LIPOGRAMAS EN LA LITERATURA

 

El escritor polaco Jerzy Andrzejewski (1909-1980) publicó en 1962 una novela escrita toda ella en una sola frase, cuyas primeras 40.000 palabras se suceden sin ser interrumpidas por signo de puntuación alguno. Para añadir excentricidad, el tema de la novela es una larga descripción de una de las Cruzadas Cristianas, la llamada De los Niños (1212), en la que miles de muchachos alemanes y franceses que formaban el grueso de las huestes cruzadas fueron vendidos como esclavos después de llegar a Oriente. La excéntrica novela desarrolla la tesis de que la verdadera motivación de los cruzados no era tanto el amor cristiano, sino la pederastia.

 

La escritora estadounidense Gertrude Stein (1874-1946) es más conocida hoy en día por ser el epicentro del genial grupo de artistas, en su mayoría emigrados, que pobló de creatividad y aires vanguardistas el París bohemio de los felices años veinte, que por su propia obra literaria. No obstante, ésta no es nada desdeñable, destacando su libro Autobiografía de Alice B. Toklas (1933), donde relata la vida parisina de su secretaria, amiga y amante del mismo nombre, ofreciendo un interesante fresco sobre la vida y el pensamiento de los muchos grandes artistas que la rodearon en el efervescente París de aquellas fechas. Lo significativo de su vanguardista actividad literaria (que ella misma calificó de más innovadora y superior a la del irlandés James Joyce) fue su aversión a los signos de puntuación, a excepción del punto y aparte, al que consideraba «con vida propia». Las comas (“serviles”), los signos de interrogación y admiración («realmente repugnantes») y demás artificios innecesarios de la escritura le parecían en general despreciables y, por tanto, no los utilizaba. Su estilo se basaba en la repetición, como bien queda representado en su famosa frase: «una rosa es una rosa es una rosa es una rosa ... ».

En 1939, el músico califoniano Emest Vincent Wright publicó la novela Gadsby (de unas 50.000 palabras) escrita con la curiosa premisa de no contener ni una sola letra e. Treinta años después, en 1969, apareció la novela francesa La desaparición, que, igualmente, tampoco contiene en todo su texto la letra e. Por su parte, Jacob Thurber escribió en una ocasión una historia ficticia de un país inexistente en el que no se permitía emplear la vocal o.

 

Timothy Dexter (1747-1806) fue un novelesco personaje, que amasó una regular fortuna con procedimientos aparentememente inverosímiles. En 1802 se hizo escritor, y su primera obra fue una autobiografía filosófica cuyo título podría ser traducido por En adobo para los entendidos, una de cuyos pasajes más dignos de mención es aquel en que insinúa la idoneidad de su persona para un eventual cargo de emperador de los Estados Unidos. Ahora bien, lo más notable del libro es que está compuesto por una sola oración, ni siquiera aliviada por el menor atisbo de signo de puntuación u ortográfico. Además, tampoco tiene argumento, ni hilazón temática. Era un ejemplo avant la lettre de la escritura automática de los surrealistas. Sin embargo, en una segunda edición de esta magna obra, el inefable Dexter se apiadó de los potenciales lectores y arbitró el ingenioso remedio de incluir al final del libro una página con trece líneas de comas, puntos, signos de interrogación y de interjección y demás parafernalia ortográfica para que cada entendido lector adobase el libro a su gusto. Desde luego, la respuesta de los lectores fue un largo silencio, acentuado, eso sí, con numerosos signos de interrogación.