EL PETRÓLEO ESCASO, ¿UN MITO?

 

En un remoto lugar de la China, un hombre se comprometió ante el rey a enseñar a hablar a un burro en el plazo de diez años. Durante este tiempo el profesor viviría cargado de honores y riquezas, pero si transcurrido el plazo no había logrado su objetivo, sería condenado a muerte.

Alguien pretendió explicar al atrevido los riesgos de su tarea. Y éste contestó:

—En diez años, ¿el burro, el rey o yo no nos habremos muerto?

Viene esto a cuento de que uno de los primeros recuerdos de mi infancia-adolescencia (años 50) es las profecías de los apocalípticos del petróleo, que vaticinaban, cómo no, que éste iba a terminarse pronto. E incluso fijaban para ello un plazo: 40-50 años. Plazo más cómodo todavía que el del burro. Transcurrido éste, sólo algunos memoriones nos acordamos de esta profecía, con otras muchas análogas, igualmente incumplidas.

Cuadro de texto:  En pleno siglo XXI, parece que de nuevo el plazo previsible para la disponibilidad del petróleo es de medio siglo, incluso un poco más. A medida que ha transcurrido el tiempo no han dejado de ser detectadas nuevas bolsas en todo el mundo, y pese a ser el nivel actual de consumo como unas diez veces de de 1950, según el informe publicado en junio de 2003 por BP, las reservas probadas se elevan a 1047 millardos de barriles, lo que, al ritmo actual, corresponde a una reserva para unos 40 años. El mismo cálculo para el gas natural y el carbón alcanza cifras de 60 años y 230 años, respectivamente. Quizá más realistamente, teniendo en cuenta el incremento en el consumo, las reservas para el petróleo serían sólo de 30 años. Pero la agencia estadounidense de investigaciones geológicas USGS estima que las reservas por descubrir son del mismo orden que las actualmente detectadas, con lo que nuevamente nos lleva a cifras superiores al medio siglo.

Por otra parte, en algún momento habrá que empezar a mejorar las técnicas de aprovechamiento de los yacimientos, cuyo rendimiento medio es de sólo un 30 %. Un incremento de sólo un 5 % en las técnicas de recuperación de los residuos eliminados podría equivaler a cinco o diez años más de reservas. También se espera que mejoren los procedimientos para extracción de fondos marinos de gran profundidad; nuevamente la barrera se aleja. No dejemos sin nombrar los materiales sustitutivos llamados “no convencionales”, como los aceites extrapesados o las arenas asfálticas, presentes en Venezuela y Canadá, y llamados a tener un gran futuro; de hecho su extracción es ya rentable.

Es decir, que la técnica sigue diciendo tozudamente que no ante los catastrofistas. Pero hay otros factores, que serán quizás quienes limiten seriamente el consumo en el futuro.

El primero es la creciente contaminación. Sabido es que sólo una sexta parte de la Humanidad contribuye actualmente a producirla. ¿Qué ocurriría si países como China o India se sumaran al nivel económico estadounidense, con tasas análogas de producción, consumo y contaminación? Difícilmente podría soportar nuestro planeta el nivel resultante de envenenamiento de la atmósfera. Cuando tanto se critica la globalización, se olvida que es el único enfoque de los problemas mundiales capaz de aportar soluciones a estos pavorosos problemas.

Pero otro riesgo se cierne sobre el planeta: el político. De hecho, el 65 % de las reservas mundiales de petróleo se encuentran en el Oriente Próximo, que podría producir a este ritmo durante 92 años. Pero, ¿lo hará? No cabe duda de que el reciente incremento de protagonismo de esa zona del planeta deriva exclusivamente de ese “capricho geológico”, que lo convierte en depósito mundial, capaz de ejercer un arbitraje sobre las políticas planetarias.

Mucho se ha hablado de los recientes conflictos en Afganistán e Iraq, pero muchos de los que con tanto denuedo le daban hace poco a la cacerola protestando por la última invasión ni han olido el problema de fondo, que se reduce a los intentos de crear un “nuevo orden” mundial que asegure el control de estos depósitos, como en su día la zonificación europea tras la II Guerra Mundial fue una pieza esencial más en el equilibrio entre los dos bloques.

¿Es concebible una escasez de petróleo por motivos políticos? Desde luego que sí, y de ello se ha percatado claramente el señor Bush. De hecho, de no ser tan débil la memoria humana, los de más de cuarenta años recordarían la crisis petrolífera de 1973, que puso de rodillas a Europa ante la OPEP y especialmente la OPAEP, sumiendo al continente en una crisis que no hemos olvidado los que la vivimos.

¿Y cuál fue el origen de ella? La guerra del Yom Kippur iniciada por Egipto contra Israel en ese año hizo conscientes a los productores petrolíferos de la zona, naturalmente aliados de Egipto, de la posibilidad de utilizar el petróleo como arma política. El sha de Irán subió de golpe un 100 % el precio del barril, y ésta fue el tiro de salida para una traca de carestía de petróleo. El problema derivó en una recesión que redujo fuertemente el desarrollo de Europa y Japón, países que dependían para su consumo de las importaciones. En aquella época USA no se preocupó mucho del problema, pues tenía las espaldas bien cubiertas con su producción propia y la de sus semicolonias sudamericanas.

Pero la situación podría ser distinta ahora. Es claro que el petróleo se acabará algún día, y se hace necesario pensar en las consecuencias geoestratégicas que esto comportará. No cabe duda de que la previsión de esta situación ha originado, entre otras, la última guerra de Iraq. Es ingenuo pensar que una gran potencia como USA haya acudido allí sólo para derribar un dictadorzuelo. Es mucho más lo que está en juego: el futuro petrolífero del mundo desarrollado. Y ésta no ha sido más que una movida de pieza de ajedrez a la que seguirán otras destinadas a seguir controlando las fuentes de ese líquido tan indispensable para la humanidad, condenada, de todos modos, a verse sin él en un futuro no muy lejano.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                    Torredembarra, julio 2004