¿POR
QUÉ SON TAN BARATAS LAS CORBATAS?
Hoy compré a un traficante
importador cinco corbatas por mil pesetas. Unas corbatas bonitas, de tacto
sedoso. Personalmente me encanta que vayan tan baratas; gracias a ello
satisfago el caprichito de que mi guardarropa esté bien surtido de ellas.
Claro que, repito, no son de
seda auténtica, pero, ¿no es un poco exagerado que una corbata de ese material
valga 8.000 pesetas? ¿De dónde pueden salir esas diferencias abismales?
La respuesta está en el
tercer mundo. Una parte muy importante de los artículos que consumimos a troche
y moche en Occidente proceden de un trabajo duro, sin horarios, sin seguridad
social, sin vacaciones, y con unos sueldos miserables. Los rincones ocultos de
China abundan en talleres donde se hacinan trabajando niñas de doce años en
“jornadas” de dieciocho horas diarias por una simple escudilla de arroz como
retribución. Y al parecer, los padres hacen cola para que sus vástagos sean
admitidos a trabajar en la fábrica de donde saldrán esas prendas que, previa
fijación de una etiqueta con solera, en el mundo desarrollado pagamos por
cincuenta veces su valor, resultando aun así muy baratas para nuestra capacidad
adquisitiva.
El sistema merece un rápido
examen. Los países de Oriente producen mucho, muy barato, a costa de estar
retribuidos con sueldos ínfimos, y gracias a que esos trabajadores viven en el
nivel de subsistencia los occidentales disponemos de unas rentas con que
malgastar en los productos que ellos elaboran. Bien mirado, dirán algunos, casi
deberían estar agradecidos a nuestra prosperidad: gracias a ella les compramos
esos productos que le permiten malvivir. ¿O no?
Mucha gente de conciencia
sensible, que derraman sus lágrimas leyendo La
cabaña del tío Tom, rechazarían indignados la afirmación de que ellos se
están comportando con los chinos trabajadores exactamente igual que lo hacía el
dueño del protagonista con su infeliz esclavo. “Oiga, yo me limito a comprar
algo que me ofrecen a un precio”, protestarían, altivos. Y añadirían: “No voy a
dar el doble sólo porque pueda pagarlo. Además, quien iba a beneficiarse no es
el chino productor, sino el intermediario”.
Razonamiento correcto, muy
parecido al que ofrecería el dueño de una plantación virginiana. A él le
llevaban los esclavos a un precio razonable, y aunque dejara de comprarlos no
por ello suprimiría el sistema, ya que su vecino y el otro y el otro basaban la
explotación de sus campos de algodón en la existencia de una mano de obra
infrahumanamente barata.
Por otra parte, un elemento
común amortiguador de sensibilidades es la distancia a la que se encuentran
esos “esclavos” modernos, quizá menor, con los actuales medios de transporte,
de la que establecían los antiguos amos entre sus opulentas residencias y los
chamizos de sus servidores.
En realidad, lo que está
sucediendo es la aplicación de la ley económica más antigua y más exacta: si
aumenta la oferta de un producto disminuye su precio. Y viceversa: en realidad,
los propios países del tercer mundo supieron jugar en su día muy bien esta carta
cuando en 1973 pusieron de rodillas a Occidente, que se había hecho
excesivamente dependiente de los productos petrolíferos.
El caso que comentamos es el
inverso: Occidente desea corbatas, pero en Occidente somos pocos y ricos frente
a los innumerables que están deseando producirlas a cambio de unas migajas de
lo que nos sobra. Y el juego prosigue, como la carrera de ese burro que
empujado por el palo y la zanahoria, no
tiene tiempo de detenerse a pensar un rato hasta qué punto le interesa seguir
corriendo sólo para satisfacer los intereses de quien se aprovecha de su
esfuerzo.
Claro es que no voy a
pretender que nadie deje de comprar una corbata o un jersey o un teclado de
ordenador a un precio ridículamente barato, pero se ha convertido en un lugar común
la crítica de la hipocresía de las clases burguesas del siglo XIX, a la vez que
nos negamos a percatarnos que todo el mundo occidental se ha convertido, a
escala planetaria, en una minoría feliz y bien alimentada que basa su
prosperidad y alto nivel de vida en la existencia de masas con estándares
inaceptables, como el burgués victoriano podía holgazanear en su club gracias a
que quinientos cortadores de caña a los que no veía trabajaban para él en la
lejana Sri Lanka.
Al menos, reconocerlo sería
un sano ejercicio de catarsis de sinceridad, y, ¿quién sabe?, quizá
contribuyera a acelerar la resolución de este pavoroso problema. Pero temo que
siga siendo más cómodo decir “no es lo mismo” y continuar comprando corbatas a
doscientas pesetas o pagando cinco mil para que nos alarguen el cable de un mouse que
compramos por quinientas.
Josep
M. Albaigès
Barcelona,
nov 98