cogió un libro, lo hojeó y lo leyó; pero sólo
pudo ver un lío enorme: los términos confusos le impidieron seguir el hilo.
Puso el libro sobre el edredón. En el minúsculo
servicio, dejó correr el grifo y se humedeció el rostro, el cuello y los
hombros.
Se le precipitó el pulso. Sofoco y sudor. Descerró
el ojo de buey y escrutó el cielo nocturno. Dulce noche. Del suburbio le llegó
un rumor indistinto. El bronce repicó tres veces, fúnebre como un doble, sordo
como un gong, profundo como un pelde. En el puerto, el ronquido del motor de un
bote.
Sobre el postigo del ojo de buey, un bicho de pecho
índigo, de morro gris, ni un hurón ni un erizo, sino un topo, se movió royendo
un trocito de queso. Tonio intentó destruirlo, pero el bicho se escurrió y huyó
por un hueco del muro, sin que él lo pudiese impedir.
Cogió un litro de leche de frigorífico y se bebió
todo un bol. Se serenó. Se sentó en el sillón y cogió un periódico quie leyó
sin interés. Encendió un pitillo y se lo fumó entero, peron lo encontró muy
fuerte. Tosió.
Sintonizó Europe 1. Un ritmo del trópico primero,
luego un swing, después un twist, un fox-trot y un cuplé modemo. Dutronc
interpretó un rock de los Rolling-Stones, Léo Ferré un trozo de Beethoven y P.
Domingo un solo de Rigoletto.
Debió sumergirse en un sopor. Se despertó de
repente: “Últimos reportes”. Ningún suceso digno de mención: en México, un
puente recién construido se derrumbó, lo que provocó veintisiete muertes; en
Zurich, Ho Chi Minh desmintió el improcedente rumor de su recorrido por el Este
europeo; en Londres, un ministro se quejó por el proceder violento de los supporters del Liverpool; conflictos
religiosos en Beirut; hubo un golpe en Yemen del Sur. Un tifón demolió Tokio,
el ciclón Mercedes, hermoso nombre, estremeció Puerto Rico y los isleños
tuvieron que huir en vuelos imprevistos.
En Wimbledon, por último, en el trofeo de tenis, S.
Smith fue vencido por John Newcombe por seis-tres, uno-seis, siete-seis,
seis-dos.
Desconectó el receptor. Se tumbó en el suelo,
respiró hondo e hizo cinco o seis flexiones. Pero pronto se extenuó. Se
recostó, rendido, y miró el techo, donde vio un misterioso jeroglífico de
contornos medio difusos.
se hubiese dicho un isósceles obre dos pies, o un
número nueve con el pie corto;
y el dibujo incompleto y borroso de un ciborio
cónico de vidrio, medio lleno de vino espumoso;
o, por unos segundos, el esbozo dé un monte
del.Pirineo con nieve en el pico, o un cono con un hierro puesto en medio por
descuido.
Su mente se estimuló. Recorriendo el techo, lo
escudriñó: descubrió cinco signos, seis, veinte, veintiséis, o puede que
veintisiete, mejor veintiocho, inciertos conjuntos, bocetos inconsistentes,
bosquejos de ensueño pero sin peso, oscuros diseños. Persiguió un signo
evidente cuyo sentido pudiese entender, un indicio inteligible, un símbolo
comprensible en vez de ese embrollo incongruente. Hubiese querido que de esos
elementos inconexos surgiese un primer dibujo menos impreciso, un molde menos
imperfecto, pero lo único que logró fue: cloruro de sodio, dolor y perversión,
yeso;
croquis;
tribu;
mendrugo, perro;
o un postre de huevo y leche engullido por un
sirenio níveo: diversos intentos de decir un secreto forzoso, sustitutos
equívocois de un conocimiento perdido sin retorno posible, pero que siempre
tuvo deseos de poseer.
Se enojó. Ver el techo le produjo un dolor sin
precedentes, Entre el montón de ilusiones que su mente forjó, vislumbró un
punto céntrico, un núcleo desconocido que fue siguiendo con el dedo pero que se
desdibujó en un periquete.
