El país de cartón piedra

 

Este verano visité Alemania. Con los viajes a ese país caen muchos tópicos sobre la supuesta adustez o pobreza imaginativa de sus habitantes, difundidos por la propaganda de los vencedores de la II Guerra Mundial. Esta vez le tocó a otro:  pese a que el viaje era de carácter familiar, me quedó algo de tiempo para ir de compras, y mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que los precios de infinidad de productos eran más bajos que en España. Ya fueran cachivaches electrónicos, géneros alimentarios o de vestir (prescindo de que allí estaban también de rebajas), transporte o restauración: al comparar, calidad por calidad, casi siempre ganaba el país teutón.

Sin duda esto sorprenderá a los lectores. ¿Cómo en Alemania, país que disfruta de unos sueldos más altos (¡y en crisis!, dicen), encima los productos son más baratos? ¿No se contradice esto con la tradicional carestía que suele registrarse en los países más desarrollados en la relación renta por cápita-nivel de precios?

El caso es que esta experiencia no es única. La he observado antes en otros lugares, como USA sin ir más lejos, donde bastantes productos, desde la vivienda hasta la alimentación, gozan de un nivel de precios más favorables que en España.

Admito que un economista, con datos estadísticos en la mano, pueda demostrarme que estoy equivocado. Pero también debo decir que mi confianza en las estadísticas económicas, al menos las oficiales, se ha vuelto bastante tenue desde que con ellas se “demuestra” que los precios apenas han subido después de la implantación del euro, o que el impacto de los costes de la vivienda es mucho más débil de como lo siente el hombre de la calle.

Bueno, pues reflexionemos un poco sobre esta curiosa evolución económica en nuestro país. En un hecho cierto que en los últimos años el popularmente llamado “coste de la vida”, con o sin confirmación oficial por el IPC, se ha incrementado: las amas de casa se quejan de la subida de los precios de verduras, frutas y alimentos en general, el automovilista por los carburantes, y las parejas de novios por la vivienda. Por supuesto, otros artículos se han abaratado, especialmente el vestido, gracias a las ingentes importaciones procedentes de China; bien se quejan del ello los fabricantes del ramo, ansiosos de limitar esas amenazadoras avalanchas textiles (como siempre, nunca llueve a gusto de todos).

Mi sensación debe colocarse, por tanto, al nivel de las percepciones populares sobre el encarecimiento, real o no, de las cosas a raíz de la implantación del euro. En mi opinión, y en la de millones de personas, el llamado “coste de la vida”, diga lo que diga el IPC, se ha elevado de una manera sumamente imprudente desde hace unos años. Un ministro se atrevió a decir que el encarecimiento todavía peor de la vivienda era debido a que la gente la solicitaba y seguía solicitándola a los precios que fuera pese al conocido efecto de la ley de la oferta y la demanda: que los precios no se apaciguan si la demanda prosigue con independencia del nivel creciente de éstos. Conclusión del ministro: la crecida en los precios de la vivienda demuestra que gozamos de un buen nivel de vida.

¡Oh, Dios mío, y cómo fue de vapuleado el ministrete en cuestión! Me abstengo de recordarlo porque seguro que está bien fresco en la memoria de todos. Ni quito ni pongo rey en esta controversia, pero está claro que, sin compartir necesariamente las conclusiones, las premisas son totalmente ciertas: los precios de la vivienda, y de otros productos, han crecido sin que la demanda, supremo mecanismo corrector de estos desequilibrios, se haya visto apenas alterada. Y ahí está la vivienda, entre dos y tres veces más cara que hace unos pocos años. ¿Quiere esto decir que gozamos de un buen nivel económico? No entro, pero ahí está el hecho.

De momento, soportamos impávidamente esos incrementos de precios, pero a la vez nos informan que el déficit comercial ha crecido en los primeros meses de 2005 un 50 % respecto a 2004, situándose en 26 000 M€ (para entendernos: 750 € por habitante). Las importaciones han crecido un 13 % y las exportaciones sólo un 4 %. El endeudamiento familiar es de 600 000 M€ (cada familia debe, por término medio, unos 60 000 €), mayormente por la vivienda, sobrevalorada un 34 % según el Banco de España. El consumo ha crecido tan desenfrenadamente que estamos hipotecando nuestro futuro, gastando lo que todavía no hemos producido. Así de claro.

¿Cómo nos las arreglamos para compaginar hechos tan contradictorios? Quizás el exponente más claro del elevado nivel de vida que el ministro de marras nos atribuía es la pertinacia con que la inmigración clandestina pugna por seguir entrando en nuestro país, en muchos casos al precio de la propia vida. El caso es que muchos economistas opinan que éste es un factor retroalimentativo: gracias a esa inmigración clandestina hay quien realiza a precios ínfimos los trabajos situados en la base de la pirámide productiva, de lo cual se benefician los que tenemos la suerte de ocupar lugares más elevados en ésta, al igual que los romanos (ricos) podían permitirse sus célebres ostentaciones de lujo instalados en la cumbre de una economía esclavista.

Es posible que estemos recorriendo un camino históricamente muy trillado: los “esclavos” trabajan, y sus “amos” viven a costa de ello. Quien se escandalice por esta afirmación pone su espíritu beato por encima de la dura realidad. Llámese como se llame el actual ordenamiento económico mundial, lo cierto es que permite a personas con escasa capacidad y/o productividad, pero nacidas en el primer mundo, disfrutar de niveles de vida muy superior a otras cuyo único pecado ha sido nacer en alguno de los continentes vecinos. La cosa es así, y punto.

