A LA FUERZA HACEN PROPIETARIO
En los primeros años de la postguerra se promulgó la Ley
de Arrendamientos Urbanos (LAU): la situación del momento imponía duras
medidas, aunque supusieran sacrificio por parte de algunos sectores de la
sociedad, que en lógica debían ser los económicamente fuertes. Y, así, entre
otros muchos, les tocó a los "caseros", lo propietarios de casas
destinadas al alquiler, cuyos alquileres se vieron congelados, ignoranco
inflaciones y otros fenómenos del momento.
Pero una cosa es una medida transitoria, destinada a
mitigar una situación excepcional, y otra su fosiliación con el tiempo como
ocurrió, induciendo para un largo período significativos y no siempre deseables
cambios en los hábitos sociológicos del país.
La congelación del precio de los alquileres y la prórroga
forzosa impuestos por la LAU, en el contexto de una economía inflacionaria no
son más que unos eufemismos cuyo significado neto es una virtual
"transferencia de una forma de propiedad" hacia el inquilino. No cabe
duda de que, independientemente de lo que pueda estar escrito en determinados
registros, el "propietario" fáctico de una cosa es quien puede
disponer de ella a su albedrío y amparado por la Ley.
Progresivamente, a medida que la inflación avanzaba, los
caseros pasarían a percibir cantidades simbólicas (en términos reales) por los
alquileres de sus edificios. Esto acarreó una serie de consecuencias
secundarias, una de las cuales fue la degradación de éstos ante la lógica falta
de disposición de los propietarios para acometer unas obras de reforma o
simplemente conservación de rentabilidad más que problemática.
Esto trajo una lógica consecuencia: la progresiva desaparición
del oficio de casero. Las sociedades inmobiliarias de alquileres en renta, tan
características antes de 1940, fueron desapareciendo, y sólo subsistieron las
existentes en la medida de sus desvencijados edificios, ocupados de por vida
por los "arrendatarios de renta antigua" (el “bicho”, como es llamado
en la irónica terminología inmobiliaria). No podía ser más lógico: el casero
"atrapado" seguía en la brecha, pero ninguno nuevo entraba en la
actividad. Los poderes públicos pueden convertir un negocio en no rentable,
pero una vez degradado, son incapaces de atraer a éste a nuevos inversores.
Con lo cual las nuevas generaciones de matrimonios
jóvenes, deseosos de acceder a una vivienda nueva, se encontraron con la
práctica imposibilidad de encontrar ésta en alquiler: el mercado sólo ofrecía
pisos en venta. Así iría surgiendo el hábito de la propiedad horizontal y
aparecería una generación de "propietarios forzosos", que hoy
caracteriza nuestro país. Frente a unas tasas tenenciales del orden de un 30 %
en el resto de Europa, hoy el 60 % de los españoles son propietarios de sus
viviendas.
El acceso a la propiedad de una vivienda por sus
moradores obliga a un considerable esfuerzo económico, mucho más importante
relativamente si éstos se hallan en la primera etapa de su vida productiva. La
hipoteca y las letras mensuales para satisfacer la compra del piso han pesado
como una losa sobre las generaciones posteriores a 1950, obligándolas a
esfuerzos cuyos beneficiarios serían las entidades de financiación, e,
indirectamente, los arrendatarios de renta antigua, protegidos por la
distorsión del mercado del alquiler inmobiliario que la LAU contribuía a
mantener. En una palabra: las jóvenes generaciones de matrimonios han
financiado indirectamente su vivienda a las antiguas.
Y no acaba aquí la cosa. Pues un esfuerzo financiero de
esta envergadura ha acabado resultando insoportable, a escala colectiva, por el
país. Tanto, que el Estado se ha visto obligado a articular planes de vivienda
(recordemos, sólo en los tiempos más recientes, el Trienal o el Cuatrienal)
para facilitar a los jóvenes propietarios menos dotados económicamente el
acceso a financiaciones más baratas. Pero los donativos a fondo perdido o el
diferencial de la tasa de interés respecto a la de mercado en éstas se nutría a
su vez de fuentes como el coeficiente de reserva obligatoria de la banca o,
pura y simplemente, del presupuesto nacional, lo que en definitiva era una
forma como otra cualquiera de gravar el país con un impuesto más.
Con lo que acaba cerrándose el ciclo: a partir del
momento en que se estrangula el libre juego de la oferta y la demanda, se crean
unas condiciones objetivas de deficiencia estructural del mercado, que deben
ser suplidas por la misma Administración con nuevas medidas correctoras.
Se supone que en toda esta compleja situación crada hay
una parte de la sociedad a quien es "justo" que la otra ayude,
mediante los oportunos sacrificios impuestos por los decretos de la
Administración. Pero, a medio siglo vista, ¿realmente la situación responde a
este esquema anacrónico? ¿Era justo que el propietario de un piso de protección
oficial, para poder seguir financiando indirectamente a uno de renta antigua, tuviera
a su vez que ser financiado por el dinero de toda la sociedad?
El tema es polémico y complejo, y el caso es que lleva
medio siglo siéndolo. No se puede terminar gordianamente con el problema
instituyendo sin más una libertad de alquileres, pues muchas de las situaciones
sociales creadas al amparo de la ley son de difícil evolución, a menudo de
imposible tratamiento. Pero los círculos viciosos están para ser rotos. Me
viene a la memoria la frase de Larra: "¿No se escribe en este país porque
no se lee o no se lee porque no se escribe? Ciertamente, escribir para no ser
leído es duro, pero leer lo que no está escrito no es duro: es sencillamente
imposible".
La
situación ha cambiado recientemente con la explosión de precios de la vivienda.
Pero ése es tema para otro día.
Josep M. Albaigès
(Artículo publicado en febrero
de 1987 la revista TRIBUNA)