OTRA
VEZ EL AGUJERO DE OZONO
En algunas ocasiones se han
tocado en [C] los temas ecologistas. En la última, entre otros temas, apareció
el agujero de ozono, tan de moda. Se plantearon en aquella ocasión algunas
dudas:
· ¿Por qué el
agujero está precisamente en el hemisferio Sur, si los CFC se producen
mayoritariamente en el Norte?
· ¿No será que el
agujero ha estado en realidad siempre ahí, y sólo ahora lo hemos puesto de
moda?
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¿Por qué el ozono desempeña
un papel tan importante para la vida terrestre? De hecho, la cantidad presente
en la estratosfera es comparativamente pequeña: de hallarse uniformemente
repartido sobre la Tierra, a la presión de la superficie, las existencias
totales de gas O3 ocuparían una capa de unos 3 mm de espesor. No es
mucho, pues, el que tenemos en existencia.
A las alturas
estratosféricas la capa tiene un espesor algo mayor, al ser menor también la
presión, pero sigue siendo de todos modos delgada. Aun así desempeña un
importante papel de protección al detener gran parte de la radiación
ultravioleta llamada UV-B, comprendida entre 280 y 324 nm de longitud de onda[1]. Esta radiación es
perjudicial para los tejidos de los seres vivos, y su aumento podría producir
lesiones cutáneas y oculares, así como alteraciones en la función fotosintética
de las plantas, e incluso (siempre dentro del quizás) posibles alteraciones de
los ADN portadores del código genético. Algunos investigadores médicos han
calculado, lo que ya es afinar, que un aumento de un n
% en la radiación UV-B recibida comportaría un aumento de un 2n % de casos de
cáncer de piel.
El tema merece, pues,
atención, pero hay que acoger con cuidado tales profecías. Hay que recordar que
en los años 70, cuando el combinado Francia-Reino Unido hizo su apuesta técnica
más importante del siglo con el avión Concorde,
muchos profetas auguraron que los vuelos de éste, efectuados en la
estratosfera, iban a acarrear en pocos años a destrucción de la capa (sus
gases, en los que habría un alto contenido de nitrados, provocarían un efecto
químico en cadena). Recuerdo que estaban de moda en esa época unos convincentes
gráficos de unas marañas de aviones cubriendo la Tierra con sus vuelos y
sembrando la propagación del gas por
doquier.
Pero por lo visto esto no ha
sido así (los profetas impenitentes dicen que porque existen muchos menos Concordes en vuelo que los previstos al principio). Pero, cuando la
humanidad se había tranquilizado algo ya sobre el famoso avión, hete aquí que
ahora se vuelve a la carga con el agujero austral.
He tenido ocasión de
documentarme algo sobre el tema, y no quiero dejar pasar la ocasión sin ofrecer
a los lectores algunas consideraciones sobre él. Para hacer un poco de
historia, hay que recordar que en los años 20 se diseñaron los primeros
dispositivos que medían la concentración de ozono presente en la atmósfera.
Pero hasta el Año Geofísico Internacional (1958) no se instalaron los primeros
aparatos medidores en la Antártida. Y hasta 1984 no fue lanzada la primera
señal de alerta sobre la pérdida de ozono en esa región: cada primavera austral
se producía un decrecimiento anómalo en el contenido de ozono (de hecho, casi
su desaparición) en grandes partes del casquete austral (la generalización del
fenómeno fue ratificada mediante satélites artificiales), si bien poco después
el déficit se recuperaba.
¿Cómo se produce y elimina
el O3? La incidencia de la radiación ultravioleta de longitud de
onda l < 242 nm
rompe la molécula de oxígeno, y éste reacciona catalíticamente con otro
compuesto M para producir ozono. O sea:
O2 + hv = O + O
O2 + O + M = O3
+ M
Si este proceso continuara
indefinidamente, pronto la cantidad de ozono sería muy superior a la antes
mencionada. Pero se da un proceso de destrucción ozónica similar:
O3 + O = 2O2
O3 + hv’ = O + O2
De todos modos, el segundo
grupo de reacciones es por sí mismo incapaz de contrarrestar el primero. E l
mecanismo principal de destrucción es otro ciclo catalítico del tipo:
X + O3 = XO + O2
XO + O = X + O2
Donde las especies X son
principalmente monóxidos de nitrógeno y de cloro.