Continuó. Se obstinó. Embrujo del que no consiguió
desprenderse. Se hubiese podido ver en el techo, hendido en un rincón, un punto
Épsilon, espejo del Inmenso Todo ofreciendo con profusión lo Infinito del
Cosmos, punto primero de un horizonte pleno, hoyo sin fondo con término en el
núcleo, terreno desconocido cuyo sinuoso contorno persiguió, torbellinos,
enormes muros, prisión, cerco que recorrió sin poder introducirse en él...
En los
siguienters ocho soles se empecinó en su cometido, pudriéndose,
embruteciéndose, sintiendo vértigos, viendo el insólito techo y dejó correr los
efluvios de
su mente en vilo; con esfuerzos, descompuso,
estructuró y modeló su visión, construyendo en derredor el meollo de un libro y
elucubró comó un bobo, persiguiendo el utópico objetivo de un momento divino en
el que por fin todo se resolviese, todo tuviese conclusión.
Se puso
enfermo: ni un mojón, ni un timón, ni un destello, sino sólo veinte conjuntos
de los que no pudo desprenderse, incluso presintiendo su solución, intuyendo en
ciertos momentos el fin del enredo, creyéndolo muy próximo: “Lo conseguiré (lo
supe, lo supe desde el principio, pues todo es muy sencillo, muy evidente, muy
común...)”, pero todo se ensombreció, todo se disipó: sólo quedó un murmullo
furtivo, un tumulto sibilino, un lío confuso. Un sol negro. Un embrollo.
No consiguió dormirse.
Longtemps je
me suis couché de bonne heure, se dijo después de beberse infusiones de opio,
costo y otros somníferos; por mucho que se cubriese el rostro con un gorro, y
por muchos corderos que corriesen, no pegó ojo.
Unos segundos después, dormitó. Luego, como
sobrecogido de improviso, sintió un temblor que le fue recorriendo el cuerpo.
Entonces surgió, le cercó, embistiéndole el temido y obsesivo croquis. Por un
momento, un minuto, un segundo o menos, lo supo, lo vio, quiso cogerlo.
Por poco lo consigue, pero lo perdió todo, menos el
tormento de un deseo no cumplido y el disgusto de un conocimiento escurridizo.
Entonces, fresco como un hombre que hubiese dormido
mucho, se puso en pie, bebió, escrutó el cielo nocturno, leyó, encendió su
tele. Incluso se vistió, se fue, erró, dejó correr el tiempo en un pub, o en su
club; sin ser un buen conductor, se subió en el coche sin rumbo fijo, siguiendo
su instinto: Neuilly, Courbevoie, Clichy; Montrouge, Montigny, Orly, Limours;
incluso dos veces se presentó en el Cerisy, donde se quedó tres soles sin
dormir.
Hizo todo lo que pudo por dormirse pero no lo consiguió. Se puso un sobretodo con un sombrero hongo, un jubón con un tricornio, un jersey con un cinturón, un mono, un forro, un níqui, un polo, un slip, después se metió en el lecho desnudo. Movió el colchón de sitio por lo menos veinte veces. Un mes estuvo de inquilino en un dormitorio muy costoso y probó el sillón, el chinchorro, el triclinio, el jergón de muelles, el brezo.
Tembló sin edredón, sudó con el rito, cotejó el
cobertor y el cubrepiés. Se postró encogido como un feto, luego extendió todos
sus miembros; se entrevistó con un hindú que le ofreció su felpudo con pinchos,
después con un gurú que le propuso posiciones de yogui: por ejemplo comprimir
con el dedo índice el occipucio, coger el pie izquierdo y ponérselo en el
cogote. Pero todo resultó inútil. No pudo. Vio venir el sueño pero pronto, de
nuevo, le cercó su inquietud, volvió su obsesión, hirviendo en su interior.y en
torno suyo. Se sintió oprimido y deprimido.