Los “ciudadanos afortunados” reaccionamos consecuentemente. Prestamos nuestros servicios con calidad progresivamente defectuosa y a precio caro, y entre todos contribuimos a formar un país de mala calidad. ¿Que tú me cobras mucho por repararme el grifo? Bueno, pues yo te espero cuando vengas a comprar a mi tienda. En todo caso, el descubrimiento de que basta con apretar impunemente un poco más las clavijas a la sociedad para avanzar por ese camino hacia el nivel de vida superior que todos deseamos, puede ejercerse más o menos impunemente… mientras nos limitemos a nuestro mercado interior, y mientras haya países dispuestos a sacrificarse bastante más que nosotros para vendernos su productos o su esfuerzo.

Sin embargo parece que estamos traspasando una peligrosa frontera: si nuestros productos empiezan a ser más caros que los de nuestros competidores, incluyendo los que debía ser al contrario, podemos encontrarnos en una difícil situación, en que no podremos exportar nada. Nuestro saldo negativo en la balanza de pagos, ya tradicionalmente deficitaria, se incrementa todavía más. Todos los informes bancarios llevan tiempo alertando sobre la disminución de nuestras exportaciones, incapaces de seguir colaborando al financiamiento de nuestro déficit, ni siquiera con el apuntalamiento del turismo.

Hubo un tiempo en que el problema se resolvía gracias a la venta hecha al extranjero de un producto “minero” altamente cotizado en el siglo XX: el sol. El carbón y el acero se cotizaron en el siglo XIX; el uranio y el sol lo han sido en el XX, y hemos sido afortunados en la nueva lotería: tenemos una importante reserva de éste, como los países del Golfo la tienen de petróleo. Esto nos ha permitido ir no sólo subsistiendo sino incluso progresando.

El caso es que a lo largo de los años se había ido atenuando el desequilibrio de nuestra balanza de pagos gracias al surgimiento de una industria discretamente competitiva, que nos aliviaba algo de la dependencia exclusiva del turismo como fuente de ingresos e incluso nos permitía una cierta competitividad internacional. Pero esta esperanzadora situación parece que se está esfumando. La calidad de nuestros productos desciende: los restaurantes sirven comida de mucho menor calidad que hace diez años, los transportistas reaccionan con unos portes lentos y caros, las empresas castigan a sus clientes con pérdidas de tiempo por culpa de una atención al público inexistente (¿quién no se queja de esos teléfonos de automatismo total con los que nunca se puede comunicar con el objetivo deseado?), los monopolios no suben los precios pero envilecen sus prestaciones. En fin, que nos hacemos la ilusión de que nos suministramos unos a otros productos “europeos”, pero se trata de un engaño mutuo: cada cual intenta rebajar la suya al mínimo posible, encontrándose con que su proveedor ha hecho lo mismo: nos ilusionamos colectivamente con un falso nivel de calidad, hemos construido un país de cartón piedra.

¿Seguirá esto en el futuro? Todo hace presumir que sí, al menos por unos años o incluso décadas. En la crisis petrolífera de 1973 muchos temieron que el turismo, actividad que se nutría aparentemente de los excedentes de la renta per cápita de los países más avanzados, retrocedería al recortar éstos los gastos “superfluos”, pero la realidad ha demostrado que el turismo no es una actividad “extra” más, sino que ha llegado a ser tan necesario para la gente como la comida o el calzado. Y esta venta de recursos (que incluyen muchas veces la propiedad mobiliaria e inmobiliaria) nos ha permitido ir progresando, aunque sea al precio de enajenar una parte importante del suelo patrio, por decirlo de manera solemne.

El turismo financió nuestros desequilibrios, y sigue financiándolos pese a que habíamos avanzado en la consecución de una industria competitiva. ¿Qué ocurrirá en el futuro? Nuestras exportaciones, que nivelaban mal que bien nuestra balanza, se verán sin duda comprometidas: todos tenemos muy presente el proceso vigente de relocalización de empresas que se van a países donde la mano de obra es más barata, de la misma forma y por los mismos motivos que hace medio siglo dejaron sus países autóctonos para instalarse en España.

Es decir, que el déficit puede ampliarse. ¿Qué ocurrirá entonces? Creo que aguantaremos, mientras prosiga este aporte de mano de obra barata. Es decir, que nuestro futuro inmediato está comprometido, pero sólo el inmediato. ¿Ocurrirá con esa mano de obra lo mismo que ocurrió con el turismo? Claro que la instalación de ingentes masas de origen extranjero trae consigo consecuencias que muchos no acaban de tolerar, desde el colapso de los servicios sociales al aumento de la delincuencia. Pero de momento, a nivel político, se sigue la conocida táctica de negarlo como se niega lo del crecimiento del IPC, y a pasar.

En definitiva: el mantenimiento del actual status quo exige que siga llegando mano de obra. Éste es nuestro triste dilema, por más que se quejen los que consideran que esta hibridación de nuestra sociedad va contra nuestras “esencias”.

Los ejemplos similares a lo largo de la historia son tan obvios que no hace falta recordarlos. Un día China se cansará de producir barato, y los hijos de nuestros inmigrantes, abundantes gracias a sus índices de natalidad y ya convertidos en ciudadanos españoles con voto, harán nacer una nueva sociedad. Pero esto, según parece, va para largo. Y tras nosotros, el diluvio.

 

                                                                                                Josep M. Albaigès

                                                                                                Torredembarra, agosto 05