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Y ahora regresemos a nuestra
primera pregunta: ¿Por qué en la Antártida precisamente? A ello responden los científicos con diversas hipótesis, que
resumiremos. La situación del casquete polar austral, con un continente de
forma casi circular y centrado en el Polo Sur, es la inversa del septentrional,
donde es el Océano Glacial Ártico el que está rodeado de continentes, y esto
hace que la situación térmica sea muy distinta. Como es sabido, un centro de
bajas temperaturas (borrasca o ciclón) provoca corrientes de aire que
rápidamente, por el efecto Coriolis, adquieren dirección envolvente, dejando el
centro de depresión a su derecha en el hemisferio Sur. Este “vórtice polar”,
como ha sido llamado, establece en su interior una zona térmicamente aislada, en
la que se dan las condiciones para la aparición invernal de las llamadas nubes estratosféricas polares (NEP), que
se convierten en sede de reacciones que posibilitan la entrada en acción de los
compuesto de cloro y nitrógenos (los anteriores X, entre los cuales se hallan
los temibles CFC), que durante la mayor parte del año permanecían combinados de
forma tenue con otros compuestos en la estratosfera. De tal modo que en ese
período el proceso de destrucción alcanza plena intensidad. Más tarde las NEP
desaparecen, el agujero se regenera y vuelta a empezar en la temporada
siguiente.
¿Por qué el agujero empezó a
formarse en el decenio de 1970? La explicación tradicional es que en esta época
empezó a hacerse notar el efecto de los halocarburos
(así es como se llaman hoy los clorofluorocarburos o
CFC), descuidadamente lanzados a la atmósfera desde muchos años antes. Pero
esta explicación dista mucho de satisfacernos. Pues ni queda claro el por qué
tuvieron que transcurrir tantos años desde el principio del empleo de los CFC,
ni, sobre todo, por qué no ha desaparecido ya totalmente la capa de manera
irreversible, lo que tendría que haber ocurrido ya visto el ritmo exponencial
en el aumento del consumo de dichos gases. Lejos de esto, el agujero aparece y
desaparece cíclicamente, con avances y retrocesos (algunos incluso hablan de un
período bienal en estas fluctuaciones, lo que de nuevo ya es afinar).
No olvidemos que los mismos
científicos (científicos, no militantes en Greenpeace) que han lanzado estas
hipótesis insisten en que se trata sólo de esto, hipótesis. De hecho, salta a
la vista que la teoría de la acción de los NEP ha sido establecida buscando un
efecto que se apoyara en los hechos ciertos: es cierto que aparece el agujero
de ozono, y es cierta la presencia de los NEP, pero todo lo demás son teorías
que recuerdan las que en su día se establecieron sobre el Concorde.
¿A qué atenernos, pues? No
hay duda de que, si lo postulado por los científicos es cierto, hay motivos
para alarmarse y debería emprenderse de modo inmediato un drástico recorte en
el consumo de los CFC. Pero lo malo de todo esto es que no existen evidencias
suficientes todavía, y modificar un plan mundial relativo a la producción en
base al grado de certeza de las conclusiones, sobre las cuales ningún
científico serio se ha atrevido a preocuparse (insisto: científicos serios, no
ecologistas), sería sencillamente delirante.
Por tanto, no hay más
remedio que seguir esperando: ni el período transcurrido es suficiente, ni las
hipótesis están comprobadas, y ni siquiera estas hipótesis explican
satisfactoriamente el fenómeno. Lo bueno es que este caso me recuerda la fábula
del pastorcillo y el lobo: cuando aparece éste,
…entonces el chaval se desgañita,
y por más que patea, llora y grita
no acude la gente escarmentada,
y el lobo le devora la manada.
¿Acabarán los CFC devorando
nuestra manada? El tema es motivo de reflexión tanto par los científicos como
para los ecologistas, algunos de los cuales, con sus actitudes a menudo
histriónicas y sectarias han sentado las bases de una desconfianza generalizada
sobre las acciones del grupo, no digamos ya sobre sus profecías.
JMAiO,
jul 98